Sodom – Tsumibito no Miyako por Himutako Mizumi

dados negros

Sodom ~ Tsumibito no Miyako

por Himutako Mizumi

Capítulo 1: “La serpiente retorna a su nido”

 

—Ese viejo maldito —me oi susurrar.

Mi cabello rojo caía sobre mis ojos por el peso del agua. Apreté los puños con rabia.

«—Jin-chan. Lo llama un señor de avanzada edad, casi calvo y de gran volumen corporal.

¿Sí, okyaku-sama?

Se acerca con su actitud amable de empleado. Aunque no le agradara ese señor que frecuenta tanto el casino, debe tratarlo como a cualquier otro cliente.

Ya te he dicho que me llames por mi nombre, Jin-chan.

¿Qué necesita, Sudou-sama?

El hombre lo sujeta por la cintura y lo acerca para preguntarle cómo funciona la máquina tragamonedas en cuestión. A pesar de la molesta cercanía, le explica con tranquilidad lo que quiere saber. Pocos segundos después, siente una gran mano acariciar con descaro su trasero, acompañada de una sonrisa desagradablemente pervertida en el rostro de Sudou. Jin, sin embargo, como buen profesional que es, le explica tranquilo, y luego se aleja con disimulo y respeto. Lo único que delata su incomodidad es el ligero sonrojo en sus mejillas.»

—¡Ese viejo! ¿Cómo se atreve a tocarme así? Todavía tengo la sensación asquerosa de esa gorda mano en mi trasero. Iré directo a bañarme cuando salga.

Volví a lavarme el rostro para enfriar la ira. «¡Ese viejo Sudou se aprovecha de mi condición de croupier para toquetearme con descaro! Que asco, que asco.» Me toqué el trasero para ver si con mi tacto se iba un poco la sensación del suyo. Algo tonto, sí, pero daba igual. Quería quitarme el asco. Al hacer eso, pasé las manos por mi bolsillo derecho, y del mismo cayó un par de pequeños dados negros.

—Ah…

Al caer al suelo, los números dorados de los dados marcaron doble seis. «¿Por qué tenía que invadirme la nostalgia cada vez que veía estos dados? Primero que nada, ¿por qué los seguía trayendo conmigo?» Me agaché para volver a lanzarlos, para verlos que caían otra vez en doble seis. Eran el último regalo que me había dado ese desgraciado antes de irse. El último regalo material que me había dado. Sabía que no me gustaba hacer trampas y que ganaba honestamente mi dinero incluso en un casino. Sabía que no los iba a utilizar jamás.

«Son para que los lleves siempre contigo y pienses en mí cuando los veas.»

—¡Claro! ¡Y ahora cada vez que los veo recuerdo la cara de ese condenado!

«Tranquilo. Tienes que guardar la calma. Eres especialista en eso. ¿No decía él que le encantaba tu cara de póker? Pues que sirva de algo lo que él decía. Vamos, cara de póker.» Al menos el enojo que me provocó recordarlo a él hizo que olvidara el asco por el incidente de Sudou. Tenía que mantener la calma. Ese señor aprovechado seguramente estaría esperándome afuera del casino, como siempre. Y tendría que darle alguna excusa para no aceptar sus invitaciones, como siempre. No quería pensar en lo que sucedería si accediera a sus habituales peticiones.

—Ay, asco, asco.

Sacudí la cabeza, esperando que así se alejasen las desagradables imágenes mentales. Era hora de volver a enfrentar a ese viejo. Recojí esos dados negros y los volví a guardar en mi bolsillo derecho. Me sequé la cara con la toalla verde que estaba a mano y revisé mi perfecta cara de póker en el espejo. ¡Listo!

Como había predicho, Sudou me esperaba delante del restaurante. ¿Ese pervertido no pensaba rendirse? Su sonrisa me perturbaba, pero continué caminando firme, sin expresar nada en mi rostro.

—Jin-chan, te estaba esperando. —«Como si no lo supiera. No puede ser más obvio.»

—¿Por qué me espera, Sudou-sama? —El tono amable de mi voz era lo más hipócrita del mundo.

