El reencuentro

La última media hora había resultado un fiasco. Sí, lo tenía más o menos previsto, pero no había pensado que lo sería tanto. El hombre que aparentemente me acompañaba, se encontraba tirado en el piso del baño, abrazando el water, expulsando de su estómago el pozole que hacía no más de dos horas habían cenado.

Tras un suspiro, Tomás dio media vuelta y decidió regresar a su mesa a esperar a su amigo. Así por lo menos podría ahorrarse la desagradable visión de todo lo que su estómago podía llegar a contener.

Tomás se arrastró con premeditada lentitud hasta su mesa y justo cuando se sentó, su corazón, luego de una extraña opresión, comenzó a latir con enloquecida rapidez. Aquello sólo podía lograrlo la persona que en un tiempo consideró el amor de su vida. Había pasado quizá ocho años, tal vez más, pero su corazón seguía inquietándose.

Leonel se encontraba riendo a carcajada abierta con su compañera de barra; una mujer de cabello largo castaño, ataviada con una blusa abierta a la espalda y tan pegada al cuerpo que fácilmente hubiera pasado por una segunda piel, a juego con un pantalón negro de piel a la cadera. Alguien con quien él claramente no podía competir, porque no hay punto de comparación.

Independientemente de todo aquello, Tomás debía ir a ver cómo diantres se encontraba su amigo. Sin perder tiempo, salió casi corriendo hasta el baño para resguardarse tras la presencia de su, salpicado de vómito, amigo Randy.

–Tom, ¿a quién le toca pagar la siguiente ronda? –este preguntó desde el piso

–¿Eres estúpido? ¡¡Mira cómo estás!! Vamos, larguémonos ya –Tomás lo urgió inquieto. No deseaba cruzarse con Leonel. No tenía idea de cómo reaccionaría delante de él.

¿Se acordaría del tiempo que asistieron a la misma escuela? Cuando era más chico, sin duda alguna hubiera huido sin mirar atrás, pero ahora debía huir jalando a Randy, cuidando de que este no hiciera jaleo para no ser descubierto.

–Con un demonio, ¡¡levántate!! –Tomás grito tirando de una de las manos de Randy.

–Pero qué falta de conciencia –añadió una voz ronca acentuada por un toque aguardientoso.

–Qué pito tocas aquí –Tomás siseó tirando aun más fuerte del brazo de Randy, quien debido a su poca cooperación terminó por caer de nuevo al suelo.

–Prefiero que me lo toquen –el hombre admitió sin ningún tipo de vergüenza.

Desde su punto de vista, Tomás evaluó la forma de hacer que Randy se pusiera en pie.

–Como sea –Tomás soltó dispuesto a mandar directo al diablo a aquel sujeto si seguía con sus ganas de molestar, pero por otro lado lo haría justo después de aprovecharse un poco de él.

–¿Piensas quedarte toda la maldita noche mirándome? Ven  a ayudarme –ordenó al tiempo que volvía a tirar del brazo de Randy, quien había comenzado a cantar una canción norteña.

El hombre, vestido con una chamarra de negro cuero, una playera gris y jeans azules, tiró de la mano libre de Randy, logrando que más o menos se pusiera en pie. Sin embargo, con el impulso, perdió el equilibrio y fue a tomar su lugar en el suelo.

–En serio, si vas a terminar igual, no ayudes a los borrach… –Tomás deseó que en aquel mismo segundo se lo tragara la tierra. El tipo en el piso no era otro que el mismo Leonel y este lo miraba con enrojecidos ojos, una sonrisa tonta en su rostro y un repentino hipar.

“Maldita sea, ¿por qué no me tragas, tierra?”

–Vamos viejo, ayúdame a levantar –Leonel pidió extendiendo la mano.

Tomás rojo como jitomate, tragó saliva y se acomodó mejor a Randy en el hombro.

–Llevo a mi amigo a la mesa y regreso por ti –Tomás dijo girando rápidamente, casi echando a correr, tratando de poner distancia lo antes posible entre ellos.

No podía decir si lo que había hecho era muy estúpido o demasiado cobarde; quizá lo último, y con suficiente razón. Pero es que si no se permitía respirar en otro lugar, con toda seguridad el aire que respiraba Leonel le hubiera quemado.

