En la fiesta

En la Fiesta

por Mary Calmes

Traducido por Lady Sade

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Como de costumbre, estaba trabajando en la cocina y mientras me hallaba delante del fregadero, cantando a coro con Tracie, las muchas copas de vino que me había tomado a lo largo del día, por fin, se me habían subido a la cabeza. Le estaba contando la falta de química con mi cita de la noche anterior, y ella estaba intentando convencerme de que me acostara con el hombre de todas formas.

—Pero ni siquiera besarle fue bueno —le recordé.

— ¿A quién no fue bueno besar?

Miré por encima de mi hombro y encontré a mi ex, el indiscutible amor de mi vida, Franck Cross, acercándose a mí.

—Hola. —Sonreí de oreja a oreja—. Pensaba que te habías marchado.

La fiesta de vuelta a casa del hermano de Tracie había estado en todo su apogeo prácticamente todo el día, y finalmente había decaído después de las ocho de aquella noche. Más y más gente había empezado a marcharse con cuentagotas.

—No. —Fue lo único que dijo, cogiendo el trapo de los platos de manos de Tracie y uniéndose a mí en el fregadero.

De repente, me dio el hipo y entonces sonreí.

—Sí —refunfuñó—. Te vi beber.

—¿Lo hiciste?

Él asintió, sus ojos azul oscuro fijos en los míos.

Contuve la respiración.

—Tienes muy buen aspecto, Dalvon.

Estaba intentando que me diera un ataque al corazón.

—¿Sí?

—Jesús —gimió.

—¿Qué?

—¿Eres consciente de lo que estás haciendo?

Le estaba mirando fijamente, eso es lo que estaba haciendo.

—Estás ahí de pie, lamiéndote los labios y mirándome de arriba abajo.

¿Lo estaba? La respuesta era sí, puesto que ahora mis ojos estaban fijos en su abdomen… Un abdomen que yo sabía que venía con marcados músculos y una apreciable línea de vello que conducía abajo hacia… Ay, demonios.

—¿Dal?

—Vino —dije como explicación—. Ya nos conoces a mí y al vino tinto, Frank. ¿Recuerdas la boda de tu prima Joanna?

Su mirada se volvió completamente líquida, y recordé cómo le había atacado en la recepción después de cinco copas de Merlot y cómo le había arrastrado dentro del guardarropa para que él pudiera ponerme contra la pared utilizando solo saliva para facilitar su acceso. El bramido que dejé escapar cuando llegué al orgasmo hizo que su madre corriera a ver qué pasaba. No fue uno de mis mejores momentos.

—Mal ejemplo. —Solté una risita, pero esta terminó en un profundo y tembloroso suspiro mientras levantaba la vista hacia él. Estaba abrumado por el calor solo con mirar al hombre.

Observé cómo sus ojos se suavizaban, vi curvarse la comisura de sus labios, y sentí su mano en la parte baja de mi espalda mientras me atraía hacia él.

Por nada en el mundo podría haber detenido el escalofrío que se deslizó a través de mí. Mi reacción hacia Frank era siempre la misma. La pulsación de necesidad serpenteó despacio a través de mí, mi respiración quedó atrapada en mi pecho, y la anticipación hizo revolotear mi estómago.

—¿Estás bien? —preguntó suavemente, enroscando un mechón de pelo alrededor de mi oreja.

Eso era malo.

—Porque pareces un poco ruborizado. —Su aliento rozó mi cara.

No podía desearle… O más bien, podía desearle pero no podía tenerle. No éramos buenos el uno para el otro.

—Cielo. —Me inhaló.

El sexo nunca fue nuestro problema, el resto sí.

—¿Crees que quizás necesites algo?

Aguanté la respiración.

—¿Amor?

¿Amor? Él acababa de llamarme…

—Nene —suspiró.

—Para ya —resoplé, empujándole y volviendo al fregadero, concentrándome en los platos, deseando que mi ruborizado cuerpo se calmara de una puñetera vez. ¡Este era Frank, el que me gritaba! ¡Frank, el que me mataba con sus fríos silencios! ¡Frank, el que no se abriría ni con una palanca! Estaba mejor lejos de él, donde no le decepcionaría, y él estaba mejor apartado de mí, de forma que no tuviera que estar a la altura de mis locas expectativas sobre lo que era un marido, una pareja perfecta.

—Estoy bien.

—Dal —dijo con esa profunda y resonante voz suya—, no estás bien.

—¿Por qué no vas a ver qué hace Mike? —sugerí esperanzado.

Sus dedos rozaron el lateral de mi cuello y bajaron hacia mi clavícula.

—Creo que me quedaré aquí.

Me mordí el labio. El dolor me traería de vuelta a la realidad.

—¿A quién estuviste besando?

—¿Qué?

—¿A quién —enunció la palabra— besaste?

