Érase una vez un dragón

 Había una vez un dragón

Érase una vez un dragón

por Jambrea Jo Jones

Traducido por VRaion

Una torre de piedra abandonada.
Uno de siete hombres, que conviven juntos, en una búsqueda.
Un sarcástico compinche y una varita parlante.
Un dragón que piensa que el virginal héroe sería un plato exquisito.
¿Cuál será el resultado si a todo eso le añades hechizos, brujos maléficos y sexo? 

—¿Dónde carajo se encuentra el hada madrina cuando se le necesita? —preguntó Blaze con frustración.

—Sabes que es un mito. —Ember lo miró con una ceja alzada.

—Igual que los cambiaformas dragones y ya ves —rebatió Blaze.

—Gracioso. —Ember le dio una palmada en la espalda.

—Cállate y ayúdame a salir de esta maldita maleza. Creerías que está viva por la manera en que se aferra a uno. —No solo estaba atascado, sino que el día no iba como lo había planificado.

—Es tu maldita culpa. ¿Por qué querías venir hoy a esta estúpida torre? Ha estado vacía por siglos. —Ember tiró de una maleza particularmente terca que se hallaba alrededor del tobillo de Blaze.

—Ayer escuché hablar sobre ella en el bar. Uno de los tontos dijo que vio algo aquí y quiero verificar.

—Sí, seguro. Sabes que esos idiotas te estaban tomando el pelo. Solo buscabas escaparte de tus compañeros de habitación.

—Tú harías lo mismo. Lo único que les interesa es ejercitarse y transmutar. Estoy harto de todo eso. ¿Por qué no pueden ser normales? —dijo casi quejumbrosamente y luego carraspeó.

—Por normal, ¿quieres decir follables según tus estándares? Además, ¿por qué te mudaste, no con uno o dos, sino con siete cambiaformas dragones? Eso es buscarse problemas.

—Estás celoso porque no eres el que vive ahí. Sé que quieres el trasero de Pyres. —Blaze sonrió con suficiencia.

—No jodas, cállate. Además, es a Flame a quien deseo. Pyre es un imbécil. Ya está, eres libre. Me largo. Si quería que me fastidiaran, me hubiera quedado en casa.

—Hombre, lo siento. Mira, haz esto por mí. Ya veré qué hago para emparejarte con Flame. —Blaze palmeó la espalda de Ember.

—Si añades a Spark en el paquete, es un trato.

—No son juguetes. No es como que pueda pasártelos a ti, así como así.

—Oye, tenía que intentarlo. —Ember le guiñó un ojo.

—Bien, vamos. Mientras nos mantengamos alejados de esta maldita maleza, llegaremos pronto a la torre.

—Estamos perdiendo tiempo. Deberíamos estar tras los chicos, pero noooo… —La voz de Ember se fue apagando.

—Fizzle y Char dijeron que vieron movimiento cuando volaban por aquí los otros días.

—Seguro que volaban borrachos. No debes creer lo que dicen esos dos. No me sorprendería que Scorch les hubiera dicho que te dijeran eso. Debes deshacerte de esos tipos. Siempre te están tomando el pelo. Bueno, Flame puede quedarse. No importa, él puede irse a vivir conmigo. De todas maneras, te puedo asegurar que esta es una broma que te jugaron para sacarte de la guarida. Quién sabe qué es lo que hacen cuando no estás allí para controlarlos. Imagino que jugando Bingo borrachos o Twister desnudos. ¡Ah, ya sé! Practican al blanco en tu habitación. Apuesto a que están destrozando tus cosas mientras hablamos.

—No me importa. que tengo que asegurarme de que sea cierto lo que dijeron. Deja de molestarme, idiota. Ya llegamos. —Blaze empujó la puerta al pie de la torre de piedra. Esta no se movió.

—Apuesto a que desearías tener a uno de tus amigos fortachones aquí.

—Cállate y ayúdame. —Blaze apretó los dientes, mientras empujaba más fuerte.

El chirrido de la puerta, hizo sonreír a Blaze. Estaban en el interior.

—¿Ahora qué?

—Cazamos.

—Y ¿qué vamos a cazar, gran místico?

—Lo sabré cuando lo vea. Tengo el presentimiento de que algo grande está por pasar.

—Así es, te voy a dar una zurra por arrastrarme a esta aventura absurda.

—Eso te crees. Te venceré.

—Quieres tocarme. Sé que siempre has deseado esto. —Ember pasó una mano por su pecho hasta llegar a su sexo y sujetarlo.

