Cap 6 – Celos

Adrián llevaba dos semanas desaparecido. José no era tan listo como para engañarse a sí mismo y decirse que eso no le molestaba tanto. Sólo sabía que le dolía que el ángel ya no lo visitara. O que no se hubiera despedido como cualquier ser humano decente. Pero Adrián no era humano, y José se refugiaba en esa idea. Adrián era un ángel, y José no podría entender jamás esos seres tan complejos. Eso se decía. Y no dejaba de dolerle menos, pero lo ayudaba a seguir adelante. Se puso a pensar seriamente en qué pudo haber hecho de malo como para estar en la lista negra de Cupido. ¿Acaso alguien lo haya maldecido? ¿Pero quién? ¿A quién había hecho tanto daño?

Y en la tercera semana, José la recordó. Para la cuarta semana de la desaparición de Adrián, José ya la había encontrado. Era un romántico empedernido, por lo que sabía acosar y juntar información. Sin embargo, esa sería la última vez que usaría esas habilidades. Sólo una vez y solo para hacer lo correcto.

El otoño en su plenitud era hermoso, con el suelo forrado de hojas secas y un viento perfecto para volar cometas. El parque municipal, un lugar lejos de cables eléctricos, era el lugar perfecto para que los niños se reunieran y corrieran, compitiendo acerca de quién podía hacer llegar más alto o hacer volar mas rápido sus cometas. Allí estaba ella, dándole los últimos consejos a su hijo antes de que este se alejara corriendo junto a los demás niños. José la reconoció enseguida, a pesar de la década que había pasado desde la última vez que se vieron. Seguía muy hermosa y parecía estar bien. Eso le dio algo de alivio.

Su pasado de romántico empedernido, rozando en lo pervertido, también le había dejado muy poca sangre en la cara en lo que acercarse a mujeres se refiere. Cuando ella volvió a sentarse en el banco, para vigilar a su hijo desde una distancia segura, él se acercó a ella sin dar muchas vueltas. La saludó con una gran sonrisa, tratando de no parecer amenazador. Ella podría haberlo olvidado, podría no reconocerlo. Sin embargo, sí lo reconoció.

—Jo-José… ¿Eres tú? —Había mucha sorpresa en su mirada, y nada de alegría. Por suerte, nada de rabia, también.

—Sí, Liza, soy yo. Me alegra que me recuerdes. —No le pidió permiso para sentarse a su lado, sólo lo hizo. Pero se sentó lo mas lejos que pudo de ella, sin caerse de la banca—. He pensado mucho en ti, en los últimos días. Me alegra verte tan bien.

Liza lanzó una risita despectiva. Era obvio que los malos recuerdos eran los primeros en aflorar. Se quedaron en silencio un momento. La risa de los niños, el viento en las ramas era todo lo que se oía.

—Gracias, tú también pareces estar bien —habló al fin, Liza, resignada a entablar una conversación con él.

José no quería que ella se sintiera así. No quería causarle más… incomodidades de las que le había causado. Así que habló un poco del niño, de lo alegre que estaba, del clima, del tráfico. Recordó algunos momentos bochornosos del colegio y, al fin, pudo hacerla reír. Y fue en ese momento, mientras la mujer reía al recordar el incidente con la bomba de olor, que José decidió decirlo.

—Lo siento, Liza… Lamento mucho lo que te hice.

Las risas de Liza murieron enseguida, y lo miró con ojos aguados. Sólo pudo dedicarle una sonrisa triste en ese momento.

+++++

Ya había pasado un mes desde la última vez que Adrián supo algo de José. Ignoraba al hombre y principalmente a Venus. Se pasaba todo el tiempo con los amigos de su padre, aunque no se sentía a gusto allí, a decir verdad. Eran mala influencia. Adrián lanzó un suspiro cansino. Un mes podría no ser mucho para alguien que vive una eternidad, pero ese mes le parecía eterno con esos viejos asquerosos. Así que Adrián decidió volver con Venus. Trabajar en cualquier cosa era mejor que aquello. Además… Un mes también se sentía eterno cuando lo pasabas extrañando a alguien. Y Adrián había comenzado a aceptar que extrañaba a ese humano tonto.

Eso no significaba que volvería para ayudarlo. Solo iba a ver si estaba bien… Nada más. Si el chico estaba siendo rechazado por enésima vez, o si estaba proponiéndole matrimonio a una chica que solo le dio la hora, solo iba a reírse de él. No tenía hacerse visible. Sí, solo iba a verlo.

Esperaba encontrarlo solo, no con… Esa mujer y, mucho menos, cargando un niño en brazos.

