Bi-curious por Freya Karstein

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Bicurious

Por Freya Karstein

 1

Horace estaba preocupado, mentalmente repasó todo lo que había leído en Internet. Había sido mucha información y la mayoría de ella confusa. Lo único que le quedaba en claro al final era que, llenando una encuesta de una revista online sobre tendencias sexuales, la pantalla le había arrojado que era “bicurioso”.

En cierta medida, eso había sido un golpe. Esperaba que todo le dijera que sólo era una etapa y que con tanta pornografía como había en todos lados, modelos de ropa interior y amigos sexies, era algo pasajeramente normal y que su vida con Clarice sería firme después de esa etapa de locura temporal.

Y sin embargo ahí estaba, sentado en una silla de GAP, dándole a su IPhone, tratando de distraerse mientras Clarice y Sophie terminaban con sus compras de verano. Eso sólo lo ponía más nervioso, era el viaje anual de amigos desde la universidad que hacían en esa época.

Sería un viaje de carretera hasta LA. Uno largo, por lo que estarían saliendo de Boston muy temprano ese lunes en la mañana.

Un vaso desechable repleto de té fue puesto frente a su cara. Con algo de temor miró a quien se lo extendía, en serio, hizo todo el esfuerzo posible para no tragar con fuerza mientras trataba de sonreírle en agradecimiento a Cecil. Su pesadilla.

Cuando su amigo se sentó a su lado, soltó un ruidito nervioso.

—¿Qué? —Los ojos castaños le sonrieron apenas con unas arruguitas al lado de los ojos, mostrando también sus dientes. Ese gesto cálido que lo distinguía tanto.

—Sólo pensaba en algo que leí anoche… —Obviamente no le iba a hablar acerca de sus tendencias, o sus supuestas tendencias, si es que las fuentes de Internet eran confiables.

—Sí, claro, sé que pensabas en alguna banalidad para el verano, cómo la dieta de la zanahoria, o la intensidad del bloqueador solar, o los colores de moda.

Horace se quedó con la boca abierta. Un leve frío se le asentó en el estómago y se fijó en cosas sobre sí mismo, como por ejemplo que sus muñecas no estuvieran en un ángulo extraño o que sus piernas estuvieran cruzadas sobre la rodilla. No, nada de eso, tal vez sólo el té de jazmín delataba que algo raro ocurría con él, y bueno, sus gustos. —Eso me hace ver gay.

Cecil miró hacia el frente y hacia abajo un momento, y luego dio un sorbo a su café. —Nunca lo había pensado, pero sí. —Rió y le dio un codazo. —Aunque todos sabemos que es culpa de Clarice, siempre ha sido así de monotemática con esas cosas, y ya que ustedes prácticamente viven juntos, era obvio que te pusiera en esa onda metro.

—Lo metro ya no está tan de moda. —Bufó y luego se arrepintió de haber dicho eso. Intentó apurar su té sin quemarse. —Sólo estaba pensando en que nuestros padres debieron ser amigos, los tres tenemos los nombres más feos que pudieras imaginar.

—No le veo nada de malo a Horace. Me gusta.

Bien, eso agitó algo extraño en los intestinos de Horace y trató de no recordar esa escena de Cecil que le había llevado a la confusión y a buscar en Internet. —Creo que entre tú y Linus, él ha sido el más afectado por las decisiones de nuestros padres.

Ambos hombres rieron suave y perversamente.

Luego de eso, imperó el silencio mientras los dos apuraron sus bebidas. Horace trató de quitarse cualquier pensamiento homosexual de la cabeza.

—¿Sabes que reemplazó a los hombres metro? —¡Demonios, eso no era lo que quería decir!, y ya se había ganado toda la atención de su amigo—. Los hombres bicuriosos —murmuró y decidió que si era macho de verdad, debía mantener la mirada fija en su amigo. Cecil levantó una ceja con curiosidad.

—¿Cómo bisexual?

—No tanto así, es más bien que siente curiosidad sobre, bueno, ambos géneros.