—Detente. Hay algo aquí. Lo sé. —Blaze miró a su alrededor. La torre estaba sucia y se desmoronaba. Estaba unida a un enorme castillo, pero a Blaze no le interesaba ese espacio. Su interés radicaba en la torre. Las telarañas cubrían las paredes y un aroma almizclado llenaba el aire. Pisó una piedra suelta y por poco resbala. Se inclinó cerca de la escalera y levantó el objeto.

—¿Qué carajo es esto? Luce como una varita.

—Bájame, animal —Una voz flotó desde la escalera hasta la punta.

—¡Mierda! —Blaze dejó caer la varita.

—Perfecto, esto es perfecto. Primero, me manoseas y ahora me dejas caer. ¿Qué pasa contigo?, ¿eres un idiota?

—Maldición, Blaze. No solo encuentras una varita, sino que habla. Qué afortunado.

—Por solo una vez, Ember. Por solo una vez, ¿podrías mantener tu boca cerrada? Sé que debe ser difícil, pero estoy seguro de que puedes lograrlo. —Blaze se acuclilló y dio golpecitos a la varita.

—Si las dos damas quieren discutir, ¿podrían dejarme sobre el atril que hay por allá? Y deja de darme golpecitos. No estoy golpeándote por todos lados, ¿verdad?

—¿Cómo te metiste ahí?, ¿estás aquí sola? —Blaze miró a su alrededor, pero nada le indicaba que alguien hubiera estado allí recientemente. Pero, ¿quién dejaría tirada una varita mágica?

—No te importa, pero pienso que deberías irte. En este preciso momento, sería lo mejor. Déjame en el atril y sal por donde entraste. Vamos, vete. No me hagas enojar y me portaré bien.

—No me digas. ¿Tú y cuál ejército? No nos iremos hasta que estemos listos. —Ember se alzó sobre Blaze y la varita.

Ahora quieres quedarte. —Blaze soltó un suspiro exasperado. Bajó la mirada hacia el extraño tic-tic que provenía del suelo. La varita había comenzado a resplandecer y estremecerse. Eso no podía ser bueno. No, para nada bueno.

—¿Qué carajo?

Su atención pasó a Ember y tuvo que obligarse a no reír. Lo cual era una

verdadera batalla. Ember era ahora el orgulloso dueño de trenzas y senos.

—Bueno, ella te lo advirtió.

—Jódete, Blaze. Deshazlo, varita. —Ember se miró los senos y sacudió la cabeza.

—Ustedes dos, lárguense y entonces le retiraré los senos. Pero deben irse ahora.

—No puedo —susurró Blaze.

—¿Qué dijiste, joven dragón?

—¿Cómo sabes lo que somos? No es posible. —La voz de Ember sonó apagada. Blaze se volteó para ver a Ember jugar con la nueva parte de su anatomía. Puso los ojos en blanco.

—Sé muchas cosas y harías bien en escucharme, joven dragón. Y ahora cállate, que no estaba hablando contigo. —La varita lo regañó.

Blaze volvió a levantarla y acunó la varita en sus manos. —¿Tienes nombre o solo te dicen varita?

—Qué gentil eres al preguntar. Blaze, ¿no es así? Tengo nombre. Es Glenda. Nada de bromas sobre brujas, por favor. Ahora, volveré a preguntar. ¿Qué fue lo que dijiste hace un segundo?

—No puedo irme. Aún no —repitió Blaze con firmeza.

—¿Y por qué, querido? —insistió Glenda.

—Debo estar aquí. Puedo sentirlo. Algo me llama y tengo que encontrarlo. No puedo irme hasta que lo haga.

—Esas eran las palabras mágicas que deseaba escuchar. Tú eres el elegido. —ella hablaba en acertijos. Primero, se suponía que se fueran y, ¿ahora él era el elegido?

Blaze intentó hablar cortésmente. —No comprendo.

—Ya lo harás. Bájame y sube las escaleras. Camina hacia la derecha y encontrarás lo que has estado buscando.

Blaze se apresuró en obedecer. Lo sabía. Lo que él necesitaba estaba allí. —¿Estarás bien aquí abajo? —preguntó.

—He estado aquí por años. No te preocupes por mí, pequeño. Ve. Tu destino te aguarda.

—¿Qué? Espera un maldito minuto. ¿Qué hay sobre mí? —Ember sonaba molesto.

Blaze se detuvo al comienzo de la escalera con una mano en el pasamano. —Tengo que hacer esto, Em. Estoy tan cerca que puedo saborearlo.

—Eso está bien, pero no quiero tener senos por el resto de mi vida. Si me gustaran, no sería gay —gritó Ember.

Blaze se rió. —¿Glenda?

—Ah, está bien. Solo lo hago porque me lo pidió usted, Señor Blaze. —Si Glenda fuera una persona estaría con un puchero y los brazos cruzados. Le estaba comenzando a gustar la varita. Se lo estaba poniendo difícil a Ember. Ya era hora de que alguien le bajara los humos. Un zumbido interrumpió sus pensamientos. Ember ya no tenía senos.