Algo en Adrián comenzó a arder cuando lo vio tan a gusto con esa mujer, con ese niño, en ese ambiente tan… familiar. «Así que ya me has olvidado», pensó una parte suya, que quiso ignorar. No tenía por qué estar celoso, ¿no es así? Tenía que sentirse orgulloso. José había encontrado a alguien. Después de aprender del mejor, era lo esperado, ¿no es así? Pero el ardor no cedía, y a Adrián comenzaban a dolerle los dientes de tanto apretarlos.

Siguió a la “familia” feliz a una casa no muy ostentosa, pero bastante acogedora. José dejó al niño dormido en la cama con mucho cuidado y acompañó a la mujer de vuelta a la sala. Se sentaron y ella le ofreció unas bebidas. José aceptó y empezaron a hablar. Adrián apenas podía oírlos por el zumbido que sentía en los oídos. Sus ojos se nublaban. Todo se nublaba. Adrián estaba hecho una furia.

+++++

Liza le había pedido que no hablaran de aquello en el parque, en ese momento; que esperaran a que su hijo fuera a dormir, para que no la viera llorar. Sin embargo, le aseguró que todo estaba bien, que sólo sentía las lágrimas por el peso de los recuerdos. José creyó entender, sólo quería ser amable. Por lo que acabó llevándolos a casa. Estaban en la cuarta copa, repasando cómo se conocieron en el colegio, cómo se hicieron novios, y siguieron hasta llegar a aquel día.

—Me dejaste plantada en el altar —dijoLiza, tratando de no darle importancia, pero la voz la delataba. José se rio, pero con algo de amargura.

—Lo que tú me hiciste…

—No se compara a eso, José. No te atrevas. —Lo detuvo Liza. Y José asintió.

—Sí, tienes razón. Lamento haberte enamorado y después dejarte sola, sin darte ni una sola explicación. —José finalmente fue capaz de ponerlo en palabras, de enfrentar ese hecho. Liza no habló de inmediato. Solo sonrió.

—Y yo lamentó haberme reído de tu cursi carta de amor en octavo grado. —Sorbió un poco más del vino—. Era una verdadera perra en ese entonces —admitió. José rio a carcajadas, y Liza lo acompañó.

Siguieron bromeando, riendo y bebiendo, embriagándose mientras se ahogaban en los recuerdos. Y Adrián solo veía eso. Risas, lazos, una relación amena que florecía. Adrián estaba tan fuera de sí que ni siquiera reconocía ese lazo. Había una flecha en su mano, una que se teñía de un rojo parecido al vino que la feliz pareja bebía.

—No, no, no —le corregía Liza—. No es tu culpa que esté criando sola a este niño. Me dejaste a los 19 años, no te hagas el Adonis. Te olvidé enseguidita. —Chasqueó los dedos, con la voz muy afectada por el alcohol, y José reía, igual de ebrio.

—Sí, se nota a leguas que eres una mujer fuerte y una buena madre —notó José.

Liza comenzó a llorar. —¡Pero es tan difícil! Es un niño adorable, no quiero hacer nada mal. Pero estoy tan sola. —De risas, pasó a llorar incontrolablemente.

José le daba palmadas en la espalda. —Ya, no llores, lo haces muy bien. Estoy feliz por ti y por tu hijo. Y espero que a tu ex esposo se le caiga el pene, mientras lo hace con la secretaria.

—¡Son siempre las secretarias! —se quejó Liza y volvieron a reír a carcajadas, tan metidos en sus risas que terminaron uno sobre el otro, sin coordinación para volver a ponerse derechos.

En ese momento, Adrián terminó por perder la cordura y se apareció delante de la pareja con un aura negra que daba miedo. El alcohol desapareció enseguida de la cabeza de José, que se levantó casi llorando de la felicidad al volver a verlo. Liza se decía que en su vida volvería a tomar si esas serían sus alucinaciones de ahora en adelante. Y Adrián ignoraba a José, solo viendo a la mujer, mientras le apuntaba con una flecha roja.

—Hablabas tanto del amor, de conocerme, de… de… —Adrián lloraba, y no hablaba con mucho sentido. Solo entonces, José notó que algo pasaba.

—¿Adrián? —Se acercó, tratando de llamar su atención, pero el ángel seguía con la mirada fija en la mujer.

—Mírate ahora, riendo con ESTA, cargando a su hijo, buscándote una familia. —Rio con amargura—. Nunca podría darte eso —murmuró y soltó la flecha.

