Cap 5 – Me quedo con tus alas

Cassiel vagaba por las calles, sin un lugar a donde ir. Se había llevado consigo un largo tapado para ocultar las alas en su espalda. A pesar de eso, trataba de no andar por lugares muy transitados.

Aquellas dos semanas no habían sido agradables para él. En realidad, no necesitaba dormir ni comer, pero le agradaba actuar como humano y extrañaba el olor de las sábanas de Julián. Además, tenía muchas dudas en cuanto a su supuesta caída. Es cierto que le había coqueteado a Miguel y a medio mundo angelical, pero el Gran Jefe nunca le había regañado por eso antes de encontrar a Julián y comenzar a seguirlo. Se había propuesto ayudar al joven aspirante a padre, no porque apoyara su decisión, sino porque creía que sería lindo verlo con sotana.

El Gran Jefe le había insinuado la posibilidad de salir del Paraíso para estar con el hombre, pero Cassiel sabía que eso sería como caer y él no quería ir al infierno. Extrañaba a su hermano, pero nunca se habían llevado bien.

Le dolió que lo hubieran echado, pero no le había importado tanto; ya que, había encontrado a Julián. Pero Julián le había dicho que se fuera al infierno. Si lo hubiera dicho con otro rostro, con otros ojos, tal vez Cassiel no se lo hubiera tomado a pecho. Pero el odio en los ojos de Julián, había sido tan grande. ¿En verdad lo estaba molestando tanto?, se había preguntado.

En ese momento, Cassiel comprendió. Todo ese odio no iba dirigido a él. No lo estaba viendo a él. Ese odio no era para él. Cassiel simplemente estaba allí para recibirlo. Julián no lo odiaba.

–Tiene que disculparse –sentenció Cassiel–. Volveré ahora mismo.

–¿Volver a dónde, querido hermano? –la voz retumbó en sus oídos, sin que el dueño se hiciera visible–. No te permitiré volver al Cielo. Vendrás conmigo, a mi acogedor infierno.

Lucifer se apareció ante él como un hombre de cabellos negro y mirada de un azul muy oscuro. Su caminar cadencioso y elegante asimilaba al de un gato. Cuando llegó junto a él, le sonrió como sólo el Portador de Luz podría hacerlo. Con un movimiento, le arrebató la prenda que ocultaba las maravillosas alas del otro. Con un dedo helado, acarició el rostro de su asustado hermano.

–Que bonitas alas, hermano.

–Luzbel… Yo… Yo no quiero ir contigo –tartamudeó.

–¿Qué deseas? ¿Obtener el perdón acaso? –preguntó su hermano con sorna.

Cassiel se paralizó ante esa pregunta. No, no quería el perdón. Quería que Julián se disculpara y que lo acogiera en su casa. Quería vivir feliz para siempre con él, como había visto en una de esas películas que Julián rentaba a costa de sus superiores. Cassiel quería estar con Julián.

–Tú… quieres quedarte –afirmó Lucifer.

Cassiel asintió con timidez, sintiendo que su rostro ardía de la vergüenza. De repente, comprendió lo que el Gran Jefe había visto en la obsesión de Cassiel por Julián. Desde un principio, la idea no había sido mandarlo al infierno. Lucifer estudió las reacciones de su hermano y apretó los dientes. Su hermano quería quedarse en la tierra, pero esas alas…

–En verdad, son unas alas preciosas, hermanito –tomó una con cada mano–. Me las quedo –había dicho tirando de ellas con mucha fuerza, arrancándolas de un solo golpe. El grito de Cassiel desgarró la quietud de la noche–. Ahora, no podrás ir ni al Cielo ni al infierno. Espero que lo disfrutes.

Y Lucifer se apartó, dejando a su hermano en un mar de lágrimas, dolor y sangre.

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