—¿Podemos continuar ahora? El sentimiento se está fortaleciendo. Tengo que seguirlo.

—No sé por qué estás tan excitado. No tienes idea de qué carajo encontrarás ahí arriba.

—Voy a subir. Puedes venir conmigo o no. No me importa. —Blaze se movió, un paso a la vez. Quería subir corriendo las escaleras, pero era cauteloso. Ember tenía razón. Quién sabía a lo que se dirigía. Podía ser una elaborada trampa de sus compañeros de habitación. De todos modos, él pensó que eran demasiado perezosos como para pasar tanto trabajo.

El viento alborotó el cabello en la parte posterior de su cabeza. Se volteó para ver que Ember había transmutado a su pequeña forma de dragón. La mayoría de las historias dejaban fuera el hecho de que los dragones tenían dos tamaños. No todas las situaciones requerían a la inmensa bestia. —¿Por qué transmutaste? —La respuesta de Ember entró violentamente a su cabeza.

«Se sintió correcto y ¿no eres tú el que está con eso de “siento que debo”? Pues, bien, este es mi instinto actuando. Es más fácil pasar a mi forma grande desde esta. Y eso es algo en lo que tú hubieras pensado si no estuvieras en esta absurda búsqueda. Estúpido. Es todo lo que tengo que decir.»

—Suficiente y gracias. Ahora, deja de hablar. —Blaze continuó subiendo los escalones con Ember detrás de él. Se preguntó si debería transmutar también, solo por si acaso, pero desistió. Quería estar en su forma humana para cuando descubriera lo que lo había llevado hasta ese lugar.

Cuando llegó arriba, se detuvo. Había un largo pasillo con tres puertas, todas cerradas.

«De tin, marín, de dos pingüe.» Esas palabras serpentearon en su cabeza.

Bloqueó a Ember. Esto era demasiado importante. Estaba a las puertas del resto de su vida. El sentimiento no se había marchado. Y así como así, supo cuál era la puerta. Era la del medio. Sin titubear, caminó directo. Empujó la puerta y esta cedió sin siquiera hacer ruido.

Blaze se llevó una mano al pecho ante la visión frente a él. Su corazón latió salvajemente, determinado a salirse de su pecho a fuerza de palpitaciones. Luz entraba a través de la ventana, proyectando un resplandor sobre la cama colocada en una plataforma. En el medio, reposaba el más atractivo hombre que hubiera visto en su vida: prometedores labios rojos, piel de alabastro y la más hermosa corona de cabello rubio. Blaze se preguntó de qué color serían sus ojos. Apostaría que serían azules.

«¿Qué pasa? Ah, maldición. Quiero un mordisco de eso.»

Blaze soltó un gruñido bajo.

«Maldición, ¿captas ese aroma?»

Blaze negó con la cabeza. Sus sentidos no eran tan agudos en su forma humana.

«Virgen. Sal de mi camino. Quiero un poco de ese…»

—¡Sal! —rugió Blaze.

Ember se transmutó a su forma humana de inmediato. Salió a tropezones, y Blaze cerró la puerta de un portazo detrás de él. Volteó hacia la cama para encontrar sentada a la hermosa visión. Blaze se acercó. Dios, su vista apenas podía comenzar a describir la celestial criatura. Casi esperaba que criaturas del bosque aparecieran cantando.

Blaze se topó con una mirada verde como el césped. Se había equivocado en cuanto al color de los ojos. Pero el verde le sentaba bien al hombre.

—¿Qu-quién es?

Esa voz. Blaze podía deshacerse en poesía sobre la manera en que esta había acariciado su piel.

—¿Señor?, ¿quién es y qué hace en mi habitación?

Blaze se secó sus sudorosas manos en los pantalones. No debería estar así de nervioso.

—Lo siento. No quise asustarte. Soy Blaze Du’Car. —Extendió su mano—. ¿Y tú?

—Enrique Von Stein. Esta es mi casa. Aún no has contestado mi pregunta.

—La varita, es decir, ¿Glenda?, me dijo que subiera. Dijo algo sobre ser “el elegido”. Llevo años fascinado con esta torre y cuando dos de mis compañeros de habitación dijeron que habían visto movimiento, tuve que venir. Hoy. Tenía que ser hoy. No tengo idea de por qué. Y ahora te he encontrado. Eres hermoso. Si no te importa que te lo diga. —Blaze por fin se calló. Sabía que había sonado como un tonto, pero no había podido evitarlo. Se acercó lentamente a Enrique. La necesidad de tocar al otro hombre era irresistible.

