Tragos y sueños

CAPÍTULO 1

Cada dos semanas, como un reloj, puedo anticipar que mi último cliente del día será el reservado y fuerte Ronan Dury. Casi nunca pronuncia palabra cuando entra al cuarto, relajándose en la atmósfera suave y cálida que el spa provee a sus clientes. A menudo me pregunto qué clase de trabajo realiza que ata sus músculos en tensos nudos, pero reconociendo instintivamente que una charla no ayudaría a que disfrutara de su masaje, mantenía mis preguntas y pensamientos en mi mente. En los tres años que llevaba siendo masajista a tiempo completo, había aprendido a leer el lenguaje corporal y las expresiones faciales de los hombres que había conocido tan bien como cualquier psicólogo o barman. La mayor parte del tiempo su expresión era retraída y cerrada, pero en esta ocasión, me encontré incapaz de ignorarlo y dedicarme sólo a trabajar en su espalda. En esta tarde, mi cliente parecía a punto de gritar o llorar, y antes de que pudiera detenerme, le hablé.

–Señor, ¿se encuentra bien? ¿Acaso algún músculo le está causando problemas? –yo y mi bocaza. De inmediato, me arrepentí de haber dejado escapar mis pensamientos. Algunas veces mi monólogo íntimo se libera y hablo antes de pensar las cosas a fondo. Era un rasgo de mi personalidad con el que había trabajado duro para superar como adulto, pero hoy mi boca estaba determinada a escaparse de su correa.

La expresión en el rostro de Ronan me asombró; casi parecía como si se hubiera olvidado completamente dónde estaba y se preguntara qué se suponía que estuviera haciendo. Recuperó visiblemente su compostura y después pronunció la primera oración que escuchaba de él.

–Perdí a mi madre esta semana –dijo en voz baja y ronca.

Sentí el consabido estremecimiento ascender mi columna vertebral cuando él habló, pero entonces capté el significado de sus palabras y mi extraña excitación desapareció.

–Lamento tanto escucharlo –y en verdad lo hacía. De inmediato, elevé una rápida oración de agradecimiento por mis hermosas madre y abuela con quienes vivía y a quienes mantenía. En mi familia, habíamos sido bendecidos con genes de longevidad, como mi abuela materna de 89 años me recordaba cada año al soplar una vela más durante su cumpleaños.

–Gracias –Ronan continuó en voz baja.

–He pasado los últimos días limpiando su casa y haciéndome cargo de todos los equipos médicos y demás detalles, así que estoy hecho nudos en más de un sentido.

Mientras trabajaba ocupándome de tantos nudos como podía, físicamente hablando, me preguntaba aún más cuál sería su historia. Sonaba como si estuviera solo, y deseé que tuviera alguien con quien hablar de sus problemas. Parecía estar solo, y si no me equivocaba los nudos en sus músculos se debían a la tensión y la tristeza. El pobre hombre necesitaba alguien que lo ayudara a olvidar sus problemas por varias horas y esperaba que tuviera una chica (¿o chico?) en casa que lo atendiera esta noche. Parecía llevar el peso del mundo en sus hombros, y la expresión meditabunda en su rostro sólo aumentaba a medida que la tensión en su espalda y cuello disminuía debido a mi masaje. Mientras mis manos trabajaban en piloto automático, fantaseaba en ser yo quien se ocupara de todos sus problemas. Después de estarme obligando a ignorar su atractivo durante todo este tiempo, ahora se me hacía imposible. Su corto cabello rubio recortado en un estilo casi militar y su piel bronceada atrapaban la atención de mis sentidos, y ya sabía que tenía hermosos ojos color gris, aunque a menudo los tuviera cerrados cuando estábamos en el cuarto. Está bien, necesitaba tener sexo, lo admito. No me había molestado en salir en tanto tiempo que ya ni recordaba, pero obviamente tenía una seria falta de sexo que remediar esta noche. No debería estar fantaseando con mi cliente en el trabajo; eso era demasiado desagradable según mi sentido de ética. Jamás había utilizado mi trabajo para ligar con hombres y no planificaba comenzar este día. Obligué a mi mente salir de esa ruta sexual, di varios suspiros para relajarme y concentrarme en el último obstinado músculo anudado antes de dejar a Ronan en el silencioso cuarto. La alarma automática de la música se apagaría cuando su hora terminara, así que aún le quedaban algunos momentos de paz antes de que tuviera que moverse.