Cuando estuvo en su mesa, Tomás prácticamente aventó a Randy en ella y corrió de regreso al baño. Aún sentía que su corazón se estrellaba desesperado contra su pecho, pero después de aquel momento de duda, no podía permitirse otro más. Empujó la puerta de golpe y se abrió con un gran ruido al chocar contra la pared. Se encontró con que Leonel había permanecido casi en la misma posición en que lo había dejado, sólo que ahora tenía los ojos cerrados.

–A…amigo –Tomás llamó con algo de desconfianza, sintiéndose sumamente extraño al escuchar su propia voz cuasi quebradiza y que dejaba saber lo inseguro que se sentía.

–Oye –insistió de nuevo, dándole una patada en el costado.

Leonel entreabrió los ojos  y dirigió una mirada de interrogación a Tomás.

–Es hora de irnos –Tomás soltó como si nada, incluso creyéndose que Leonel aceptaría ir con él.

–Pero todavía quiero otro trago –Leonel repuso sin intentar moverse

–Si eso quieres, de todas formas hay que dejar el baño –Tomás insistió sintiendo de pronto que hablaba con un pequeño crío. Entonces, le tendió la mano para ayudarlo a levantar.

A duras penas, Tomás pudo poner de pie a Leonel, quien parecía estar entre el limbo del sueño y la vigilia. Con paso tambaleante, intentó llevarlo a su mesa donde Randy continuaba echado. De repente, un suspiro escapó del cuerpo de Tomás, quien comenzaba a considerar la idea de dejar a su suerte a ambos borrachos. Sin embargo, sabía que si lo llegaba a hacer su conciencia lo obligaría a regresar. Convencido de que sería menos problemático tomar un taxi de una buena vez, encaminó sus pasos y los pasos tambaleantes de Leonel hacia la salida. De pronto, a unos metros de la puerta, uno de los dos gorilas que custodiaban la entrada, se acercó rápida y sigilosamente a Tomás.

–Oiga, amigo, ¿va a dejar a ese de la mesa? –preguntó señalando con el dedo la mesa donde Randy continuaba tirando.

Tomás rodó los ojos y se dirigió al tipo.

–Si consigues un taxi y metes en él a mi amigo, entonces podré ir por el tipo de la mesa y todos contentos –expuso con irritación enarcando una ceja casi retándolo a que sugiriera algo mejor.

–Ni lo creas –bufó.

–Lo único que puedo hacer por ti es conseguir el taxi.

–Si lo vas a hacer, no te quedes ahí mirándome –Tomás lo urgió al segundo, al tiempo que trataba de mantener despierto a Leonel para evitar que cayera.

Tras un respingo y una mirada furibunda, el hombre se dirigió a la salida, maldiciendo para sus adentros.

† † †

¿Cómo exactamente llegó a ese lugar en particular?, comenzó a darle vueltas en la cabeza. Sobre todo, después de encontrarse cara a cara con un hombre desnudo. Por lo menos, hasta donde podía ver. Aquel acontecimiento le estaba causando un shock. Sobre todo, cuando comprobó su casi desnudez. En realidad, no estaba sorprendido de haber amanecido en un lugar desconocido, si no de haber despertado en la misma cama que un tipo. A su parecer, esas eran palabras mayores.

Con lentitud, Leonard se deslizó fuera de la cama y se dirigió de puntitas a la puerta, la cual se quejó quedamente cuando sus bisagras se movieron. Tomando todas las precauciones que pudo, asomó la cabeza y miró a ambos lados. A su derecha, una puerta le impedía ver más allá. A su izquierda, se abría a lo que parecía ser la sala. Delante de él, su reflejo cohibido por la situación le devolvió una sonrisa vacilante, con la que pretendía darse ánimos.

Lo siguiente que Leonel miró de reojo hacer a su reflejo fue girar la perilla de la puerta a su lado. Esta cedió casi de inmediato ante su propio peso, abriéndose de golpe, estrellándose estrepitosamente contra la pared. Vio el interior pulcro que mantenía un ligero olor a jabón de manzanilla.

De pronto, unos pasos provenientes más allá de la sala hicieron que el corazón de Leonel se acelerara. ¿Qué rayos debía hacer ahora? Pensó en regresar a la habitación, pero el baño quedaría abierto. Si entraba al baño, de todas formas revisarían la habitación y sabrían que sucedía. Así que simplemente aguardó en lo que le parecieron los segundos más largos de su vida. Entonces, vio aparecer a un tipo con un mandil amarillo. Vestía una playera negra y pantalones cortos beige. Le calculaba algo menos de treinta años y al parecer todavía no terminaba de dominar la expresividad de su cuerpo, pues lucía sorprendido y nervioso a la vez.