—¿Aceptarás hoy mi invitación a cenar? —“A cenar”, decía él.

—Lo lamento, Sudou-sama, pero hoy tengo que ir a buscar a mi hermano menor. Es el día en que se queda conmigo.

—Pero tu hermanito puede esperar. Siempre me rechazas por él. Y eso que sólo es una cena amistosa. —«Sí, claro. ¿Acaso creía que era tonto?»

—No puedo hacerle eso a mi tía. Ya le prometí que se quedaría hoy conmigo.

De repente, Sudou me sujetó el brazo con fuerza, tratando de disimular la brusca acción delante de la gente que salía del lujoso casino. «¿Qué quiere ahora? ¿Me va a obligar a ir con él? Que se atreva. Así voy a tener una excusa para fracturarle el brazo.»

—¡Ya he esperado suficiente y he tratado de ser caballero! ¡Vas a venir conmigo de todos modos!

Justo cuando me preparaba para romperle el brazo, nos interrumpió una voz masculina. Sabía que conocía esa voz, pero ¿de dónde? Sentí que el corazón me daba un vuelco al recordar.

El momento en que la serpiente regresó

—Lo siento, cerdo, pero ese conejito se viene conmigo.

—¿Conejito?

Hacía dos años que no oía esa molesta voz. Desde que él se había marchado, dejándome con esos dados cargados. El maldito hombre de largo cabello verde oscuro nos observaba con una sonrisa arrogante desde los pies de la ancha escalera que llevaba a la entrada del casino.

—Gaderiel.

—Veo que recuerdas mi nombre, Jin. —Lo vi subir cada escalón con seguridad.

—¿Qué haces aquí?

—No te pongas a la defensiva tan pronto —dijo riendo.

No había notado que mi cuerpo se había tensado automáticamente a medida que la distancia entre nosotros disminuía. Pareciera que todo había desaparecido, quedando solo él delante de mí, con su traje elegante y su mirada dorada clavada en la mía, desafiándome. Hacía tiempo que no experimentaba esta sensación.

—¿Quién es este entrometido?

Me había olvidado de Sudou. Antes de que pudiera contestar, el recién llegado respondió.

—Gaderiel Schwarz, jugador profesional.

—Quisiera saber por qué el señor jugador profesional se mete en conversaciones ajenas.

—Ignórelo, Sudou-sama, él ya tiene que irse.

—Pero si acabo de llegar.

—¡Cállate, Gaderiel!

—No te pongas nervioso, Jin. Vine a buscarte para irnos a casa. Tu hermano está esperando.

«¿Qué? ¿De qué estaba hablando? No lo veía en dos años, ¿y de repente teníamos que irnos a casa juntos? ¿A cuál? ¿A mi casa o a la suya? Además, él no conocía a mi hermano.» Debió haber notado la confusión en mi cara, porque su sonrisa se acentuó. Maldito, hacía tiempo que no veía esa sonrisa.

—¿Irse a casa? ¿Viven juntos?

—Claro. Somos amantes, después de todo. ¿No lo sabía?

—Deja de interrumpir, Gaderiel.

—¿Alguna vez había visto a Jin siendo tan cercano con alguien? —«¿Hasta cuándo iba a meterse en el asunto?»

—¡Vete!

—Sucede que él no tiene amigos. Con el único que tiene una relación estrecha es con su querido hermano menor.

Se basaba en lo que le había contado, porque nunca había visto a mi hermano. Por lo tanto, no podía saber exactamente cómo me comportaba con él. «Y sí, es cierto, no tengo amigos. ¿Y qué?»

—No te enojes con la verdad.

—Ya sé.

—Aunque, como siempre, te ves lindo picado —dijo riendo.

—¿Amantes? —interrumpió Sudou—. ¿¡Amantes, dijiste!?

«Mierda, no lo he negado. ¿Por qué no lo he negado? Si está claro que no lo somos. Él se fue, y me dejó tirado aquí. ¿¡Por qué parezco una mujer despechada pensando eso!?»

—¿No tiene cosas que hacer, señor? Jin se tiene que ir ahora. Con su permiso.

—¡Oye, espera! ¡Jin-chan!