Después de quitarme el uniforme, decidí llegar hasta el bar más cercano en busca de bebida y entretenimiento. Después de la tranquilidad de mis días laborales, amaba ir a observar a las personas en bares ruidosos, observarlos beber, flirtear y hacer el tonto. Quizá esta noche yo fuera uno de esos tontos, asumiendo que terminara en el bar correcto. Era demasiado cobarde para arriesgarme a ligar con el hombre equivocado, aquel que no estaba interesado; había visto a demasiados amigos recibir una paliza por eso cuando éramos jóvenes. Después de nuestras locuras en los días universitarios, mis amigos de copas se habían mudado, formado familia o comenzado a trabajar lejos de donde habíamos crecido. Sin el respaldo de mis amigos, ya no salía tanto como en el pasado, pero esta noche mi cuerpo hormigueaba inquieto.

En definitiva, necesitaba algo. Gracias a Dios, vivía lo suficientemente cerca del trabajo como para caminar cuando no llovía; además, no me arriesgaría a beber e intentar conducir a casa. Si no me sentía en condiciones de caminar después de mi noche, llegaría en taxi. Llamé a mi madre para dejarle saber que no llegaría a cenar, y me marché.

El aire de la tarde transportaba una insinuación de brisa fría mientras caminaba hacia el centro. Disfruté el olor fresco y verde del florecimiento de la primavera y me recordé que ya era tiempo de cambiar los aceites aromáticos que utilizaba en el trabajo para reflejar el cambio de estación. Después, puse mi filtro mental contra el trabajo. Era mi tiempo para relajarme. Pasaba todo mi tiempo ayudando a otros a hacerlo, pero encontraba difícil apartar mis pensamientos del trabajo al final de la semana. Esta tarde estaba determinado a hacer un esfuerzo, y seleccionar el primer lugar que viera que luciera prometedor. El menú fuera de una puerta indicaba que servían hamburguesas y patatas fritas, podía ver un grupo musical preparándose y una pequeña pista de baile, un bar y asientos en el exterior por si el local se abarrotaba. Parecía el lugar perfecto para mis necesidades. Le pedí a la anfitriona un asiento cerca del bar (el mejor lugar para reírse de los borrachos a medida que la noche cae) y la seguí hasta una pequeña mesa en una de las esquinas. Mientras miraba a mi alrededor, vi que las mesas comenzaban a llenarse con parejas y grupos, riendo y payaseando según liberaban su tensión después de una semana de trabajo. Sonreí para mí mismo mientras observaba a un hombre, que obviamente se creía el donjuán de la oficina, ser derribado y callado con facilidad por la hermosa chica sentada a su lado. Por el mohín en su rostro, debió haber sido un shock para él. Me tomé una cerveza en lo que esperaba mi comida y pedí una segunda a la camarera. Las patatas estaban calientes, la hamburguesa jugosa, y la música no estaba mal para ser un grupo local. Ahora, si tuviera con quien compartir todo esto… Ah, bueno, supongo que no se puede tener todo.