Y luego ambos se quedaron pensando y Horace cayó en cuenta de que tal vez había aceptado algo que no venía a cuento, algo que tal vez sólo era una etapa o pura curiosidad sobre la curiosidad. Y no, no quería pensar en lo que aún le provocaba esa escena de la primavera cuando Cecil salió húmedo y sólo con una toalla del baño del gimnasio.

Pero Horace no iba a gruñir, como hacía siempre que lo recordaba.

—Muchas cosas van a cambiar este año. —Su voz salió como en un suspiro. Cecil lo miró, a veces Horace era increíblemente perceptivo y eso lo hacía sentir mejor, era como si él pensara y sintiera por los dos.

—¿Lo dices porque Linus y Vanessa se van a NY? —El rubio asintió mirando aún seriamente hacia abajo, al lujoso piso de madera del almacén.

—Por eso mismo, voy a revivir mi Chevy para este viaje. —Le puso la mano en la pierna y se la apretó un poquito buscando distraerlo, los ojos de miel fueron consumidos por un momento por las pupilas. Cecil sintió algo extraño, fue como un exceso de dulzura en lo alto del estómago, algo muy cercano a la ternura, o a lo que sentía cuando su gata lo miraba directo a los ojos.

—¿Tienes la ruta trazada?

Horace sintió alivio por el cambio de tema y fingió tomarse lo que debía quedar de té aún. —La 95 y desde Raleigh buscamos la 40 de ahí paramos en Nashville…

—Folclórico, ¿eh?

—Cliché —bufó el rubio—. Oklahoma City y de ahí hasta Cali, después creo que la 5 nos lleva a LA y llegamos.

—Siempre he querido ir a Santa Fe.

Horace negó con la cabeza mientras trataba de encestar con su desechable en la caneca más cercana. —Tendríamos que desviarnos por la 25 y luego bajar de nuevo para retomar la 40.

—Tal vez no todos estén de acuerdo con eso.

—No si las chicas quieren esa noche loca en Las vegas, en ese caso podríamos llegar a LA por la 15.

—Lo has planeado todo muy bien ¿eh? Por algo eres el estratega del grupo. —Volvió a apretar su rodilla y Horace se preguntó cuál era el límite entre un gesto afectuoso de amistad y otro de cariño, del tipo romántico.

Sin embargo, Cecil se levantó y dio un paso atrás. Subiendo la mirada, Horace vio por qué. Clarice y Sophie venían con un exceso de ropa en los brazos y alcanzó a ver un par de prendas a cuadros. ¡No, otra vez no! A veces sus novias pensaban que eran alguna clase de muñecos Kent y los hacían casi desnudarse delante de todos.

Bien, desnudarse no estaría mal con el calor del mes, no que lo sintiera en el local, pero cuando salía a la calle ya sentía ganas de ir corriendo por ahí en ropa interior. Cecil bufó y al verlo se le ocurrió que no sería mala idea salir corriendo en ropa interior con su mejor amigo al lado.

Bueno, mejor amigo, técnicamente no. Su mejor amigo era Linus, pero también era el mejor amigo de Cecil. Así que por asociación serían los segundos mejores amigos. Relaciones; algo en lo que Clarice también era experta.

Su novia le sonrió con esas hermosas mejillas llenas de suaves pecas que delataban su original cabello rojizo ahora negro. Lo empujó en una cabina y le pasó un par de prendas. —¿Preciosa, estás planeando violarme en el vestidor como en ese comercial? —Una risa profunda retumbó en el pasillo de madera y Sophie pareció castigar a Cecil con una palmada y luego un golpe en la puerta.

Horace miró las prendas y dedujo que eran camisas y pantalones a la rodilla. Bien, mejor darle prisa al mal paso. Se quitó la ropa y se puso la camisa, era suave y de tejido muy delgado. Y los cuadros le gustaban, era un maniaco cuadriculado. Rio con ganas mirándose al espejo.

—No sé por qué el alboroto, a mí que me dejen usar los jeans rotos de la especialización y unas chanclas y estaré bien.

