Cap 4 – El libro rosado

Arriba, entre las nubes y las fuertes corrientes de aire, Adrián hurgaba entre los archivos de su jefe, hasta dar con lo que buscaba. Un libro grande, de cubierta de cuero rosada, grabado en rojo y con las páginas oliendo a frambuesa. «Este tipo está más que loco», pensó Adrián, con algo de náuseas al abrir el libro y sentir ese aroma dulzón en todo su esplendor. «Es como la diabetes debería oler», pensó, pero se aguantó y comenzó a buscar. Hacía un poco más de una semana que trataba de rehabilitar a José y una duda había nacido. Que José era un idiota, no era ningún misterio, pero… «Por idiota, nadie te maldice». Adrián empezó a hojear, soportando como podía el dulce hedor del libro de Venus. Tan concentrado estaba que no sintió a su jefe acercarse a él, hasta que sintió su respiración sobre su cuello.

— ¡Ah, Dios mío! —Adrián se levantó sobresaltado, cerrando el libro y empujando a Venus 69, de paso.

—Oye, ¿qué te pasa? —Venus casi cae de espaldas por el movimiento tan repentino.

—Esto… Nada, no. Lo siento, Venus. —Sonrió Adrián, tratando de parecer inocente mientras escondía el libro tras su espalda. Mantenía las alas bien extendidas para cubrirlo mejor.

Venus levantó una ceja, sospechando que algo no andaba bien. Adrián aún no le había jugado ninguna broma, y eso sólo podía significar dos cosas: Estaba tramando algo grande, o estaba ocultando algo. «Mmm… En ambos casos siempre oculta algo».

—Y eso nunca es bueno. —Terminó diciendo en voz alta. Mientras Venus seguía sumergido en sus cavilaciones, Adrián decidió aprovechar y fugarse de la escena, pero Venus fue más rápido—. ¿Qué tienes ahí, Adrián?

Adrián paró en seco, se puso firme y mantuvo las manos tras la espalda. —¿Dónde, mi dios del amor y la belleza?

—¿Belleza? Adrián, yo sólo soy dios del amor, lo sabes bien —corrigió Venus, algo confundido.

—Ah, pero que sacrilegio. No creo que haya otra entidad que emane más belleza que usted. Es más, creo que su radiante presencia comienza a aturdirme. Es mejor que me vaya…

Venus 69, tan débil a los elogios como siempre, se sonrojó y lanzó una risita tonta. —Vamos, Adrián, no es para tanto. —Mientras Venus se arreglaba el cabello, aún sonriendo nerviosamente, Adrián daba pasitos pequeños, alejándose de su jefe—. Pero sé que Afrodita ha estado algo celosa de mi larga cabellera y… —Volvió a fijar su vista en el escurridizo Adrián, y comprendió que este intentaba escaparse—. ¡Maldito demonio! ¿Qué tienes ahí? —Explotó el dios al ver a través de los elogios de Adrián, y se lanzó para sacarle el libro de las manos.

—¡Nada, nada! —respondía Adrián, forcejeando para que no le sacaran el libro, ni tampoco identificara de qué se trataba—. ¡Déjame en paz, Venus! ¡Tengo que ir con José! —se excusaba. Abrió el portal a la habitación de José, donde el chico acababa de salir del baño y ponía sus ropas sobre la cama, para ver cuál era la mejor combinación.

—No, primero, muéstrame qué tienes ahí.

Venus seguía luchando y Adrián, ante el temor de verse descubierto, terminó soltando el libro en el portal. Ambas entidades se quedaron heladas al ver que el libro caía lenta y elegantemente sobre la cama de José, delante de este.

—Ay.

********

José se había levantado ese día preguntándose si vería a Adrián y a qué hora sería eso. Si volvería a aparecerse de la nada, como la primera vez, con todo y con alas, o si se vería más normal, como en sus citas. Eso lo ponía nervioso, pero emocionado a la vez. «Debo estar listo para todo», se había propuesto y puso mucho empeño en escoger la ropa del día. Un pantalón marrón oscuro, un tanto elegante, un tanto casual; una austera camisa celeste; una corbata debido a que debía asistir al trabajo y… zapatos. ¿Qué zapatos usaría? Y, dejando todo lo demás sobre la cama, se dio vuelta para ver su pequeña colección de zapatos. Justo entonces, escuchó un sonido raro sobre la cama y se volvió por reflejo.

—¿Un libro? —Era un libro grande, forrado en cuero rosado con relieves rojos—. ¿De dónde ha salido? —Tomó el libro y se dispuso a abrirlo, cuando un peso cayó sobre él y lo tiró sobre la cama.

—¡No, es mío! Dámelo a mí —Escuchó otra voz, muy elegante y masculina, que también forcejeaba sobre él para arrebatarle el libro.

En todo eso, José comenzaba a perder el aliento, con el libro debajo él, incapaz de tomarlo para pasárselo a sus torturadores.

—Ba… bas… ¡Basta! —gritó José, y ambos pararon en el instante y se pusieron de pie—. ¡¿Acaso piensan matarme?!

—Lo siento —dijeron ambos al unísono.

—Pero, no puedes ver lo que esta en ese libro —dijo Adrián—. Podrían pasar cosas muy malas.

—Adrián… —llamó Venus, con una voz un tanto sombría. Adrián sintió escalofríos—. Si él no puede verlo, creo que tú tampoco, ¿vedad?

Adrián se rio nervioso. —Es que…

—Mortal, dame ese libro. Me pertenece —ordenó Venus, en toda su divinidad, a José.

—¿Este? – José volvió a ver el libro. En relieve, se leía “Desafortunados”—. ¿De qué trata?

—No te concierne —respondió Venus, tajantemente.

—Ah, entiendo. —José se quedó meditabundo un momento. Pareciera que estaba reflexionando sobre su situación. En realidad, a José le había dado otro de esos cortos en los que no piensa nada. Alzó la vista y examinó a Venus 69— Vaya, eres hermoso —comentó, con admiración.

—¿Eh? ¿En serio lo crees? —Venus enseguida se sonrojó y comenzó a jugar con su largo y sedoso cabello—. Gracias, no me halagan muy seguido, a pesar de que…

Venus y José comenzaron a entablar una corta y rara conversación en la que José elogiaba su belleza (sus largos cabellos, las firmes piernas, el elegante torso, etc.), y Venus se sonrojaba y reía diciendo que no era en serio. Adrián quería vomitar, pero se dio cuenta de que esa era su oportunidad. Se escabulló al lado de José y trató de deslizar el libro de su mano, casualmente, para no llamar la atención. Por desgracia, Venus ya tenía demasiada experiencia con Adrián como para no saber sus planes. Decidió dejar de jugar y les arrebató el libro de una buena vez.

—Adrián, sabes que sólo yo y unos pocos pueden leer esta lista. Si quieres conocer mejor a José, sólo pregúntale cuál fue su error —sentenció Venus y se desvaneció.

José y Adrián se quedaron solos, con Adrián mordiéndose el labio, sabiendo que estaba en problemas y José preguntándose qué diantres había sido todo eso.

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