Sin que yo lo notara, mientras me golpeaba internamente por mis pensamientos de nena, Gaderiel me tomaba del otro brazo y me alejaba rápidamente de Sudou, dejándolo gritando solo. Aturdido aún por la situación, Gaderiel logró llevarme hasta un lujoso automóvil negro.

Comienza la recaptura

¡Huye cuanto antes!

—¿Qué pretendes, Gaderiel?

—Te salvé de ese viejo asqueroso, ¿cierto? —Me abrió la puerta de copiloto de su vehículo—. Puedes agradecérmelo ahora.

Me empujó dentro y, con una velocidad impresionante, entró por el lado del conductor. «¿Quién se cree que es obligándome a subir a su auto?» Oi como ponía en marcha el motor.

—¿Agradecerte qué? Yo podría haberme defendido solo. —Y lo iba a hacer.

—Sé que eres capaz de defenderte. Lo sentí muchas veces en mi cuerpo antes —responde riendo.

—Te lo merecías.

—Pero ya que te ayudé igual, tienes que compensarme, ¿verdad?

Él sabía que tenía esa norma personal. Siempre devolvía el bien que me hacían. Cuando eran cosas malas, me lo pensaba más. Trataba de no ser vengativo, pero muchas veces no me resultaba. Maldito, sabía que no podía negarme ahora.

—¿Qué quieres? Recuerda que tiene que ser equitativo.

—Salvé tu integridad física y mental. Dime que no te morirías de asco si ese viejo gordo te toqueteara.

—¿Más de lo que lo hace habitualmente? Urgh, claro que sí. —Volví a sacudir los pensamientos horrorosos de mi mente.

—Lo hace habitualmente, ¿eh?

Ese silencio indicaba algo malo, lo sabía. Pero creo que era para Sudou, no para mí. ¿O también lo sería para mí? Un escalofrío me recorrió la espalda. Y no me atreví a preguntar, porque sabía que evadirá darme una respuesta.

—Veo que te has hecho incluso más rico que antes.

—Sí, volví con más dinero.

Ahí estaba. Respuesta afirmativa, que no daba más información que un sí. No había cambiado en nada y, sin embargo, lo conocía muy poco.

Nostalgia

Quería que volviera a mi lado

Estaba dispuesto a dejarme atrapar

—¿Qué quieres entonces?

—Primero tienes que ir a cenar conmigo. Tuve que rechazar una invitación a cenar por ti, así que tienes que acompañarme.

—¿Una invitación? ¿Quién te invitó a cenar?

—Mmm… ¿Quién habrá sido?

Odiaba sus respuestas ambiguas, sobre todo cuando las daba riéndose así, cínicamente. «¿Quién sería? ¿Acaso un amigo, una amante, o su madre? No podía imaginar que tuviera amigos, y menos que fuera a cenar con un familiar. Para comenzar, ¿estaría viva su madre? Así que la opción más probable era: una amante. ¿Será hombre o mujer? Porque ya sabía que a este depravado bisexual eso no le importaba.»

—No te lo pienses mucho. Igual no lo vas a descubrir.

—No te rías de mí. Tengo que pensarlo, ya que nunca me cuentas nada.

—Sí que eres lindo.

No me gustaba que me dijera lindo. Sentía que me estaba menospreciando. Sin embargo, no se lo dije. Permanecimos en silencio hasta detenernos delante de un restaurante muy elegante y seguramente muy costoso. ¿Por qué me había llevado a un lugar tan caro?

—Vamos, Jin-chan. —Le oi decir, luego de abrirme la puerta de su automóvil y tenderme la mano.

Lo ignoré y llegué a la entrada del restaurante por mi cuenta, haciendo que soltara una risita divertida por mi reacción. Soy un hombre, no soy una dama; no necesitaba que me abriera la puerta.

Me siguió hasta la puerta, donde nos recibió un camarero con apariencia de mayordomo. Este nos miró de pies a cabeza; imaginaba que juzgando nuestra vestimenta. Gaderiel vestía un terno negro, por lo que obviamente lo iban a aceptar. Al parecer mi uniforme negro de croupier también había calificado como elegante, porque me dejaron entrar con él. ¿Era mi idea o Gaderiel y el camarero se habían mirado extraño por unos segundos?