La velada comenzó a hacerse pesada a medida que los borrachos ahogaban al grupo musical, así que agarré mi última cerveza de la noche y me pasé a una de las mesas en el exterior. El pecho se me apretó y se llenó de anhelo por algo que quería pero no estaba seguro de que pudiera tener, al ver las parejas paseando por la calle cogidas de mano. Aún no había conocido al hombre que comprendiera mi necesidad de ser el proveedor de mi madre y abuela; la mayoría no había pasado más allá de la etapa de conocer a mi familia. No entendía por qué a los gay de mi ciudad les aterrorizaban las mujeres; después de todo, ¡todos habían tenido una madre! Al comprender que el alcohol estaba afectando mi estado sentimental, dejé la última cerveza en la mesa y eché a caminar, permitiendo que el aire fresco aclarara mi cabeza mientras daba un paseo. Llegué a otro restaurante con un tablado, siguiendo el sonido de la música en vivo, y me detuve sorprendido.
CAPÍTULO 2

Después de la semana que había tenido, me pareció justo soltarme el cabello (metafóricamente, por supuesto) y pasar un rato haciendo algo divertido. Mi madre se hubiera molestado si me hubiera visto pasar de la depresión a la furia enloquecedora, aunque se debiera a que la echaba mucho de menos. No había pasado mucho tiempo de un lado para el otro, lamentablemente, en el área desde que me había mudado para cuidar de ella hasta su muerte, así que no sabía a dónde ir para pasar un buen rato y relajarme. Casi le pregunté al masajista que siempre trabajaba en mis músculos anudados qué hacía para divertirse, pero me acobardé, de nuevo. Amaba su cabello y sus ojos negros, y la manera en que su largo flequillo siempre parecía caer sobre sus ojos y retirarse, pero jamás había logrado hacer que la conversación pasara de mis gruñidos y su “¿este es el punto?” a algo más personal en aquel cuarto de masajes. Hoy, él me había dado la oportunidad perfecta para lograr una conversación no tan profesional y la había dejado escapar. Después de patearme mentalmente, tiré al viento la cautela y decidí vagar por las calles del centro hasta que algún lugar me atrajera. Cuando vi un pub de temática irlandesa, pensé que era una señal. Mi madre se había aferrado a sus raíces irlandesas de manera divertida; había crecido escuchando música celta y mi primera cerveza había sido una Guinness. Siempre planificábamos hacer un viaje a Irlanda e investigar sobre su familia, pero el cáncer había descarrilado ese plan de forma permanente.

La comida era decente, pero la música era mejor, y la Guinness estaba fría y era de barril. No podía pensar en mejor forma de celebrar el recuerdo de mi madre que escuchando su estilo de música favorito. Pensamientos sobre el futuro intentaron deprimirme, pero me rehusé a permitírselo. Esta noche recordaría los buenos tiempos; mañana me preocuparía por lo que haría, solo en una ciudad que aún no conocía bien. El barman era amigable, y para mi tercera cerveza, había soltado parte de la basura que flotaba alrededor de mi pecho en su oído servicial. Por lo menos, logré hablar sobre mis años de crecimiento, solo con mi madre, sin romper a llorar. Ese era todo un logro.

De repente, percibí esa incómoda sensación de ser observado, que siempre me hacía encoger. Me di la vuelta lentamente en el taburete, recorrí con la vista la multitud, preguntándome si estaría imaginando cosas. Al lado de la puerta, un chico de cabello negro permanecía inmóvil, sin intentar siquiera ocultar que me estaba mirando. Al principio, no lograba ubicarlo. Sin embargo, después de un momento, lo reconocí: ¡Era David, mi masajista! Con un valor que no sabía que poseía, me bajé torpemente del taburete y caminé hacia él.

Los ojos de David lentamente se encontraron con los míos y me regaló una hermosa sonrisa.

–Señor Dury, qué casualidad verlo aquí. ¡Qué inesperado! –amaba la forma en la que me miraba, casi como si yo fuera su postre favorito o un regalo que aún no había desenvuelto. O quizá ese era yo, proyectando mis sentimientos en él.

–Es Ronan, por favor. ¿Te gustaría acompañarme a beber algo?

–Por supuesto. Y soy Davis, como ya sabes, Davis Lincoln. ¿Por qué bebemos?

–Ah… bueno… Bebía en memoria de mi madre, ¿pero quizá este podemos hacerlo en honor a los nuevos amigos? Por lo menos, espero… Es decir, me gustaría… –escúchenme, tropezando con mis palabras. Con razón no tenía amigos ni citas en más tiempo del que me gustaba recordar. La timidez siempre me atrapaba en los peores momentos.