Los ojos de miel de Horace se encontraron con los cafés de Cecil quien se había subido en la banca de madera de su cubículo y lo miraba. Sintió que sus ojos se estrecharon en apreciación. En unas semanas, Cecil estaría de nuevo bronceado y esos hombros pálidos se verían… bueno, se verían como esa vez en el gimnasio.

Tarde se acordó de poner sus manos sobre sus genitales, no fuera a tener una reacción embarazosa e innecesaria frente a su amigo.

—¿Por qué Linus no vino? —Fue consciente de su voz de hilo.

—¿Por qué si no es Armani, Vanessa no compra?

—Y si no es en TriBeCa, Vanessa no vive en Nueva York —terminó la conocida frase grupal. Era una burla para lo metódica que era Vanessa Wilkins, y aun así la describía perfectamente. Aunque ahí no había rencor, era sólo que así funcionaba ella, y para todos estaba bien. Linus estaba feliz de vivir con su prometida un tiempo, lejos de El Senador, para probar como iba a ser aquello del matrimonio.

—Lárgate, ¿quieres? —rezongó Horace mientras le daba la espalda y Cecil rio.

—¿Tu pedido de que me vaya es mostrarme tu trasero? —Ahora Horace se puso una mano en la parte de atrás de la prenda algodón.

—¡Pervertido!

Alguien se descolgó por la pared del otro cubículo y el rubio se puso rápidamente el pantalón corto. —¿Recuerdas ese viejo comercial donde dos se comen a besos en un vestidor?

¿Quién iba a negar que a Cecil realmente le gustara hacer de la repetición un punto a tener en cuenta? —¿Recordando cosas?

—¡Nah! Pero siempre he querido intentarlo.

A Horace le pareció que aquello sería muy caliente: Cecil en un vestidor medio desnudo y comiéndose a besos morbosos a… ¿A quién? Por alguna razón, no podía ver a Sophie en su imagen mental. —Tal vez puedas intentarlo en un vestidor de Santa Fe.

—Mi novia no quiere ir allá, y si lo hago, me mataría. —La voz traspasó suavemente la pared y Horace dejó de abotonarse el pantalón de verano.

—¿Serías capaz de meterle cuernos a Sophie? —De nuevo alguien se trepó desde el otro lado.

—Estoy en un punto de mi vida en que me siento curioso sobre muchas cosas. Incluso sobre si puedo ser tan estable como Linus… o como tú.

Horace volvió a mirarlo con la boca abierta y la cerró de pronto. Aquello era una noticia de las grandes. Ahora, si pudiera hablar con Cecil de que él también parecía ser curioso sobre algunas cosas que nunca antes había pensado… No, mejor no, porque su principal objeto de curiosidad era precisamente su amigo.

Y Cecil sintió que había revelado demasiado. Volvió a bajarse del banco para vestirse de una buena vez. Por alguna razón la cara de Horace, con esa expresión, seguía produciéndole algo dulce y fastidioso en el píloro. Y quería que su amigo le dijera “¡Oye! ¿De qué hablas? ¡Soy tan inestable como tú, hermano!”

—Bueno, Linus es Linus, es duro como su abuelo. Es todo un abogado de Harvard, digo yo.

Cecil sonrió al escuchar la vocecita de Horace.

—¿Quieres decir que nosotros no parecemos ser abogados de Harvard?

Hubo un largo momento de silencio y luego un gemido de Horace. Uno muy suave y Cecil se subió de nuevo al banco como si lo impulsara un resorte. Todo curiosidad. Su amigo estaba ruborizado y se mordía el labio inferior. Sus mejillas y labios tan rojos hacían contraste con ese cabello claro que apenas se declinaba por el castaño.

Él no se dio cuenta de los movimientos de Cecil. —Me refiero a que todos no lideramos el departamento de fusiones y adquisiciones de una importante firma en pleno Wall Street.

—Pero creo que como vamos, estamos bien —protestó Cecil y Horace levantó su mirada, aún con cara de estar siendo torturado. —Te hiciste un nudo con la cremallera, ¿no?