No sé qué hubiera hecho de haber sabido que todo era controlado por él

Nos llevaron a una mesa ya preparada para la cena, cerca de los ventanales traseros. Desde allí, podía observarse un bello jardín, con una fuente de agua cristalina en el centro del paisaje. La luna brillaba en lo alta del cielo, y sentí que el suelo se movía al mirarla. Un mal presentimiento. «¿Qué le pasaba a la noche hoy?» Varios lirios blancos florecían por aquí y por allá. Rosas rojas, llenas de espinas. No podía dejar de mirar esas espinas.

—Ya trajeron tu comida, Jin. —Minutos después salía del trance al que me habían sometido las espinas de las rosas rojas.

—¿En qué momento?

—¿Pedí la comida? Cuando mirabas por la ventana, como hipnotizado.

—¿Y no me preguntaste que quería?

—No te enojes, todavía recuerdo las cosas que te gustan y las que no.

Delante de Gaderiel había un plato con una gran langosta que desprende vapor, rodeada de varias ensaladas. Delante de mí, había un plato de udon con muy buen aspecto.

—Ah.

—Tienes hambre, ¿no? —Sentí que me sonrojaba por parecer tan niño.

—En el casino, no me dejan comer en horas de trabajo. Aunque los clientes me ofrecen tragos, así que sed no tengo. Cuesta que entiendan que no me gusta el alcohol, eso sí.

—Cierto, eres débil al alcohol. Que tierno.

—¡No te burles! Las personas no necesitan alcohol en sus organismos para vivir. Tú eres el que está mal.

—Pero el vino hace bien. Tiene antioxidantes.

—¿Pediste vino para tomar?

—Claro. Quiero que te mantengas sobrio, Jin-chan.

—Deja de llamarme así. ¿Y cómo puedes comer langosta?

—Que a ti no te guste no significa que a los demás no deba gustarle.

Dios, como odiaba esa sonrisa perpetúa en su rostro. Echó vino en mi copa. Supongo que deberé tomarlo después de comer el udon. Sería horrible mezclar ambas cosas. Él comenzó a comer sin dar las gracias. Lo miré feo unos instantes, y él ni se inmutó. Ya sabía que originalmente era de Alemania, pero se había criado en Japón, así que no había excusa para que no diera las gracias.

—Itadakimasu —dije en un tono más alto, para hacérselo notar. Él tan sólo se rio suavemente.

Pasamos un rato en silencio, comiendo y mirándonos de vez en cuando. O más bien, él me observaba cada cierto tiempo. Yo sólo le devolvía la mirada tratando de no parecer incómodo. ¿Qué tanto me miraba? No creía que pudiera sacarme mucha información de esa manera. Sin embargo, me ponía nervioso. «¡Deja de mirarme!» Vi que sonrió burlonamente. ¿Habría dejado notar algo de impaciencia en mi cara? No lo creía. Era un experto en no demostrar emociones. Por alguna razón, con él, sólo con él, esa máscara se deterioraba un poco.

Al terminar de comer, Gaderiel empezó con su copa de vino. Me alentó con la mirada a que hiciera lo mismo. No debería tomar alcohol y él lo sabía. Sin embargo, dejé que me cegara el orgullo. «¿¡Quién dijo que no podía!?»

—No deberías tomar, ¿recuerdas? Eres débil contra el alcohol.

—No tengo otra alternativa. Me estás retando.

—¿Siempre te dejas llevar por los desafíos?

—Sólo cuando de trata de ti. No voy a dejar que alguien como tú me gane y se burle de mí.

—Sólo conmigo, ¿eh?

Sentí que había dicho algo que no debía. Pero ya no había manera de echarme atrás. Sería más sospechoso aún. Decidí quedarme callado y dejarlo pensar lo que quisiera. No iba a darle la satisfacción de confirmarle nada. Tomé un trago largo de ese vino de alta calidad. Tenía buen sabor, pero de inmediato sentí el efecto del alcohol en mi cuerpo. Pestañeé tres veces para pasar el mareo.

