Cap 3 – Quién sabe…, tal vez

Unos días después, empezaron a salir. El plan de Adrián era meramente entrenar a José en las artes del romance; en uno civilizado y no tan diabético. Así que, José lo llevaría a citas y Adrián lo reprendería cada vez que hiciera algo demasiado estúpido que pareciera una broma.

Adrián había ofrecido cambiar su imagen por la de una mujer; de modo, que todo fuera lo más cómodo posible para José. Pero los ojos brillantes de José al tomarle de las manos y decirle que así podrían terminar enamorándose uno del otro, lo hizo cambiar de idea rápidamente. Y José se ganó un chichón aún más rápido.

–Lo último que necesito es que un patético ser humano como tú desee involucrarme en sus diabéticas fantasías.

La primera cita fue en un local de comida rápida, a la hora del almuerzo. José quería que fuera a la hora de la cena, en un restaurante caro y elegante. Adrián casi aceptó; ya que, le gusta la comida fina. Pero que alguien te lleve a tal lugar en la primera cita, parecería muy sospechoso en cualquier otra situación. Por lo tanto, le explicó que debía ser un almuerzo informal, sin nada de presiones, para que la otra persona comience a conocerlo y se sienta a gusto con él. Acordaron simplemente pasar el rato, pero José estaba muy metido en su papel de enamorar a Adrián y terminó declarándose tres veces a lo largo de las dos horas que estuvieron en el local.

La cita terminó cuando los encargados del local los sacaron por hacer más desastre con la comida que los cinco niños de la mesa al lado. Es que, Adrián no dejaba de lanzarle comida cada vez que el otro comenzaba con sus discursos de amor.

La segunda cita se llevó a cabo al día siguiente. Aunque Adrián sabía que lo mejor era darse más tiempo, deseaba terminar con ese problema lo más rápido posible y librarse de ese pesado. José ya no sugirió la cena elegante, sino un paseo por el parque. Caminar al aire libre, visitar el lago, charlar un poco. “Bastante razonable”, pensó Adrián, sintiéndose un tanto orgulloso.

–Este es un buen movimiento, José, debo admitirlo. Es agradable –felicitó Adrián al otro, mientras veía los peces del lago, apoyado por el barandal del puente–. Son tan bonitos.

José lo veía un tanto embelesado. Era la primera vez que lo veía tan tranquilo y sincero. Incluso, sonreía viendo a los pececitos brillantes en el agua.

–No tanto como tu sonrisa –le susurró José al oído, sin poder contener su galantería.

Al momento siguiente, José ya estaba en el agua, nadando con los pececitos de colores. Adrián lo había tirado, no por la mala jugada, sino porque la cercanía lo había asustado. “Ups, lo siento”, pensó, y se desapareció por ese día.

Tercera cita, tres días después, estaban en una feria con juegos, estantes de ventas y mucha gente divirtiéndose. Adrián sólo había visto esas ferias desde arriba. Nunca había experimentado la sensación de estar en una de ellas; así que, estaba más que nada emocionado por estar allí. No le importaba tanto José y sus intentos de demostrar sus aptitudes amatorias.

Pero José era un niño en espíritu, y tantos juegos terminaron por seducirlo también a él; así que, ambos la pasaron medianamente bien en esa cita. Adrián se interesaba por todos los juegos, aunque no los entendía. José trataba de explicárselos, jugaban una o dos veces. Y si Adrián comenzaba a entender y ganaba una que otra partida, salían felices, con los premios. Si no, el ángel comenzaba a insultar al encargado del juego, llamándolo farsante y otras cosas a tal punto que debían salir corriendo, con el dueño lanzándoles juguetes para alejarlos.

–De una forma u otra, terminamos con muchos premios –Adrián se veía contento, llevando su montaña de peluches, juguetes baratos y otras baratijas. No había nada que valiera la pena, pero Adrián parecía muy, pero muy contento por haberlos ganado.

–No creo que esta sea la mejor forma de ganar premios, pero fue divertido –José se sentía un tanto abochornado por el papelón que había pasado junto a su ángel del amor, pero no por eso se había deshecho de su propia montaña de baratijas.