—¿Glenda te dijo que vinieras a mi habitación? —preguntó Enrique.

—Sí —Blaze se arrodilló al lado de la cama.

Enrique se lamió los rojos labios y Blaze quedó embelesado. Su mirada siguió el movimiento de esa lengua.

—¿Qué dijo ella exactamente? —susurró Enrique.

Blaze se acercó. Tan cerca que casi podía sentir la húmeda boca de Enrique bajo la suya. El hombre olía a rayos de sol y chocolate.

Una probada no le haría daño a nadie.

Le tocó los labios con los suyos, mientras hablaba. —Ella me dijo que había dicho las palabras mágicas. Que yo era el elegido y que encontraría lo que estaba buscando. Ella tenía razón.

Blaze rozó sus labios una y otra vez. Roces gentiles. Enrique gimió. Blaze hizo presión. Su lengua demandó entrada y Enrique le cedió paso. Las manos de Blaze temblaron, pero logró sujetar su rostro, evitando que se alejara.

Enrique jadeó, y Blaze aprovechó para enterrar profundamente su lengua. Perfección. El beso no tenía igual. Blaze saboreó un toque de menta y un sabor único que debían provenir de Enrique. No podía imaginar cómo el hombre podía saber así de fresco cuando acaba de despertar apenas unos minutos atrás. Tampoco le importaba. Solo quería saborear al hombre que cambiaría su destino.

Pum, pum, pum. ¿Ese era su corazón o el de Enrique?

Pum, pum, pum. Espera, ¿de dónde provenía ese sonido?

—¿Qué…? —Enrique se alejó.

Que Enrique se apartara, fue como si un globo se reventara.

—Vamos, Blaze. Para de hacerte el capullo con el Príncipe Azul y déjame entrar. Si van a estar ocupados, quiero mirar. Me arrastraste hasta aquí, ¿y ahora me vas a dejar pegado a la puerta? Déjame entrar antes de que esa maldita varita vuelva a convertirme en algo.

—¿Quién es ese? —Enrique pestañeó confuso. Lucía tan inocente con sus mejillas sonrojadas del calor intercambiado y sus labios hinchados.

Blaze quería otra probada, pero se detuvo para contestar la pregunta de Enrique. —Eso. —Suspiró—. Eso es mi amigo, Ember. Si lo ignoramos, quizás se marche. —Blaze enfatizó las últimas palabras para beneficio de Ember.

—Ni te lo creas, hermano.

—Quizás debamos dejarlo entrar, ¿o crees que él podría traer a Glenda hasta acá? Necesitamos hablar.

Enrique se levantó de la cama. Ahora que Blaze podía verlo completamente, era mucho más imponente. Era alto y delgado, de constitución largiducha.

No se parecía en nada a los compañeros de Blaze. El pecho del hombre estaba definido, pero no voluminoso. Blaze quería lamer cada pulgada de Enrique.

Dios, ¿qué era lo que Enrique vestía? Los pantalones cortos dejaban poco a la imaginación. Blaze carraspeó. —¿Podrías… esto… ponerte ropa? No es que no disfrute la vista, pero no dejaré entrar a Ember viéndote como te ves. —Sus ojos se abrieron de par en par ante el sonrojo que cubrió el cuerpo de Enrique. El rojo le sentaba al hermoso hombre. Incluso sus orejas se tornaron rojas.

—Yo…

Blaze acortó la distancia entre ellos y lo abrazó. Sus cuerpos se amoldaron. Se ajustaban perfectamente.

—No estés nervioso conmigo. —Blaze acarició el cuello de Enrique. Mordisqueó y lamió la suave piel, besando hasta llegar a sus labios.

Enrique se estremeció en sus brazos y, por un momento, Blaze olvidó que no estaban solos. Ember no le permitió olvidar por mucho tiempo.

—¡Blaze, maldición!

—Mierda —murmuró—. Después terminaremos esto, cariño. Te lo juro. —Blaze miró los ojos verdes de Enrique, cautivado por la aturdida mirada que él había provocado.

Blaze respiró profundamente y se separó. Fue difícil. Maldición, fue bien difícil. —Vamos, vístete. —Se giró hablando hacia la puerta—. Ember, busca a Glenda y tráela acá. Después, puedes entrar.

—¡Maldita sea! —refunfuñó Ember, pero Blaze escuchó sus pasos alejándose.

—¿Cuánto tiempo llevas aquí? —A regañadientes, Blaze dejó ir a Enrique para que este pudiera vestirse.

—Siempre he vivido aquí. —La respuesta le llegó apagada, debido a que Enrique estaba colocándose una camiseta por la cabeza.