—No caigas con un solo trago, Jin. Todavía hay mucho que tomar. —Sonrió, señalando la botella de vino casi llena a un lado de la mesa.

—No te preocupes, Gaderiel. Todavía puedo seguir tu juego por un largo rato.

Lo cual fue una gran mentira. Tres copas y ya me sentía totalmente ebrio. Me sentía mareado y al mismo tiempo libre de decir y hacer lo que quisiera. Con eso en la mente, empecé a actuar. Aún tenía cierta conciencia de lo que hacía, pero no me importaban mucho las consecuencias de mis actos.

—¿Cómo te sientes, Jin?

—¿Cómo crees, desgraciado? —Mi cabeza cayó sobre mis brazos apoyados en la mesa. Él simplemente se rio.

—Eso fue rápido. Es porque te tomas al seco todo lo que te sirvo —dijo haciendo precisamente eso—. ¿Ves?

—¡Déjame! Tú me dijiste que tomara. Tú me retaste y es tu culpa.

Nunca desafíes a quien no puedes ganarle

Debería haber aprendido esa lección en ese momento

Sin embargo, no me alejé a tiempo y ahora ya es muy tarde 

Maldito hipo que no me dejaba hablar correctamente. Sí, era su culpa. Todo siempre era su culpa. Que ahora estuviera así. Que Sudou se hubiera llevado una impresión equivocada. Que hubiera estado estos dos años pensando en donde estaba y por qué se había ido. Que estuviera distraído todo el tiempo pensando en ese último día que pasamos juntos. Esa última noche que pasamos juntos.

Sentí que mis mejillas se sonrojaban. Al menos podía decir que era efecto del alcohol, y en parte era verdad. La otra parte, él no tenía porque saberla.

—¿Vamos, Jin? Parece que ya se te pasó la mano con el vino otra vez.

—¡No te rías! Ay. —Mi cabeza cayó sobre la mesa—. Llévame a mi departamento. Ya no quiero verte más.

—¿Ah, sí? Bueno, vamos a tu departamento.

— “Vamos” es mucha gente. —Lo miré molesto, pero él sólo volvió a reírse—. Sigo viviendo en el mismo lugar.

—Lo sé.

«¿Lo sabía? ¿Cómo lo sabía?»

—¿Ahora andas averiguando cosas de mi vida? —No pude evitar preguntar. Quizá también por efecto del alcohol.

—Claro. Sé muchas cosas sobre ti.

Aléjate de la serpiente que te acecha,

antes de que ya no puedas hacerlo

Traté de no demostrar ansiedad, pero mi autocontrol estaba desmoronándose. Por lo que solo atiné a pararme de la mesa y tratar de salir de ese lugar… De alejarme de él. No sabía nada de él, pero mi instinto me decía que era un hombre peligroso, no sabía por qué. Sin embargo, él me siguió de inmediato como si nada, y me condujo, siempre con su sonrisa confiada, a las puertas de su automóvil.

—¿Tú huiste de mí y ahora yo no puedo huir de ti? Esto es… demasiado injusto.

—Yo no huí, Jin. En verdad tenía cosas que hacer.

—Dime cuales.

—No puedo decírtelo.

Fruncí el ceño y, sin poder controlarme, lo golpeé en las costillas con mi codo. «¿¡Por qué nunca me decía nada!? Él parecía saberlo todo de mí (aunque yo no le contara nada) y yo no sabía nada del él. ¿Por qué? ¡Era tan injusto!»

Aun así entré a su vehículo, refunfuñando cosas incoherentes. Él entró por el lado del conductor, y se dirigió a mi departamento. Sí, conocía el camino. Antes de irse al lugar que fuera al que había ido (ni eso sabía), solía seguirme desde mi trabajo hasta mi departamento. Nos conocimos en el casino donde trabajo. Yo, un croupier; él, un jugador profesional. Era obvio que algún día nos encontraríamos.

Cruzábamos siempre este camino. Muchas veces él se detenía a medio camino para besarme sin mi permiso, sin llegar nunca a tocarme de verdad. Pero la noche antes de que partiera de mi lado, justo esa noche, lo había hecho.