Antes de que Horace pudiera protestar, su amigo estaba abriendo su puerta y pasando a la de él. La destrabó después de escuchar que Sophie y Clarice soltaban una carcajada afuera, muy afuera del pasillo de los vestidores.

En dos segundos, el castaño se había agachado frente al rubio y trataba de sacar la tela de los pantaloncillos de la cremallera GAP sin tocar más allá de lo debido.

El problema era que Horace no sabía si quería que Cecil lo tocara. Decidió quedarse quieto y morderse los labios. Perversamente, su mente le sugirió que era momento de saber si era o no bicurioso… u homosexual latente.

Sus ojos miraron hacia abajo, hacia el cabello liso y a la moda de su amigo y sus manos tuvieron de pronto el impulso de pasarse por ahí. Si sólo se humedeciera un poquito, podría sentir el aliento del castaño en un lugar que estaba siendo tentado por los suaves toques y la imaginación.

Cecil se sobresaltó cuando estuvo a punto de tocar al rubio en un lugar que no debía. Cuando impaciente pensó en que era Clarice quien debía ocuparse de eso, un aroma íntimo, tan propio de Horace, le llegó a la nariz y su adrenalina empezó a correr a una velocidad increíble. Se sintió culpable y levantó los ojos hacia su amigo, quien lo miraba fijamente.

Parecieron horas en esa posición, cuando la puerta se abrió.

—Bueno, cualquiera malinterpretaría esto. Menos mal que algunas de las chicas no han venido o tendríamos fiesta para rato. —Ambos voltearon a ver al mismo lugar al mismo tiempo, bien conscientes de su cara de culpabilidad. Linus y sus casi dos metros de altura (y de anchura) venían a salvar el día, apoyado en la puerta del vestidor y con una sonrisa socarrona en los labios—. ¿Puedo?

Los dos hombres asintieron en silencio y a trancazos Cecil se apartó, luego Linus le guiñó un ojo a Horace. —Que quede Cecil como testigo, esto no es acoso sexual. —Metió su índice por la cintura del pantaloncillo de algodón del rubio y lo aseguró desde afuera con su pulgar. Hizo la misma prensa en la cremallera y mientras la halaba hacia afuera, haló la prenda de algodón hacia arriba en fuertes movimientos que agitaron el cuerpo completo de Horace, haciéndolo gemir de incomodidad.

Cecil dio un paso adelante en el estrecho espacio, listo para reclamarle a Linus por si lo había lastimado, pero al segundo se recriminó su tonta actitud. Luego su otro rubio amigo se retiró con una sonrisa de oreja a oreja, mirando justo a un pequeño rasgón en la ropa interior que a Horace nunca se le ocurrió cubrir.

—¿Le contaste tu fantasía del vestidor? —Miró divertido pero acusando a Cecil. Y luego le dio una palmadita en el hombro a Horace. —Lo sé, porque seguro que este demente de acá estaba imaginando cochinadas y andaba levantando cabeza. Eso no se hace con cremalleras de amigos muchachos… o sin ropa interior.

—Eres el tercero que me manda al demonio por eso hoy. —Sonrió el castaño y se sentó en el banco, sus ojos concentrados en el minúsculo rasgón en la prenda frente a él.

—Sophie, Horace y ahora yo. Realmente parece que tuvieras quince aún.

Horace bufó incrédulo y les dio la espalda. —Me sofoco. Largo— susurró, y a Cecil le pareció adorable. En un estilo masculino. Bien, generalmente él no creía que los hombres fuesen adorables. Sus ojos se agrandaron mientras salía de allí y sin querer vio a Linus con pánico. El idiota seguía sonriendo, y ahora tenía el descaro de levantarle las cejas.

—Quita esa cara, pareces un viejo sucio.

—¿El sucio soy yo? Lo que digas amigo, voy a buscar a las muchachas.

Después de eso, Cecil no se probó más ropa, y decidió que no debía montarse más en el banco para incomodar a Horace. Decidió llevar lo que tenía a mano y salió como un rayo del pasillo medio oscuro y alfombrado.

Continuará

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