—Tuve una cita la pasada noche. —solté.

—Ah, sí. Entonces, ¿cómo fue? —preguntó, sus dedos acariciando mi garganta.

—No es asunto tuyo —espeté, dando otro paso lejos de él—. Y necesitas marcharte.

—¿Por qué? —se burló de mí, su sonrisa maléfica, sus ojos estrechándose.

¿Sabía él cuán desesperadamente deseaba estar debajo de él?

Se inclinó más cerca, su voz baja y ronca.

—Estás temblando.

¿Lo estaba?

—Vete —le ordené.

—¿Por qué haría eso?

Él era tan petulante porque sabía que le deseaba, él siempre lo sabía.

—Porque me odias y yo te odio.

—Solo te odio cuando eres irracional. —Sonrió con suficiencia—. Lo que sucede la mayor parte del maldito tiempo.

Dolía que él pudiera ser tan simplista, y odiaba que lo hiciera, que todavía me afectara. Pero no me derrumbaría delante de él. Tomé una profunda respiración, me di la vuelta y me dirigí a la puerta trasera. Me dolía el corazón, estaba temblando, y sentía como si mi estómago estuviera de repente vacío. No me di cuenta de que él estaba justo detrás de mí hasta que apenas abrí la puerta solo para que quedara cerrada de un portazo.

—Déjame en paz —apenas solté, mi mano todavía en el pomo, el nudo en mi garganta, doloroso, mientras luchaba con fuerza para mantener mis lágrimas a raya. Beber había sido un error.

El calor emanaba de su cuerpo; lo sentí parado tan cerca de él como lo estaba en esos momentos.

—Frank, por favor, solo…

—Me hiciste decir semejante sarta de mierda.

Me di la vuelta y le encaré, y me di cuenta de que estaba incluso más cerca de lo que había pensado.

—¿Yo?

Él gruñó.

—¿Te hago decir estupideces?

Empujó la puerta, dejando caer su mano de donde estaba apoyada, y se acercó más a mí, cogiendo mi cara en sus manos e inclinándola hacia arriba de forma que mis ojos no tuvieran lugar a donde ir excepto a los suyos. Todo lo que podía ver era azul.

—Sí, me vuelves loco.

Sentí como si fuera a romperme en mil pedazos.

—Nene —exhaló, su respiración cálida sobre mi cara antes de que se inclinara y yo me levantara al mismo tiempo. Mis manos estaban en su cadera cuando sus labios tocaron los míos. Lo sentí hasta en los dedos de los pies, aquel beso, posesivo y rudo y lleno de necesidad.

—Es todo o nada, lo sabes. —Escuché en un suave gruñido mientras, finalmente, él se apartaba, tensando sus brazos solo un poco de forma que yo supiera que él aún me tenía.

De repente, él se puso borroso.

—Cabrón —susurré mientras él apoyaba su frente contra la mía—. Solo quiero acostarme contigo.

Él gruñó y pude oír cuan complacido estaba.

—Lo siento, tienes que quedarte conmigo si me meto en tu cama.

—Eso no es lo que tú quieres —murmuré.

—Por todos los demonios, claro que sí —dijo suavemente.

Eché la cabeza hacia arriba, de modo que pudiera ver su cara.

—¿De verdad quieres que lo intentemos otra vez?

—Sí.

En aquel momento los dos nos dimos cuenta de que Tracie todavía estaba en la habitación, porque sollozó ruidosamente detrás de nosotros, y cuando nos giramos para mirarla, las lágrimas caían a raudales por su cara, la sonrisa que nos dedicaba, radiante.

—Ay, Dios mío —gritó—. Chicos, estáis hechos el uno para el otro.

Puse los ojos en blanco, pero cuando me giré hacia Frank, su sonrisa era absolutamente traviesa.

—Vamos —dije, retorciéndome para liberarme.

—Joder, no.

—Entonces ven a casa, conmigo —gimoteé, el deseo creciendo dentro de mí—. Por favor.

—Conoces el trato —dijo y mientras su sonrisa era juguetona, sus ojos eran mortalmente serios. Me quería de vuelta, y yo estaba tan harto de rehusar que ansiaba la misma maldita cosa—. ¿Me quieres o no? —él estaba a la defensiva y tenso, preocupado por mi respuesta.

—Por supuesto que te quiero. ¿Cuándo no?

El suspiro de alivio me dijo cuán complacido estaba.

—Ahora, por favor, ¿vendrás a casa conmigo y te meterás en mi cama?

Él se rió entre dientes antes de que sus labios se abrieran sobre un lado de mi cuello.

—Sí, lo haré.

El sonoro aplauso tras de mí fue una sorpresa; junto a Tracie teníamos una complacida y entusiasta audiencia.

© Dreamspinner Newsletter October 2012

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