–Creí que aún dormías –dijo como para sí mismo.

–¿Quién rayos eres tú? ¿Y qué diablos hago aquí? –Leonel soltó sin rodeos, ocultando perfectamente el miedo y la ansiedad que experimentaba ante la inminente respuesta.

–Bueno, nos conocemos de la escuela. Soy Tomás y te traje aquí porque anoche estabas realmente ebrio. Creí que era mejor traerte con nosotros que dejarte tirado en el piso del baño de ese bar –Tom expuso seguro de haber dicho lo necesario.

Leonel guardó silencio, tratando de sopesar la respuesta de Tomás, esforzándose por recordar si en algún momento de su vida habían coincidido. Sumido en el mismo mutismo, cerró los ojos. ¿Había conocido a alguien de muy buen cuerpo, ojos profundos y mandíbula fuerte que resguardaba aquellos labios expresivos y antojables? Con molestia, Leonel torció la boca. ¡Claro que no estaba pensando que esos labios eran antojables! Menos aún si lo había arrastrado con él sin su permiso y hecho dormir con un tipo como aquel. Ahora que lo recordaba, se encontraba casi desnudo frente a ese hombre.

–No te recuerdo –Leonard sentenció sintiéndose incómodo con su semi desnudez, girando pudorosamente el rostro hacia la ventana.

–¿Do… dónde está mi ropa?

–Ah, lo siento, se está secando atrás. Después de que ambos vaciaran lo que les quedaba en el estómago, uno casi sobre el otro, me dio asco dejarlos dormir así –confesó gesticulando de una forma tan graciosa que a Leonard le pareció estar frente a una chica, que evidentemente no tenía pechos, pero sí pene. Aquello le sacó una sonrisa de la que Tomás se perdió, pues había regresado sobre sus pasos para ir por la ropa.

Mientras tanto, Leonard comenzó a curiosear en aquella sala que, algunos pasos más adelante, se unía al comedor. El mueble de la televisión, que estaba rodeado de la tercia de sillones marrón, encerraba la típica mesa de centro que mostraba el inevitable portavasos desocupado. El vaso que debía estar ahí se encontraba al otro extremo de la mesa, acompañado de un refresco de toronja. De inmediato los ojos de Leonard buscaron la botella que hacía falta, y la halló al lado de la televisión, entre unos CD´s y un portarretratos. En la foto sonreían Tomás y una profesora que recordaba de la secundaria; en el fondo, se apreciaban las jardineras y una canasta de básquet.

Pensándolo bien, y si el chico de la foto era el mismo que el hombre que esperaba con su ropa, ya lo recordaba. En el pasado, él había algo así como el abusivo de aquel chico… hombre. Y ahora él lo recogía del suelo y lavaba su ropa llena de vómito. Qué ironía.

–Aquí tengo tu ropa… Veo que no pierdes el tiempo –Tomás dijo dándose cuenta del portarretratos que Leonard sostenía.

–Eres el negro Tomás –Leonard afirmó recordando el apodo con el que lo había bautizado en la escuela.

–Sólo Tomás –apuntó con firmeza, haciéndole ver que los años no pasaron en vano.

–Claro –Leonard aceptó, mientras recibía la ropa.

† † †

Los días de aquella semana se sucedieron con tanta rapidez que apenas notaba que en realidad el tiempo había volado, casi literalmente. Incluso la cena de la noche anterior había quedado en el lodoso fondo del subconsciente. Nervioso, Tomás miró el reloj por enésima vez y comprobó que el tiempo que no sintió pasar en la semana, se hacía presente en cada segundo. Irritado ya con esa actitud, Randy, que esperaba a su lado la llegada de Leonard, le arrebató el celular y el reloj.

–Si te vuelvo a sorprender mirando un reloj o preguntando la hora otra vez, te juro que voy a noquearte para que ya no tengas qué esperar –Randy advirtió guardando ambas cosas en el bolsillo de su chaqueta.

–Seguro –Tomás aceptó de mala gana.

–Eso espero –Randy farfulló enfurruñado. Ya estaba harto de esa actitud de colegiala en su amigo.