—¿Cómo es eso posible? Este lugar ha estado vacío por siglos y cuando entramos, se sentía abandonado. Bueno, hasta que entré a esta habitación. —Blaze miró fijamente la recámara, por primera vez. Lucía habitada. No tenía telas de arañas. Estaba decorada en azules y verdes oscuros. Irradiaba tranquilidad, pero también soledad. ¿Acaso la única compañía de Enrique era Glenda?

—Un hechizo. Pero quizás, deberíamos esperar por Glenda. Ella puede explicarlo mejor que yo.

Fueron interrumpidos por una llamada a la puerta.

—Tengo a Glenda, la varita buena. Así que déjame entrar. Es espeluznante aquí afuera.

—¿La varita buena? Sigue así y lo lamentarás, niño dragón.

Blaze abrió la puerta. —Deberías hacerle caso, Em. Recuerda lo que te pasó la última vez que no lo hiciste. ¿Y desde cuándo algo asusta al enorme y malvado Ember?

—No jodas. —Ember entró a empujones—. Hola, guapo, ¿cómo estás? —Ember se detuvo tras pasar la puerta.

—Te sugiero que te mantengas alejado de Enrique, joven dragón, o atente a las consecuencias —le advirtió Glenda.

—¿Por qué?, ¿piensas volver a cambiarme? —La voz de Ember apenas disimulaba la risa.

—No es de mí de quien debes preocuparte. Sugiero que prestes atención a tu amigo.

Ember se volteó a mirarlo. —¿Qué carajo te pasa, Blaze?

—No me obligues a lastimarte —gruñó Blaze, a mitad de su transmutación—. Mío.

—Hombre. —Ember levantó las manos intentando calmar a Blaze—. Entendí. Retrocede. Mira, no lo estoy tocando, ¿ves? Yo solo… —Señaló un asiento a mitad de la habitación y se sentó.

Blaze cerró los ojos y contó hasta diez. Ser posesivo era un sentimiento nuevo para él. Jamás se había enojado con facilidad, pero esa era la segunda vez que las acciones de Ember lo habían deseado destrozar al otro dragón, extremidad por extremidad.

—Glenda, ¿qué sucede?

La voz de Enrique fluyó hacia él, calmándolo. Esa era una buena pregunta y no podía esperar a escuchar la respuesta de Glenda.

—Ya le había dicho que este día llegaría, señor. Debió haber tenido más fe.

—Bueno, a mí, no me lo has dicho. Así que, ¿por qué no nos sentamos por un rato? —Blaze odió lo brusco que sonó, pero había sido un largo día y quería estar a solas con Enrique.

—No hay necesidad de ser insolente, Señor Blaze.

—Lo que necesito son respuestas. ¿Por qué ahora? ¿Por qué todos piensan que este sitio está vacío? Enrique dijo que ha estado aquí siempre. —Blaze buscó a Enrique con la mirada, hallándolo incómodamente sentado en la cama.

Blaze se sentó en el diván cerca de Ember y dio golpecitos a su lado invitándolo a sentarse allí. Enrique sonrió y rápidamente fue a su lado. Blaze lo acurrucó contra él, abrazándolo.

—La torre está hechizada, por supuesto. Yo soy la guardiana de Enrique.

—¿De qué lo estás protegiendo? —Ember se inmiscuyó.

—Silencio, joven dragón, déjame hablar. Un brujo lanzó un hechizo contra la familia Von Stein. Deberían entregarle a su primogénito cuando llegara a cierta edad, a menos que este encontrara su pareja. Los Von Stein escondieron aquí a Enrique y hechizaron la torre para mantenerlo lejos de las garras del brujo.

—¿Qué tiene que ver eso conmigo? —preguntó Blaze.

—Usted, Señor Dragón, es su pareja. ¿Aún no se ha percatado de ese hecho? ¿La atracción hacia este lugar? ¿El hecho de que puede vernos? El hechizo que rodea esta torre permite que solo la familia Von Stein pueda vernos.

—Entonces, ¿cómo explicas que mis compañeros pudieran ver movimiento? —Eso no tenía sentido.

—Ya era hora. Enrique está listo. Tú estás listo. Las estrellas están alineadas. ¿Acaso importa? Están destinados a estar juntos. Una vez que se complete la unión, Enrique puede dejar de esconderse y tomar el lugar que le corresponde al lado de su padre.

—¿Qué pasará con el brujo?, ¿no se molestará e intentará vengarse? Además, ¿qué pasará conmigo cuando Enrique tome su puesto? ¿Acaso solo soy un semental para lograr que salga del cautiverio? —Blaze odió las palabras implícitas de Glenda. No deseaba ser usado y descartado.