Ahora mismo estábamos delante de la puerta de mi apartamento, igual que aquella vez. Como si supiera lo que estaba pensando, Gaderiel puso una de sus manos en mi cintura, atrayéndome hacia él.

—¿Quieres abrir la puerta tú? ¿O lo hago yo? —La misma frase que había usado aquel día, sabiendo ambos lo que íbamos a hacer.

—¿Aún… aún tienes llave? —Mi voz flaqueó. No podía evitar recordar aquella noche.

—Claro. —Su voz susurrándome al oído me hizo temblar ligeramente.

Lo aparté un poco para buscar la llave. Al tratar de abrir, mi mano tembló y no pude hacer encajar la llave en la cerradura. Gaderiel me tomó de la muñeca y sostuvo mi mano hasta que logró abrir. No sé por qué, pero el simple contacto de su mano me hizo sentir calor… un calor inmenso en todo el cuerpo. Y el área que había tocado me ardía, como si estuviera en llamas. Era doloroso.

Él entró antes que yo, como si fuera su casa y no la mía. Lo miré molesto, para después regañarlo por su intromisión.

—Tranquilo, Jin. Todo lo que es tuyo es mío.

—¡Eso no es así! —Me acerqué para golpearlo, pero el alcohol me había quitado las fuerzas.

—El alcohol destruye tu cara de póker. Esa que me encanta.

—Perdón por no ser así ahora. Después de todo, no es como que yo te guste de verdad. —«Lo sabía. Sabía que él estaba jugando conmigo. Como siempre hacía.»

—Aun estando así me gustas, Jin-chan.

—No me… no me digas así.

Se estaba acercando demasiado. Retrocedí lo más que pude, pero choqué con una de las paredes, como era de esperarse. Él aprovechó para acorralarme también con uno de sus brazos. Su otra mano se encargó de acariciar mi rostro de forma extraña.

—Te extrañé. En serio.

No puedes escapar de esta serpiente

Mentiroso. Sabía que está mintiendo, como siempre. Pero por alguna razón ahora no me importaba. ¿Sería por el alcohol? Tal vez no. Porque aquella noche no había estado bajo los efectos del alcohol, y aun así había dejado que hiciera conmigo lo que quisiera. Eran esos ojos… Ojos dorados de pupilas alargadas, iguales a los de una serpiente. ¡Eso era! Gaderiel era una serpiente, y no me podía resistir a sus tentaciones.

Sin moverme, dejé que tomara mis labios. Lo hizo despacio, con paciencia, como si quisiera saborear el momento. O tal vez porque era lo que quería, lo percibí así. Quería que este momento no acabara nunca, no sabía por qué. «¿Por qué estaba siendo tan sincero conmigo mismo?» Porque estaba ebrio, lo sabía. Pero era mejor así. No quería que se marchara ahora. No quería que se marchara como antes.

De repente introdujo su lengua en mi boca agresivamente. Siempre me había llamado la atención su lengua tan larga, tan hábil. «Dios, esto se siente tan bien.» Traté de devolver el beso, pero no pude. No me dejaba; me estaba dominando por completo. Perdí la fuerza en las piernas y caí lentamente al suelo cuando se separó de mí. «No, no te vayas… No puedo alcanzarte ahora.»

Para que no se fuera… Para que no me abandonara…

Con toda probabilidad, el pánico se hubiera apoderado de mí, si él no se hubiera agachado a mi lado para levantarme en sus brazos. En otro momento, me enojaría que hiciera algo así, pero esta vez no. Tal vez si lo dejaba hacer todo lo que quisiera, sin enfadarme, él se quedaría a mi lado. Era un pensamiento muy idiota que no pude apartar de mi cabeza.

—Estás muy dócil hoy. —Me dijo luego de lanzarme a la cama—. Y callado. Como una muñeca… Una hermosa muñeca. —Me sentí ansioso cuando lo vi posicionarse sobre mí—. Que rostro más hermoso.

Me lamió la mejilla, dejando un rastro ardiente al paso de su larga lengua. Lo vi sorprenderse cuando notó que aunque sus manos acariciaban mi pecho, yo no me moví para protestar. Al no obtener respuesta, comenzó a desabrochar mi desordenada camisa. Sentí el aire helado chocar con mi cálida piel.