El grito de Liza resonó en la sala. Ella cayó inconsciente al piso, mientras la flecha quemaba el sofá, justo al lado de donde la mujer estaba sentada. Adrián no pudo hacerlo. No podía herir a esa mujer.

—¡Anda! Recógela y sigue cortejándola. Te tiene cariño, te amará enseguida —hablaba, sin dejar de llorar. José se acercó y lo tomó de los hombros, pero sin poder hablar—. Y tú, como el idiota que eres, responderás a ese amor, y no seré nada para ti. ¡Nada!

José lo abrazó fuerte, mientras aún trataba de entender que había sucedido. Veía las alas plateadas del chico. ¿Acaso no le importaba que Liza lo supiera? No, espera. Lo que Adrián decía, lo que había dicho, su mirada… Otro rompecabezas volvía a solucionarse en su mente. Y José ya se sentía un jodido genio, porque se le estaba haciendo costumbre eso de resolver situaciones. Se separó un poco de Adrián y le levantó el rostro para verle a los ojos.

—Adrián, ¿estabas celoso de Liza? —preguntó. Y la pregunta fue tan directa que hizo que Adrián se avergonzara por caer en un sentimiento tan estúpido.

—¡¿Por qué tendría que estar celoso?! Tú… ignorante mono subdesarrollado —respondió efusivamente, golpeándole el pecho no tan fuerte. José sonrió. Había dado en el clavo. Sí, un superdotado acababa de nacer.

—Es cierto, no tienes por qué estar celoso. Después de conocerte, no hay forma de que llegue a enamorarme de alguien más —dijo José, con la misma sonrisa de idiota de antes, y Adrián sintió una rabia y un alivio que solo lo hizo llorar aún más—. Solo vine a disculparme con Liza. Pensé en lo que dijiste, que estaba maldito por algo que hice, y recordé. —Adrián seguía insultándolo y golpeándolo, y José lo miraba embelesado, a  tal punto de que también comenzaron a brotarle lágrimas en los ojos—. ¡Pensé que nunca más volvería a verte! —exclamó y encerró al ángel en un abrazo asfixiante.

Estaban comenzando a reconciliarse, a encontrar el ritmo entre el violento amor de José y la violencia pura de Adrián, cuando un coro de musas los hizo callar y la sala se llenó de un humo rosa que olía a fresas. «Ugh, Venus», pensó Adrián, poniendo los ojos en blanco, pero sintiéndose contento al ver a su jefe después de tanto tiempo.

—Pero ¿qué diantres? —preguntó el dios, al ver todo ese desastre—. Adrián, ¿trataste de matar a esta mujer? Pero ¿qué tienes en la cabeza? Te desapareces por un mes y luego tratas de matar a una humana, ¡por Dios! —se quejaba el dios, exasperado y haciendo bailar su largo y sedoso cabello mientras hablaba. Adrián estaba a punto de defenderse, cuando José se le adelantó.

—Solo estaba celoso, porque soy importante para él. Me quiere, como yo lo quiero a él —dijo abrazándolo fuerte, a pesar de las protestas del ángel—. Y por eso, no puede dejar que nadie más esté a mi lado.

Venus los observó incrédulo. Incrédulo, pero resignado. Había cada idiota en la Tierra. —No sé por qué crees que eso ayuda a Adrián. Usó una flecha roja, lo que significa que tenía malas intenciones y las reglas son bastante claras…

—¡Ah-ah! —lo paró Adrián, zafándose del abrazo mortal del otro—. Esas son reglas de ángeles. Yo soy solo mitad ángel —le recordó—. Ahora, si me disculpas, aún tengo un humano que educar en el arte de amar… me —agregó la última silaba, desapareciendo de la vista del dios, con un elegante movimiento de manos.

Venus suspiró cansado. Ese pequeño diablo le sacaría muchas canas. «Pero valdrá la pena». Sonrió al ver lo feliz que se sentía Adrián en los brazos de José. Oyó que la mujer se levantaba detrás suyo.

—¿Qué… qué pasó aquí? —preguntó, confundida y atemorizada—. ¿Quién eres tú? —preguntó al ver a Venus.

—¿Qué? ¿No se nota? Soy el hombre de tus sueños. —Sonrió el dios, con petulancia.

—Ah, sí. —Liza asintió—. Esto es un sueño. Tiene sentido. —Yvolvió a caer, rendida ante el cansancio.

A Venus se le escapó una risita tonta, y arregló el sofá antes de irse. En algún lugar del mundo —más específicamente en el departamento de José—, un ángel mitad demonio y un humano con el coeficiente de un mono, trataban de empezar de una relación estable, balanceando golpes y cursilerías.

¿FIN?

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