—El brujo fue el que estableció los parámetros del hechizo. Una vez roto, tiene prohibido contraatacar —explicó Glenda remilgadamente.

—¿Pero no hicieron trampa los Von Stein al esconder a Enrique? —preguntó Ember.

—Le hice la misma pregunta a mi familia. Estaba preparado para hacer lo que tuviera que hacer. Odiaba estar encerrado y forzado a permanecer escondido. Estoy cansado y me siento solo.

Blaze volteó a ver a Enrique. El tono derrotado hizo que su corazón se apretara. Sujetó el mentón de su pareja y miró sus ojos. —Nada de eso importa ahora. Somos pareja. No tienes que esconderte más. Maldición, puedes venir conmigo a casa, mientras no te importe compartir con un grupo de compañeros de habitación. —Rozó con sus labios los suyos.

—Podemos ocuparnos de los detalles después. Ahora, ustedes dos necesitan conocerse mejor. Parto a informar a la familia. —Se escuchó un gorgojeo y ¡zas! Glenda desapareció entre el humo.

Blaze soltó el mentón de Enrique y acarició el pecho de su pareja. Ambos vestían demasiadas prendas para su gusto.

—Eso estuvo bien. Gracias por la maravillosa tarde. ¿Podemos irnos de aquí ahora antes de que suceda algo inesperado de nuevo? —Ember se levantó y caminó hacia la puerta.

—No puedo salir. No hasta que la unión esté completa. Ya lo he intentado. El hechizo no lo permite. —Enrique suspiró, mirando a Blaze—. Lamento haberte metido en todo esto. Quizás no deseas ser mi pareja. Este es mi problema. No quiero que te sientas obligado a quedarte. Estaré bien aquí. Ya estoy acostumbrado —completó mirando al suelo.

Blaze no podía soportar aquello. Había una serena fuerza en el delgado hombre y no iba a permitir que ese hechizo lo doblegara. —No sucederá. No sé cuánto conoces sobre los cambiaformas dragones, pero tomamos la unión en serio.

—Ni siquiera me conoces.

—No importa. Mi alma conoce a la tuya. —Blaze sujetó la mano de Enrique y la colocó contra su pecho. Luego, la cubrió con la suya, permitiendo que el hombre sintiera sus latidos.

Ember resopló. —Consíganse un cuarto.

—Estamos en un cuarto. ¿Por qué no te vas a otra parte? Estoy seguro de que tienes otro lugar mejor donde estar. ¿No ves que estoy ocupado? —Blaze no se molestó en mirar a Ember.

La habitación se estremeció y sus orejas aparecieron. Volteó bruscamente la cabeza para ver a Ember volver a transmutarse. El aire comenzó a brillar. ¿Acaso la varita regresaba? Eso no era similar a cuando ella se había marchado. Blaze colocó a Enrique tras su espalda, protegiendo a su pareja de lo que fuera que se acercaba.

Ember pasó de pequeño a enorme. Debió haber sentido también la fuerza demoníaca.

Un hombre apareció en la habitación. Alzó un dedo y comenzó a hablar, su semblante resplandecía. —Sabía que era solo cuestión de tiempo. Te encontré ahora y no podrás…

Entonces… Ember se lo comió.

—¿Quién era ese? —preguntó Blaze—. Espero que no fuera uno de tus amigos —añadió.

Enrique se asomó sobre su hombro. —Ese era el brujo. —Tragó saliva y sujetó los hombros de Blaze.

Ember volvió a transmutase, frotando su estómago. —Un poco picante.

—Maldición, Ember. Necesitas pensar antes de actuar. ¿No se te ocurrió pensar que podía ser algún familiar? —comentó Blaze con una sonrisa. Ayudaba que Enrique estuviera salpicando sus hombros con besos. Necesitaban quedarse solos para poder sentir esos besos directamente sobre su piel.

—Vamos, hombre. También sentiste la fuerza demoníaca. Deberías agradecerme.

—Te lo agradezco. No sabes lo que has hecho. ¿Cómo puedo pagar…?

—Detente. —Blaze colocó un dedo sobre los labios de Enrique—. Ya tiene el ego demasiado grande. Si le preguntas qué quiere, a saber qué pedirá. Un ‘gracias’ es todo lo que necesita. Así que, gracias, Ember. Ahora, vete a casa. Te veré luego. Quizás, mañana. Qué carajo, no vengas a buscarme en una semana.

Blaze sonrió abiertamente al escuchar su refunfuño mientras se marchaba pisando fuerte y dando un portazo.

—¿No es tu amigo? Creo que no entiendo —murmuró Enrique contra su cuello.

—Ni yo me entiendo. Basta de hablar sobre él. Somos pareja y creo que ya es tiempo de que nos conozcamos, ¿no crees?

