Marioneta de Hendelie

Disfruten nuestro segundo regalo de 3er aniversario de ELAY para ustedes.

 

Os presentamos un nuevo concepto de historia. Bueno, no tan nuevo, en realidad. En Marionetas, el Amor, la Muerte y el Azar han decidido jugar para ver quién de los tres tiene más poder sobre los hombres. Para ello han elegido a Evan, un joven de veintidós años cuya vida deja mucho que desear. Tentándole de diferentes modos, Azar, Amor y Muerte intentarán demostrar quién es el más fuerte a la hora de influir a los seres humanos, pero Evan no estará solo en este duro camino como peón zarandeado por las fuerzas superiores que rigen el mundo. VOSOTROS tenéis que ayudarle a tomar decisiones, desde las más sencillas a las más trascendentales. ¿Y cómo lo hacemos?, os preguntaréis. Muy fácil, al final de cada capítulo se os darán dos o más opciones a escoger (empezaremos con una sencillita). Una vez elijáis lo que queréis que haga Evan tenéis que votar en nuestra encuesta en la página de Facebook de Yaoi Niwa. Tenéis quince días para votar, y una vez terminado el plazo, nuestra esclava anónima seguirá escribiendo la historia con aquello que vosotros habéis elegido.

¿Qué os parece? ¿Os gusta la idea? ¡Pues vamos allá!

 

marioneta

 

Marionetas

 

Era una agradable tarde de febrero. En el cielo había nubes amarillas pintadas a brochazos, y abajo el tráfico de la ciudad discurría con su habitual congestión. Era la hora en la que los trabajadores volvían a casa, los que tenían suerte y podían salir a las cinco, claro. Desde lo alto de aquel edificio de oficinas, Muerte contemplaba a los hombres y mujeres que caminaban por las calles con aire apático. Les miraba cruzar los pasos de peatones, empujarse a veces, mirar al suelo.

 

—¿No se aburren? —preguntó.

Azar balanceó los pies en el aire. Estaba remendándose un parche de colores en su chaqueta de retales. Miró a su compañero y soltó una risa alegre.

—¿De vivir? Ya te gustaría.

—No seas macabra. Me refiero a si no se aburren de vivir esas vidas en concreto. Levantarse, llevar a los niños a clase, ir a trabajar, trabajar, volver a casa, poner la televisión…

—Ahora tienen Internet. Es mucho más divertido —replicó ella, cruzando y descruzando las piernas y haciendo que se le levantara la falda. Ésta se hinchó como un hongo a causa del viento y luego se desinfló—. Ten en cuenta que para la mayoría de  los humanos, la aventura está bien durante un rato. O por unos días. Pero vivir constantemente una vida inestable no es algo que proporcione felicidad a muchos, sólo a unos cuantos.

—¿Ah, sí? —Muerte le dirigió una mirada inquisitiva—. ¿Y tú por qué sabes tanto?

—Les presto atención —respondió ella, lacónicamente—. Quizá deberías observarles un poco más. En caso de que te interesen, claro.

—Si Muerte les hiciera demasiado caso, tal vez no podría hacer bien su trabajo —intervino Amor—. Le daría pena.

—No pongas palabras en mi boca.

Amor se encogió de hombros y cada cual siguió con sus actividades. Azar, cosiendo una pieza de tela rosa para completar su atuendo multicolor, Muerte, vigilando las calles, Amor, disfrutando del paisaje.

Se conocían desde el inicio de los tiempos, que no es poco. Al principio fueron muy amigos. Se enamoraron unos de otros, hubo romances, celos, dramas, rupturas, distanciamientos. Pero el tiempo todo lo cura, especialmente cuando tienes la eternidad por delante y no hay muchas más posibilidades de interacción con alguien más. Estaban los mortales, sí. Pero relacionarse con los humanos era complicado, traumatizante para ambas partes. Muerte no podía tocarles sin que murieran, a Azar tan pronto la adoraban como la llamaban puta, y al pobre Amor todo el mundo le perseguía. Así que al final se tenían los unos a los otros y poco más, a pesar de sus muchas e insalvables diferencias.

—¿Quién creéis que es más poderoso? —preguntó Azar al cabo de un rato, guardando la aguja y el hilo.