Sin embargo, Davis no parecía tener ese problema. Me condujo hasta una pequeña mesa que acababa de vaciarse y dijo que ciertamente bebería por eso. Según comenzó a contarme su vida, mi nerviosismo fue absorbido por la excitación. Mis ojos vagaron por él, observando su boca formar las palabras mientras hablaba, observando sus dedos mientras tamborileaban en la mesa siguiendo la música o levantando la cerveza hasta su boca. Lo cual, por supuesto, me llevó a mirar ¡sus labios! En otro momento, me hubiera sentido avergonzado, pero esta noche parecía haber sido tocado por la magia. Quizá estaba demasiado hundido en la pena y el alcohol, o quizá Davis tenía un don para lograr que las personas se relajaran.

Para cuando el pub cerró, sabía que había vivido en la ciudad toda su vida, había comenzado en una universidad cercana, pero había tenido que irse a trabajar de masajista cuando su abuela se había mudado con ellos y habían necesitado un ingreso adicional. Apenas podía creer el nivel de madurez que había requerido para que ese joven de veintitantos años abandonara los dormitorios y regresara a casa para ser el sostén de su familia, pero eso explicaba lo mucho que Davis me atraía. Yo también había renunciado a mi estilo de vida por el bienestar de mi familia, así que comprendía su sacrificio. Cuando le conté sobre mi mudanza de Florida a Texas para estar con mi madre cuando la desahuciaron, Davis me apretó la mano. Los meses adicionales que ella había vivido habían sido un regalo, pero había tenido que dejar todo atrás, excepto mi trabajo. Esa era la bendición de la era computarizada; las páginas web podían diseñarse y mantenerse desde cualquier lugar del mundo.

–¿Qué piensas hacer ahora? –Davis preguntó con suavidad.

–¿Te quedarás en Texas o volverás a Florida? –mientras caminábamos por la calle, consideré su pregunta tan solemnemente como podía después de todas las cervezas que había bebido. Habíamos comido y hablado lo suficiente como para que gran parte de la borrachera me pasara. Me detuve en la esquina a esperar el cambio de luz y volteé a mirar a mi acompañante.
–No hay nada en particular por lo cual regresar a Florida –dije en voz alta.

–¿Hay algo aquí por lo que deba quedarme? –la sonrisa de Davis tenía un toque tímido que no había visto antes. Me miró detenidamente escondido tras su flequillo y me guiñó el ojo.

–Quizá podamos encontrar una razón para que te quedes, ¿sí? –mientras lo miraba estupefacto, Davis sujetó mi mano y entrelazó nuestros dedos.

–Camina conmigo hasta mi casa, y desde allí llamamos un taxi para ti –la ligera llovizna que caía amenazaba con convertirse en una tormenta eléctrica, así que acepté y lo seguí.

CAPÍTULO 3

Mi asombro no tenía límite cuando el objeto de mis fantasías apareció delante de mí en el oscuro bar irlandés. Cuando Ronan abandonó su taburete y se me acercó con paso despreocupado, supe que estaba perdido. Mi primer pensamiento fue que si él me diera la mínima oportunidad, haría que disfrutáramos la noche, pero al sentarnos y comenzar a hablar, mi lujuria se transformó en algo más serio. Lamentaba totalmente lo que estaba pasando; sentía empatía por su pérdida y su deseo de que fuéramos amigos. Su soledad apelaba al curandero en mí, y me preguntaba qué diría mi madre. Comencé a sospechar que Ronan era el que estaba esperando, y cuando me confesó que había dejado todo para mudarse aquí y que no tenía nada por lo cual regresar, supe que yo estaba perdido.