—¿Harás lo que yo quiera? —No respondí, sólo evité su mirada—. Tomaré eso como un sí. Aunque me gustaría que me miraras a los ojos.

Así lo hizo. Eso era lo que él quería, después de todo. Gaderiel rio divertido, para aparentemente detenerse a pensar. Después de unos segundos, se tiró a un lado de la cama.

—Termina de desvestirte. Delante de mí.

Sométete a la voluntad de la serpiente

Ya no hay salida, de todos modos

Dije que haría lo que quisiera, pero se estaba aprovechando. Bueno, era de esperarse, siendo él. Aun ebrio, sentía algo de vergüenza (mucha menos de la habitual, pero aun así). Sin embargo, no quería que se fuera. No quería que desapareciera de mi vida. Así que lo obedecí, con el rostro totalmente sonrojado. Mis ropas cayeron delante de él, y sus ojos de serpiente me observaron como si estuvieran devorándome. «Vamos, no te quedes ahí: haz algo, di algo, lo que sea.»

—Ven aquí —me indicó, cuando terminé con mi tarea. Me acerqué, y me recibió sobre su cuerpo—. No, al revés, tus caderas sobre mi rostro.

—¿Eh?

—Vaya, por fin emites un sonido.

—¿Por qué?, ¿por qué quieres eso?

—Porque tengo que prepararte. —No estaba preparado para oír eso—. Y porque quiero que tú uses tu deliciosa boca sobre mí.

—Ahí… ¿ahí bajo?

—Claro, Jin. Eres tan inocente todavía. Me alegro. Eso quiere decir que ningún otro hombre te ha tocado además de mí.

Detecté un brillo bestial en sus ojos al decir esa frase. Un escalofrío me recorrió la espalda. No era que tuviera miedo ni nada, pero preferí obedecerlo, por más vergonzoso que fuera. Porque no quería que se fuera. Porque quería que me tocara más.

En cuanto mis caderas se acercaron a su rostro, sujetó mis glúteos con sus manos y los separó. Me sobresalté al sentir su larga lengua trabajar sobre mi entrada.

—Vamos, tú también haz tu trabajo.

Intenté concentrarme. Bajé el cierre de su pantalón, dejando una gran erección al descubierto. Verla me causó deseos de meterla dentro de mi boca. No era como que esto me sucediera seguido, así que no debería sentirme como una puta. Era sólo él… siempre había sido sólo él.

Metí la punta de su erección en mi boca, comenzando automáticamente a succionar. Dios, no sabía por qué me encantaba tanto hacer esto. En otro momento, lo negaría hasta la muerte, pero ahora no podía parar. Tan dura y caliente… Mis caderas temblaron ligeramente, y la lengua de Gaderiel no me ayudaba a detenerme.

—¿Tanto te gusta chupármela, muñeca? —Sin poder controlarme, asentí con la cabeza, aún con el… pene de Gaderiel en mi boca—. Esa es mi muñeca obediente.

No sabía por qué, pero me excitaba más oírlo hablar así. Como si yo fuera suyo. Como si fuera su esclavo. Siempre me había gustado, pero jamás se lo diría, ni siquiera ahora. Tal vez no estaba lo suficientemente ebrio para ello. Era demasiado para mí, incluso ahora.

Mantén el orgullo por ahora

 Así le será más interesante destrozarte

Y esa maldita lengua seguía humedeciendo mi entrada hábilmente, hasta que la sentí introducirse en mi interior. No pude evitar tirar la cabeza hacia atrás, dejando de atender a Gaderiel. Los gemidos escaparon incontrolablemente de mi boca. Me era imposible contenerme. Su lengua era… era una maravilla. Se movía como si fuera un animal; ancha y cálida, explorando mi interior. En serio era increíblemente larga, era anormal. Pero la imposibilidad no me importaba ahora. Nada me importaba ahora, excepto seguir sintiendo esa lengua experta dentro de mí.

Gemí aún más fuerte cuando esa misma lengua presionó mi próstata. Y él lo notó, el desgraciado, por lo que siguió con su trabajo ahí incansablemente.