Después de acomodar sus baratijas en el auto de José, pasaron a probar los juegos mecánicos. Adrián tenía mucha energía, demasiada para José. Quería subirse a cada una de las máquinas, desde los autitos chocadores, hasta la pequeña montaña rusa. Y no era que fuera mal que Adrián subiera a esos juegos. José no sabía cuántos años tendría el ángel, o si los ángeles envejecían como los humanos, pero Adrián, en la tierra, no aparentaba más de 20; así qu,e el ángel podía jugar cuantos juegos para niños se le antojara. Era José quien debía aguantar las miradas de desaprobación; ya que, obviamente, él era un tanto mayor para todo eso, y un tanto mayor para andar con Adrián. Pero, al final del día, cuando se acomodaron bajo un árbol apartado para descansar y apreciar el paisaje, y al ver a Adrián tan contento, no le importaba.

–Es maravilloso verte feliz –se le escapó a José, aunque sabía que al ángel no le gustaban esa clase de comentarios. Y Adrián, enseguida le lanzó un mirada reprochadora–. No, no pienses mal –se defendió José, enseguida–. Sólo estoy siendo sincero. En verdad, es agradable verte contento. Tal vez, sea una cosa de ángeles, no lo sé –no, no arreglaba nada diciendo eso.

Pero Adrián, veía su desesperación por librarse de un plagueo; así que, lo dejó pasar. Suspiró y se dispuso a responder, mirando el cielo que ya comenzaba a estrellarse.

–No, no es una cosa de ángeles. Es sólo que eres un idiota y te maravillas con cualquier cosa –trataba de ser gentil, pero, siendo sinceros, Adrián no era muy bueno siendo gentil.

–Mmm…, puede que tengas razón. Pero debes admitir, que tú eres muy… arisco, cínico, violento, mal hablado…

Adrián alzó una ceja y se le hinchó una de vena del enfado.

–Oye, oye –lo interrumpió–, que te estoy educando para que no me salgas con tantas cursilerías, pero tampoco quiero que salgas a insultarme, mal nacido.

— Jeje, lo siento –se disculpó José y se quedaron en silencio.

Las estrellas comenzaban a verse más y más a medida que el cielo se oscurecía. A José, le gustaban las estrellas, mucho. Eran tan bellas, tan lejanas y míticas. Pequeños ojos que titilan acompañándolo en todas esas noches solitarias. Había algo tan romántico en ellas.

–No imaginaba que los ángeles eran así; es sólo eso. Los pintaba como seres puros y etéreos.

–Deberías conocer a mi jefe. Ese afeminado extravagante no sabe el significado de la palabra sutileza –comentó Adrián, también mirando las estrellas y recordando al pelilargo.

–Pero, eres tan honesto… demasiado, tal vez –agregó José interrumpiéndolo y sonriendo con algo de gracia.

El silencio volvió a adueñarse del ambiente. José comenzaba a entender lo que Adrián había dicho. No recordaba la última vez que había estado tan cómodo en compañía de alguien. Siempre trataba de impresionar y de ganarse la aceptación de los demás. Siempre se esforzaba demasiado y se olvidaba de sí mismo. Tal vez, el secreto de encontrar a tu media naranja sea estar bien con uno mismo, para que el otro esté bien contigo. “Quién sabe, tal vez…”.

–No está mal que digas todas esas cosas melosas y te pases de galán –comentó Adrián, de repente–. No debí ser tan brusco contigo, tampoco. Sólo es cuestión de graduarlo todo, y encontrar el momento ideal para actuar.

José no respondió. Meditó las palabras del ángel y volvió a perderse en sus ojos plateados. Los ojos de Adrián eran de un extraño plateado, que para la mayoría de las personas pasaba por pardo. Pero eso era porque no se fijaban, y porque Adrián se disfrazaba. José veía los verdaderos ojos de Adrián y sabía que eran plateados y que brillaban como estrellas cuando estaba contento. Y Adrián estaba contento, y eso lo hacía tan, tan feliz.

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