—¿A qué te refieres?

Muerte se sopló el flequillo, que no dejaba de caerle delante de la cara. Durante las décadas anteriores había escogido para manifestarse en la Tierra una estética gótica y siniestra. Pero el pelo cardado nunca le había sentado demasiado bien, y ahora, gracias al Cielo, existían los emos. Ya no tenía que oler a laca todo el día y podía conservar el rímel, el lápiz negro y las sombras de ojos oscuras, además de sus adoradas prendas de cuero y vinilo. Por otra parte, esa nueva tribu urbana o como quisieran llamarla, encajaba mejor con su carácter.

—A nosotros, claro. En esta época, ¿quién de los tres creéis que es más poderoso?

Azar esbozó una sonrisa pícara y sacó un dado de un bolsillo. Amor se rió en voz baja.

—¿Otra vez? Ya jugamos en 1860 y gané yo.

—Bueno, bueno, eso de que ganaste…

—Muerte tiene razón, no está tan claro —le apoyó la chica—. Además, si lo pensáis, nunca lo ha estado. Venga, animaos. Será divertido, y quizá esta vez logremos determinar un vencedor claro.

—¿Y cómo lo hacemos? —quiso saber Muerte.

Azar sonrió.

—Como siempre. Buscamos a alguien apropiado y comprobamos quién de nosotros consigue afectarle más. Pero sin tocar, ¿eh, Muerte?

El chico esbozó una media sonrisa sarcástica.

—¿Estáis seguros? —preguntó Amor.

—¡Pues claro!

Azar parecía entusiasmada, pero Muerte se limitó a encogerse de hombros con cara de resignación. Amor se ajustó los guantes de lana y luego asintió.

 

—De acuerdo. Pero intentad no montar demasiado… —Mientras hablaba, sus dos compañeros ya se habían dejado caer desde lo alto del edificio. Suspiró con cansada resignación—. Demasiado escándalo.

Azar parecía un globo de colores, descendiendo lentamente desde las alturas como Mary Poppins. Muerte era una especie de Eduardo Manostijeras con el pelo aplastado que caía en picado, de cabeza. Amor sonrió con afecto y luego saltó. Él era menos excéntrico que sus dos compañeros y vigilaba más por su propia seguridad. Aunque procuraba caer siempre de pie, normalmente era quien más daño se hacía.

 

. . .

 

Evan caminaba a buen paso. Tenía la mirada clavada en el suelo y se concentraba en la música que brotaba de los auriculares, procedente de su mp3. Intentaba no pensar en nada. No pensar en esos hijos de puta, más concretamente, pero no podía evitarlo. Sacó la mano del bolsillo para subir el volumen, pero no ayudó.

Odiaba el mes de febrero. Odiaba San Valentín. Odiaba aquella ciudad, su familia y su trabajo, y sobre todo, odiaba a la gente. La gente siempre era desagradable con él. Sabía por qué, desde luego. Él era una de esas personas de mirada huidiza, hombros caídos y físico mejorable, cuyo aspecto general iba aireando su falta de autoestima públicamente. Una diana con patas para todos los que necesitaban reafirmarse. Lo comprendía, claro. No hay mejor manera de reafirmarse que pisoteando a un nerd. Pero Evan ya estaba harto; no había sobrevivid

 

o a una infancia insoportable y a una adolescencia infernal llena de granos, gallos y abusos escolares para ahora insertarse en el mundo laboral y encontrarse con más de lo mismo. ¡Era tan injusto! Siempre había creído que, si dedicaba todos sus esfuerzos a los estudios y triunfaba en una carrera técnica, el día de mañana podría mirar por encima del hombro a esos bastardos cabrones que le habían hecho la vida imposible desde el parvulario hasta la Universidad. Nadie le había dicho que esos bastardos —no los mismos, sino distintos individuos pero de la misma especie— estarían también ahí. En puestos inferiores, sí. Pero a pesar de todo, puteándole, igual que siempre. ¿Por qué? ¿Por qué tenía que ser así? ¿Qué había hecho él, cual era su gran delito?