—No necesitas quedarte. Con el brujo muerto, puedo regresar a casa.

—¿No me escuchaste? Las uniones son importantes para nosotros. Eres mío ahora. —Blaze atrapó el lóbulo de la oreja de Enrique con su boca y succionó fuerte.

—Pero… pero no sabes nada sobre mí.

—Háblame de ti, entonces. —Blaze respiró las palabras en la oreja de Enrique.

Lamió el lóbulo que había succionado, lo acarició con su lengua hasta que Enrique se estremeció. Continuó por el borde de su mentón hasta llegar a los generosos y sonrojados labios. Blaze no besó al hombre. No, solo presionó los labios con los suyos y esperó a que él hablara.

—¿No soy una persona madrugadora?

Blaze tomó ventaja e invadió su boca. Algo hizo clic en su pecho. Esto era correcto. Desapareció el sentimiento pesado que lo oprimía. Soltó los labios de Enrique y lo levantó en sus brazos.

—Eso es bueno saberlo. Dormiremos toda la mañana. —Blaze lo tiró sobre el colchón y se trepó sobre él, apoyándose en los codos para no aplastar el cuerpo del pequeño hombre debajo de él.

—Está bien. Sí. Entonces, de acuerdo —balbuceó Enrique.

—Necesitamos desnudarnos. —Blaze se levantó y comenzó a desvestirse, lentamente. Observó a Enrique seguir sus movimientos mientras se desabotonaba la camisa y se la sacudía de los hombros. Luego, se quitó los zapatos y los pantalones.

Dejó su ropa interior para lo último. Deslizó sus calzoncillos por sus caderas, permitiendo que su hinchado miembro quedara libre y golpeara su estómago. Jamás había estado tan excitado en su vida. Blaze sujetó su sexo y comenzó a frotarlo. Cuando Enrique se lamió los labios, casi se corre. Subió a la cama, con este observando cada uno de sus movimientos.

—No sé… —Las palabras de Enrique eran tímidas.

—No te preocupes, yo sé. Solo recuéstate y disfruta. —Blaze tiró de las ropas de Enrique hasta desnudarlo. Su suave piel de alabastro brillaba en la luz del sol. Se inclinó hasta darle un tirón a su tetilla con la boca. El cuerpo del hombre  se arqueó, haciendo que se preguntara qué más le gustaba. Justo debajo de la tetilla, tiró de la piel con su boca, succionando fuerte. Se echó hacia atrás para admirar su obra.

—Mi marca luce bien en ti. Amo tu piel y eres tan jodidamente sensible. Eres un sueño hecho realidad, Riq. —Las manos de Enrique se enredaron en su cabello, tirando de él, acercándolo a su pecho. Así que quería más. Bien, Blaze le daría lo que él necesitaba. Descendió por su cuerpo, mordisqueándolo, hasta llegar a su sexo. ¿Quién diría que un pene podía ser tan atractivo? Era pálido como el resto de su piel, pero la cabeza era roja y brillaba con el líquido preseminal. Qué increíble contraste. Quería darle una probada. Lamió la punta y Enrique sujetó su cabello. Blaze sonrió y se lo tragó hasta chocar con los rubios cabellos rizados de su ingle.

Maravilloso.

—Ah, Blaze. Voy a… No puedo. Por favor. Dios.

Blaze no quería que esto terminara aún. Ya estaba llegando al límite. Se alzó, dejando salir el pene de Enrique de su boca a regañadientes. Sujetó la punta y le dio un fuerte apretón.

—Aún no, cariño. Voy a estar dentro de ti antes de que te corras. —Enrique se retorció en la cama ante esas palabras. Perfecto. Blaze lo volteó y le alzó las caderas hasta que el hombre quedó apoyado en las rodillas, tal como él lo quería. Le mordió el trasero. No muy fuerte, pero suficiente para saborearlo.

No esperaba que Enrique empujara hacia él. El hombre era una fantasía hecha realidad. Quería estar dentro de él, pero se obligó a ser paciente. Era la primera vez de Enrique y quería que fuera buena para él.

Blaze enterró su rostro entre las nalgas de Enrique.  La esencia de su pareja era tan fuerte ahí. Él gruñó y le separó las nalgas, siendo recompensado con un gemido, cuando lamió alrededor de su entrada.

Su lengua reclamó territorio virgen. Su territorio. Cada parte de este hombre era suyo.

Blaze se separó lo suficiente como para deslizar su pulgar en la resbaladiza entrada. Fue despacio hasta que traspasó el anillo de músculos. Tan apretado. Su pene latió con fuerza. Deseaba estar en su interior. Mordió su labio y cerró los ojos, inspiró lentamente por la nariz. Tenía que calmarse o lastimaría a Enrique. Separó las nalgas de este y lamió su entrada antes de alternar el pulgar con la lengua, adentro y afuera, abriéndolo.