Al salir del bar, comenzó a caer una ligera llovizna y Ronan se estremeció cuando su camisa húmeda lo enfrió. Quería que la noche durara para siempre, pues soñaba que era el comienzo de algo especial, si es que lograba que bajara la guardia y me dejara entrar. Lo llevé a mi casa, haciendo planes mientras caminábamos y esperaba contra toda probabilidad que él fuera el indicado para mí. Cuando llegamos a mi casa, me detuve delante del pórtico.

–¿Te gustaría entrar y beber un café? Mi mamá es un ave nocturna, y siempre tiene una cafetera preparada para la noche. Ese suele ser nuestro tiempo para conversar y hacer tareas del hogar, después de que mi abuela se acuesta y hay tranquilidad –no quería que se sintiera presionado, en absoluto; esperaba pedirle que volviera a salir conmigo y no quería desafiar mi suerte.

Su rostro estaba bajo y su mirada parecía estar fija en nuestras manos mientras volvía a tropezar con sus palabras. Podía decir que estaba nervioso, y no sabía si era yo o pensar en conocer a mi madre lo que lo desconcertaba.

–Esto…, supongo que un café estará bien –sus palabras casi se perdían en los sonidos que nos rodeaban.

–¿Estás seguro de que a tu mamá no le molestará? –la mirada tentativa que me dio mostró que se estaba mordiendo el labio inferior, y deseé desesperadamente detenerlo con un beso. Hice que subiera los escalones de nuestro ancho pórtico sin darle tiempo a pensar.

Abrí la puerta con mi llave, y seguí hablando para que mi mamá supiera que venía acompañado mientras entrábamos en sus dominios. Como esperaba, ella estaba sentada delante de la computadora, pagando facturas y bebiendo café. Me incliné y besé su mejilla; después le presenté a Ronan como un cliente que había hallado casualmente durante mi paseo, aunque sabía que no la había engañado. Jamás había llevado antes a un cliente de ningún tipo a mi casa, y jamás a un hombre de una cita casual. Sus ojos me dejaron saber que esperaba la historia completa después, pero que por ahora dejaría pasar mi torpe presentación. Hablamos de cosas sin importancia y observé cómo Ronan se relajaba según mi madre lo hacía sentir cómodo, mientras ella buscaba información con discreción. Cuando supo de la muerte de su madre, se levantó de su asiento y lo abrazó. Pude ver que los ojos de Ronan se llenaban de lágrimas. Algunas veces el gesto más sencillo es el más difícil de manejar con ecuanimidad. Después de media hora, mi mamá se excusó y subió a su habitación, permitiéndonos cierta privacidad en la cocina.

Decidí que lo mejor era decir la verdad antes de que Ronan se me escapara de las manos.

–Jamás he pasado la tarde bebiendo con un cliente antes –dije sin rodeos.

–Y jamás he salido con uno o traído uno a casa a conocer a mi madre. Sin embargo, hay algo diferente en ti, y hoy estaba teniendo problemas para mantener una mentalidad profesional contigo en el trabajo. Cuando te vi fuera del trabajo, cualquier cosa podía suceder. Me gustaría volver a verte y conocerte mejor, si es lo que también deseas –aguanté la respiración mientras esperaba su respuesta. En mi mente, habíamos congeniados y tenía toda una tarde de charla y bebida para probarlo. A mi madre le gustó o jamás se hubiera marchado a su habitación, y su sentido siempre había dado en el blanco. Sólo esperaba que la atracción fuera mutua.

Después de unos pocos segundos, la sonrisa más grande, más gloriosa que había visto floreció en el rostro de Ronan.

–Me gustaría mucho. Tampoco buscaba esto, cuando salí del apartamento hoy, pero me alegra que te hayas tropezado conmigo esta noche. He pasado un buen rato contigo y me gustaría que se repitiera.

Con esa pequeña victoria animando mi espíritu, me incliné y suavemente rocé sus labios con los míos, en una promesa de lo que estaba por venir. Quería ir despacio, permitir que las cosas entre nosotros crecieran, y entonces, sólo entonces, el sueño de por siempre feliz podría ser una realidad.

FIN

© Mandy Beyers

*Original aparece en el grupo M/M Romance de Goodreads*

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