No había derecho. Tenía sólo veintidós años y su cómputo de humillaciones ya estaba lo suficientemente lleno como para traumatizarle durante tres o cuatro vidas.

«Ni que fuera culpa mía», se iba diciendo. «A mí tampoco me gusta como soy, pero me gusta aún menos como son ellos. Y yo no les puteo. Bueno, tampoco puedo… soy un cobarde. En el fondo me lo tengo merecido.»

No, no se lo tenía merecido. Se corrigió mentalmente, flagelándose por pensar así, y tuvo que frenar en seco, pues iba tan inmerso en sus propios pensamientos que a punto estuvo de cruzar un semáforo en rojo. Dos coches le pitaron. Él alzó la mirada, asustado, y pidió perdón con un gesto, retrocediendo a toda prisa. Los conductores le miraron con asco y uno de ellos le mostró el dedo corazón.

«Genial». Sólo faltaba que se pusiera a llover.

Evan había estudiado ingeniería de sistemas. Había finalizado la carrera con una mención de honor y había sido contratado de inmediato por una compañía multinacional. Cuando fue a hacer la entrevista de trabajo, su jefe, un hombre engominado, musculoso y con la piel de color naranja por alguna extraña afección —luego descubriría que era por los rayos UVA— le trató con paternalismo y fue todo sonrisas.

—En nuestra empresa, la imagen es muy importante —le dijo— pero no se preocupe. Usted realizará todo su trabajo desde su despacho.

Evan había sonreído dócilmente ante aquel comentario. ¿Qué iba a hacer? Le pareció ver un brillo burlón en los ojos del señor Eisenberg, y supo que ya le habían calado. No importaba lo excelente que fuera en su especialidad, para el resto del personal sería siempre el pardillo. Hablarían de él a sus espaldas, valorarían su trabajo pero lamentarían eternamente que procediera de alguien tan inadaptado socialmente. Se reirían de sus gafas, de su pelo, de su ropa y de sus gestos amanerados. Lo que había ocurrido ese día solo era una constatación de aquello.

El caso es que todo empezó como algo bastante inocente. La chica de los cafés, Susan, era otro de esos bichos raros de la oficina. Vestía con faldas demasiado largas, no sabía combinar los colores y siempre parecía asustada. Las cosas se le caían de las manos con frecuencia. Evan había empatizado con ella de inmediato, y aunque no hablaban mucho, de vez en cuando compartían una sonrisa o un gesto amable. Los bastardos hijos de puta se habían dado cuenta de ello y habían enviado a Evan una supuesta tarjeta de San Valentín firmada por Susan. En ella, la chica se le declaraba con el manido poema sobre rosas rojas y violetas azules, pero a pesar de su torpeza a la hora de expresarse y de que algunos halagos que le dedicaba estaban muy mal escogidos —“Me gusta el brillo de los cristales de tus gafas” no era lo que uno esperaba en una tarjeta de San Valentín, ni siquiera Evan— a él le enterneció. Y le enterneció lo suficiente como para enviarle una tarjeta en respuesta. Craso error. La chica se mostró confundida. Después, el imbécil, desgraciado, cabrón de mierda de Martin Stevens agarró la tarjeta y empezó a leerla en alto. No sólo le pusieron en ridículo a él, sino que además, hirieron a la pobre Susan, que salió corriendo avergonzada. Cuando él la persiguió hasta los baños para intentar explicarse, la muchacha se volvió hacia él, dolida.

—¡Déjame en paz! ¡Soy lesbiana!

Eso sólo empeoró las cosas. Las carcajadas aumentaron de tono.

En ese momento, Evan, desolado, volvió a su despacho y no salió de él en todo el día. Pero la sensación de vacío, de no ser nada, de no tener valor humano alguno, fue poco a poco sustituida por una rabia sorda. Y en aquel momento, cuando el semáforo se ponía en verde y cruzaba, esta vez sí, el paso de peatones, empujado un par de veces por algunos transeúntes que parecían no verle siquiera, cientos de emociones confusas y virulentas le hervían por dentro. «Les demostraré que conmigo no se juega», iba pensando. Las ideas más alocadas se aturullaron en su imaginación, algunas tomando formas que le asustaban a él mismo.

