El gato del café

Cal había estado sentado en el patio del café toda la mañana, dándole vueltas a las cosas en su cabeza, con una taza de café delante de él en la mesa. Gracias a cómo había posicionado su silla, tenía una vista casi panorámica de la Torre de Eiffel, ese punto de referencia ubicuo que gritaba “París” como nada más podía hacerlo.

Llevaba once meses, diecinueve días y siete horas en la ciudad. Y el año que se había dado a sí mismo para alcanzar un nombre como artista estaba llegando a su fin. No quería regresar a casa, no quería entrar al negocio familiar, la morgue, y, sobre todo, no quería regresar derrotado con el rabo entre las patas. No después del gran discurso que había soltado sobre cómo sus pinturas algún día lo harían famoso.

¿Cómo renunciar a su sueño cuando había estado tan cerca de lograrlo? Está bien, no había alcanzado lo que esperaba en ese año, pero el día había entrado a una galería para preguntar y lo habían invitado a que llevara unas cuantas de sus obras. Intentar seleccionar cuáles obras debía llevar le había dado dolor de cabeza. ¿Qué sucedería si llevaba las equivocadas? ¿Qué sucedería si la galería declinaba su invitación porque había incluido esta obra en lugar de aquella obra?

Por lo que se hallaba sentado en un café, mirando la lejana Torre de Eiffel e intentando reclamar su entusiasmo natural, algo de lo cual tenía montones a los veinte años, cuando había llegado a Francia, pero que ahora a los veintiún años parecía haber perdido. Con qué rapidez esa hermosa ciudad lo había desanimado, despojado de su audacia y enseñado que las cosas que más quieres a menudo estaban fuera de tu alcance.

Por ejemplo, hablemos del camarero, cuyo nombre es Alain. Cal había estado visitando ese café por meses, y Alain casi siempre era el que tomaba su orden, y aun así Cal jamás había reunido el valor para pedirle una cita. La única vez que había hecho un intento, Alain lo había desviado amablemente, y Cal no había vuelto a intentarlo.

Jamás habían flirteado, jamás se habían comido con los ojos, jamás se habían siquiera tocado las manos al pasar. Pero Cal no podía dejar de fantasear con él. Alain era alto y esbelto. Tenía grueso cabello oscuro, hermosos ojos azules y la voz más sensual que hubiera escuchado. Cuando le hablaba a Cal, su acentuado inglés cosquilleaba en su oído e iba directo a su pene. Por la noche, en la estrecha cama de su estudio, daba vueltas en la cama mientras se masturbaba con la imagen de Alain en su mente, imaginando que los labios carnosos del joven hombre lo succionaban hasta que se corría con un grito y caía en sueños inquietos que protagonizaba Alain con él entre sus brazos. La mitad de sus pinturas mostraban a Alain en varias poses, muchas de ellas desnudo, y todas sensuales.

En Seattle, no hubiera dudado en perseguir a Alain. Pero en París, se había replegado, vuelto nervioso por lo desconocido; su confianza en sí mismo reducida a una mera sombra de lo una vez fue.

Cal observó a Alain abrirse camino expertamente entre las mesas del patio, hablando deprisa con los clientes según pasaba por sus lados, con una sonrisa lista. Entonces, fue su turno.

–¿Quieres más café? –Alain preguntó.

–O quizá, como ya es mediodía, ¿te gustaría ordenar almuerzo?

Cal podría pasar horas escuchando hablar a Alain. Estaba seguro de que los ángeles no se escucharían ni la mitad de hermosos. Abrió la boca para decir algo, pero fue interrumpido por una explosión en inglés de un hombre dos mesas más adelante.

–¡Saca a este maldito gato de aquí!

Alain se volteó. Demonios, todos estiraron el cuello para ver de qué se trataba el jaleo. Un flacucho gato negro había saltado a la mesa y enterrado la cara en un vaso de leche. La pareja sentada allí lo miraba con algo parecido a horror. Eran evidentemente norteamericanos, y el hombre había sido el que había gritado.

Cal comenzó a reír, al instante. Los perros eran bien recibidos en casi cualquier parte de París, pero los gatos no tanto, y ese era obviamente callejero.

Antes de que alguien pudiera moverse, Cal se puso de pie y alzó en brazos al gato.

–Tiene hambre –dijo a la pareja.

–No pasó nada.

–Los gatos son animales mugrientos –el norteamericano insistió.

–Retira ese vaso y tráeme uno limpio –señaló a Alain.

–Me lo llevaré, para el gato –Cal lo agarró antes de que Alain pudiera.

–Por favor, añádelo a mi cuenta –dijo girándose a mirar a Alain.

Cal regresó a su mesa y se sentó con el gato sobre su regazo, acercándole el vaso para que pudiera beber. Podía sentir los pequeños huesos en el tenso cuerpo entre sus manos y se conmovió. Jamás había podido resistirse a las criaturas en necesidad. Acarició al animal mientras bebía y lo escuchó comenzar a ronronear.

–Creo que tienes una mascota –Alain había regresado.

–No puedo quedármelo. Regreso a casa en pocos días –Cal alzó la mirada.

–¿Puedo preguntar por qué?

Mientras acariciaba al gato, Cal le dijo. Se desahogó con él y al concluir, avergonzado, se calló abruptamente, evitando mirar al camarero. Este lo sorprendió al sentarse en la silla vacía a su lado.

–No quieres volver a casa. Quieres quedarte.

–Se me ha acabado el dinero.

–En París, la gente no vive de dinero. La gente vive de sexo, amor y todo lo que es hermoso.

Al escucharlo, Cal lo miró, y descubrió una suavidad en la mirada de Alain que no había estado allí antes.

–¿Quieres salir conmigo esa noche? –soltó.

–Lo haré, si te quedas con el gato y me muestras tus pinturas –Alain sonrió más ampliamente.

Alain vería lo mucho que significaba para Cal, pero de repente no le importó que lo hiciera. Ya era tiempo de que recuperara el control de su vida. El velo que había estado cubriendo el sol había desaparecido y los colores danzaban a su alrededor.

–Me parece bien.

–¿Qué nombre le darás al gato?

–¿Por qué no lo elegimos juntos? –Cal sugirió descaradamente.

Alain rió y colocó una mano sobre la de Cal.

Paris a conquis une autre âme. Creo que no regresarás a Seattle.

Cal tradujo en su mente la oración: París ha atrapado otra alma.

Sonrió y volteó su mano para entrelazar sus dedos con los de Alain. El gato continuó bebiendo su leche, ronroneando de contento.

© Theo Fenraven

*Original publicado en el Dreamspinner Newsletter. Traducido por HEST*

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