—Por favor, por favor, por favor —gritó Enrique una y otra vez.

Blaze sujetó su sexo y golpeó cuidadosamente la entrada del hombre. Se detuvo cuando lo sintió tensarse.

—¿Estás bien?

—Un minuto. Dame un minuto.

Blaze escupió en su mano y frotó su sexo con la esperanza de facilitar su acceso. Jugueteó con fruncida entrada hasta que Enrique movió las caderas.

Introdujo un poco más su pene. Lo sacó y se volteó, quedando debajo de Enrique.

—Móntame.

—Ah, Dios.

Era fue la mejor idea de su vida. Ahora podía ver el rostro de Enrique. El hombre descendió con agonizante lentitud, haciendo que Blaze casi lamentara su decisión. Eso fue hasta que Enrique cerró los ojos y dejó caer la cabeza hacia atrás.

Quería saborear esa dicha absoluta. Blaze se movió hasta quedar sentado, buscando acercar a Enrique y besarlo. Este jadeó contra su boca, cuando su trasero se estabilizó en el regazo de Blaze. No se movieron, permitiendo que el cuerpo de Enrique se ajustara a la invasión.

—Tan estrecho. Dios, cariño. —Blaze enterró el rostro en la garganta de Enrique.

El impulso de morderlo era fuerte, pero lo pospuso. Solo un poco más.

—Tengo que… muévete, por favor —suplicó Enrique.

Blaze lo sujetó por la cadera y lo calmó marcando un ritmo. Ladeó su cuerpo y supo que había tocado el punto mágico en el interior de Enrique por su grito ahogado.

—Otra vez. ¿Qué fue eso? Por favor, más, otra vez. —Enrique se retorció encima de él.

El balbuceo lo excitó.

—Así es. Córrete para mí. Hazlo con mi pene dentro de ti. —Blaze embistió la glándula de Enrique una y otra vez. Sintió cómo su amante se tensaba y su ano lo exprimía. Las contracciones precipitaron el orgasmo de Blaze. El calor húmedo entre ambos cuerpos lo empujó al límite. Mordió el hueco entre el cuello y el hombro de su amante. Los fluidos que producía su especie durante la unión, se desataron, fluyendo hacia las venas de Enrique.

Enrique colapsó sobre él. Braze acunó al pequeño hombre en sus brazos, mientras su pene ahora flácido salía de la calidez del cuerpo de su amante.

Un suave ronquido llegó a sus oídos y sonrió. Había agotado a su pareja. Había sido un largo día para ambos.

Esperaba que Ember hubiera llegado bien a casa. Él realmente le había hecho un favor. Tendría que hablar largo y tendido con Flame y ver qué lograba. Pero eso sería otro día. Por ahora, podía dormir con la certeza de saber que tenía a su pareja entre sus brazos y todo estaba bien en el mundo. Varitas parlantes, brujos diabólicos, torres hechizadas y todo eso. ¿Quién necesitaba una hada madrina?

Blaze cerró los ojos y se dejó llevar. El mañana llegaría demasiado pronto y él no podía esperar para mostrarle a Enrique el mundo fuera de su jaula.

Tenía tanto que aprender y Blaze no podía esperar.

***

Glenda descansaba en las manos de Marabell, feliz de estar en casa.

—Veo que nuestros encargados están sanos y salvos —dijo Marabell.

—Sí, señora. Eres una hada madrina estupenda. Jamás hubiera puesto a esos dos como pareja.

—Ah, eso no es nada. Espera hasta que veas lo que tengo reservado para Flame y Ember.

—No puedo esperar. Eres deliciosamente malvada y me alegra que estemos en el mismo equipo.

Marabell le guiñó un ojo y la escena de dos amantes se fue desvaneciendo hasta quedar completamente a oscuras. Era un día como otro cualquiera para ellas. Felices para siempre, era el final perfecto.

©Derechos reservados Jambrea Jo Jones
Noviembre 2010
JambiLand Publishing
Arte en la portada de Valerie Tibbs
Editado por J.R. Patrick

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8 thoughts on “Érase una vez un dragón

  1. Me ha encantado la historia. Muchas gracias por facilitarnos su lectura.
    Besitos….

  2. Maravillosa traduccion y trabajo… Gracias por escoger tan bella historia….. Felices Fiestas….

  3. Nos alegra que te gustara. Para leer las nuevas traducciones e historias originales, además de los nuevos números de Yaoi Niwa, visita nuestro nuevo sitio http://www.estudiolay.com (sí, sin wordpress en la dirección). ¡Feliz 2014!

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