—No, no… déjame… ¡Ahhh! ¡Dios, es tan delicioso! ¡Ahhh, Gaderiel!

Mi cuerpo no pudo más. Un calor inmenso se apoderó de mí y un espasmo violento me sacudió. Mi semilla cayó sobre el abdomen de Gaderiel.

Estaba agotado, pero me apresuré a quitarme de encima de él de todas formas. No podía quedarme aplastándolo así. Y no podía cerrar los ojos; lo miré todo el tiempo. Porque… porque podía desaparecer en cualquier momento.

—Tranquilo, pequeño, estoy aquí.

Parece que se dio cuenta de lo que pensaba. «¿¡Por qué el alcohol causaba que fuera tan obvio todo en mí!? A él le gustaba que yo fuera poco expresivo, y justo cuando debía serlo, no lo era. ¿Y qué era eso de pequeño? Él era 5 años menor que yo. No tenía derecho a decirme así. Pero dije que no iba a reclamar. No lo haré. Si no, podría irse.» Sentí cómo mi cuerpo temblaba al llenarse de pánico.

—Eres tan hermoso. —«Deja de burlarte.» El alcohol también me ponía sensible, pero todavía tenía algo de autocontrol. Creía. Esperaba—. Quédate aquí, quieto.

—No soy quien se va a ir. Eres tú.

—¿Yo? No me voy a ir.

—Te fuiste antes.

—Ya te dije que tenía cosas que hacer. Deja de reprocharme. —Me tomó del rostro, para volver a subirse sobre mí, con la cabeza en mi pecho.

—Ya averiguaré que hacías.

—Lo sabrás. —Me sorprendió oírlo decir eso—. Todo a su tiempo.

¿Eso significaba que debía ser paciente? Estaba bien. Todo a su tiempo. Me pregunté cuánto más podría aguantar. «Dios, mis ojos se cierran solos. ¡No! ¡No quiero! ¡Él se irá!»

—No… ¿no vas a hacerme nada?

—Si te refieres a penetrarte. No, no lo haré.

—¿Por qué?

—¿Tanto quieres que lo haga? No, mi amor, estás ebrio.

—¿Desde…? —«No, no te duermas»—. ¿Desde cuándo te importa que esté ebrio tu acompañante?

—No me importa. Pero contigo sí, porque eres diferente.

Deséalo

Deséalo tanto que tengas que rogarle

«Porque soy diferente. Supongo que se refiere a que me prefiere con la cara de póker. Con los demás eso no le pasará. Sólo le gusta una expresión de mi cara. La mitad de mí, aun cuando con los otros podría estar de cualquier forma. Me duele un poco el pecho.»

—Eso es. Duerme ahora. Me gusta verte dormir. Estás indefenso a mis ojos.

—No… no quiero… Te vas a… alejar de mi lado… —Los ojos se me entrecerraron inevitablemente. Maldito alcohol. Maldito cansancio.

—Shh… —Uno de sus dedos se posó sobre mis labios. Pude sentir algo cálido y escamoso recorrer mi cuerpo. ¿Qué era? —. No me voy a ir ni tú tampoco. Aunque así lo desees. Porque voy a poner fin a todo lo malo, todos lo que nos ha hecho daño.

—¿Qué…? ¿De qué estás hablando?

—Está bien que no sepas nada por ahora. Todo a su tiempo. Mi conejo… mi conejito…

Sus labios recorrieron mi cuello, dejando ardor por todas partes. Un ardor placentero, angustiante. Nostálgico. Su voz también sonaba nostálgica. Todo era tan extraño. 

Nostalgia

La primera señal que de que algo estaba mal

“Todo lo que nos había hecho daño”

Ya casi no podía ver. Mi cuerpo no podía moverse. Estaba totalmente envuelto en algo escamoso, pero muy agradable. Placentero y angustiante, igual que sus besos, igual que su tacto y su voz. El pánico se apoderó de mí una vez más. Cerré los ojos completamente y comencé a perder la conciencia.

Tal vez hubiera sido mejor que escapara cuando aún podía hacerlo

Continuará

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