Evan, no obstante, no era más que un humano mortal cualquiera. No podía, por lo tanto, ver a las tres figuras que caminaban a su lado. Ellas sí podían verle, por fuera y por dentro, y dos de ellos parecían divertirse mucho con sus tribulaciones.

—Es perfecto, ¿no os parece? —comentó Azar, observando a Evan como si fuera un ejemplar de feria. Le sopló el pelo y se rió por lo bajo—. Seguro que reacciona bien a cualquiera de nosotros.

—Además, está en su punto. Ahora mismo está planteándose comprar un arma —se jactó Muerte—. Me parece que éste va a darme el triunfo.

—Todos te dan el triunfo, antes o después —se rió Amor, que no obstante, no parecía disfrutar con el sufrimiento de Evan—. Lo importante es saber a cual de nosotros otorga más poder en este momento de su vida. ¿Quieres empezar tú, Azar?

—Claro. Veamos qué se desencadena. Recordad, nada de trampas, ¿eh?

—Y lo dices tú —masculló Muerte, hundiendo las manos en los bolsillos.

La chica rió traviesamente. Luego sacó un dado de veinte caras de su bolsillo y lo arrojó al aire. El dado se elevó y golpeó a un gorrión en pleno vuelo, luego cayó sobre la mano de Azar, que mostró el número quince. El gorrión inconsciente se precipitó en un callejón. Un gato hambriento surgió de un salto entre dos cubos de basura para precipitarse sobre la presa, volcando uno de ellos, que rodó hasta la acera contigua. Un hombre trajeado que hablaba por el móvil se detuvo en seco para esquivarlo e hizo tropezar a una señora con una bolsa de naranjas entre los brazos. Tres de ellas se escaparon de la bolsa y rodaron calle abajo. Un tipo que corría para llegar a tiempo al autobús resbaló con una de ellas y cayó de espaldas. Una chica soltó el panfleto que un seminarista estaba mostrándole para ir en ayuda del hombre caído. El panfleto voló en el aire y golpeó en la cara a un chico que jugaba con una pelota de béisbol contra una pared. La pelota rebotó en el muro y, mientras el chico se quitaba el papel de la cara, salió despedida en la dirección contraria, pasándole cerca del hombro sin que éste la atrapara.

Fue a dar directamente en el hombro de Evan, que pensaba ensimismado en todos los cambios que haría en su vida para demostrar que no era ningún pardillo. Al recibir el golpe, se volvió hacia la derecha. Recogió la pelota del suelo mientras el chaval se le acercaba.

—Ten. Y ten más cuidado la próxima vez.

—Sí, señor. Perdone.

El chico se marchó por un callejón cercano. Y entonces, Evan, que le estaba siguiendo con la mirada, vio el cartel. Era un cartel que, en cualquier otra circunstancia, difícilmente hubiera llegado a ver, porque siempre caminaba con la cabeza gacha. Tampoco habría llamado su atención. Se trataba de un rótulo bastante pequeño sobre la puerta de un reducido comercio. Lo leyó:

 

El Averno — Tatuajes. Piercings. Dilataciones. Arte corporal.

 

Más adelante había una tienda de artículos de caza que también tenía un aspecto bastante llamativo:

 El Venado Enredado— Escopetas y trampas. Artículos cinegéticos.

 

«Eso es.» La idea se iluminó en su mente como un relámpago. «Es el mejor modo de empezar. Me haré un tatuaje. Algo amenazador, fuerte, terrible. Algo que me de fuerzas para… para todo lo demás.» Cambiar de ropa, de estilo de vida, cambiar de forma de actuar y demostrar a los bastardos que era capaz de pararles los pies. Nadie más volvería a reírse de él. ¿Quién querría reírse de alguien que lleva tatuada en el hombro una serpiente en llamas?

«Aunque también puedo ir y comprar una escopeta de caza y…» Su mente se llenó de imágenes sangrientas. Se asustó de sí mismo, pero después, pensando con frialdad, admitió que quizá poseer un arma le podría venir bien. Para defensa propia. Y para sentirse más seguro de sí mismo.

Indeciso, contempló los dos carteles durante un rato.

–CONTINUARÁ–

 

 

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