Veinte minutos más tarde, Leonard hacía acto de presencia, aunque no en las mejores condiciones. A pesar de que se mantenía en pie, se notaba a leguas que no sería por mucho tiempo. Además de que era obvio que en el camino había empezado su propia fiesta.

–¡¡Tomás!! ¿Cómo estás, mi negro? –Leonard gritó con tanta fuerza que el bullicio cesó.

En su mesa, Tomás se hacía el desentendido. Era cierto que había deseado toda la semana ver a Leonard. Era aun más cierto que, a pesar de todo, seguía creyendo que lo que sentía por él era algo especial. Por eso, cuando el propio Leonard había propuesto salir para disculparse de sus barbaridades de adolescentes, se había emocionado horrores. Pero de haber sabido que no sería más que un caso algo distinto de bullying entre adultos, no hubiera ido.

Ignorando por completo a Leonard, Tomás se levantó y salió del lugar sin ninguna disculpa para su amigo, ni una mirada para el tipo que le gritaba desde una mesa cercana. Sólo quería llegar a casa y olvidarse de todo lo que había pasado.

† † †

El silencio era el dueño y señor de aquella sala de dentista; ni siquiera podía escuchar el siniestro sonido de la fresa al rotar o el característico zumbido escalofriante que produce cuando está en contacto con el diente. El reloj de pared parecía tener también un silenciador que acallaba el segundero. El cielo de un gris oscuro, plagado de nubes de lluvia, envolvía el ambiente con una tristeza especial, reafirmado por el ascético decorado de la sala de espera. Tras un enorme bostezo, Tomás se preguntó cómo era que Randy lograba trabajar ahí tarde tras tarde absolutamente solo y sin nada divertido con qué entretenerse.

De repente, le asaltó la pregunta del millón: ¿Por qué un grupo de dentistas contrataría a un hombre para recepcionista? Si Randy fuera mujer, de seguro habría dos o tres hombres rondando constantemente y el lugar nunca parecería tan solitario. Con tedio y frustración, Tomás rayó la revista de desnudistas que Randy escondíatan celosamente, hasta que la hoja se rompió junto con la espalda de aquella chica pelirroja.

¿Por qué había aceptado cubrirlo en uno de sus preciados descansos? Intentando serenarse, sacó su móvil e inició su playlist. La mayoría de las canciones eran lo suficientemente melancólicas como para hacerlo desistir de aquel intento. La llegada de un paciente perturbó la deprimente quietud que se reanudó al segundo de anunciar su llegada al joven dentista.

Al contemplar las agendas de los tres dentistas, se dio cuenta de que debían tener al menos un paciente cada cuarenta minutos. Sólo un par de pacientes había dejado su número y cuando les había llamado intentando confirmar su asistencia, ninguno había atendido la llamada. Sumado a eso, las dos veces que marcó a sus amigos, todos estaban ocupados. Por último, optó por lo único que tenía sentido hacer: se recargó en la pared, sentado en la silla con los ojos.

Al cabo de un tiempo, sintió el lento desplazar de su cabeza cediendo ante su peso y la dejó hacer. No era necesario preocuparse de otra cosa que no fuera dormir profundamente y soñar. De pronto, le pareció sentir que algo rozaba su mejilla, dejándole una sensación de comezón. Después, aquello que le incomodaba, había escogido como nuevo blanco su pelo. Lo que fuera que lo estaba molestando, pasó por su oreja. En el limbo del sueño, con la conciencia atenta pero el cuerpo dormido, sintió el tibio calor de unos labios. El vaho de otra respiración le había picado la nariz, mientras su cerebro apuraba a sus párpados a abrirse. La imagen que percibió fue borrosa, pero un segundo después percibió el perfume que flotaba en el ambiente y que se agitó a su alrededor al levantarse prácticamente en un brinco.

–¿Pero qué…? –Tomás alcanzó a pronunciar antes de que Leonel tomara posesión total de sus labios.

–Pero qué diablos –Tomás jadeó, cuando por fin se separaron.

–Querrás decir qué rico –Leonard tradujo sintiéndose desconcertado.

–En realidad, dije lo que quería decir. ¿Qué diablos haces? –Tomás cuestionó entre angustiado y temeroso. Creía que aquello sólo podía ser una broma de muy mal gusto.

–¿Estás ebrio? –inquirió, a pesar de que no había sentido en su boca el sabor a alcohol ni lo había percibido en su aliento. Pero necesitaba asegurarse.

–No. No estoy borracho –Leonard respondió con lentitud, sopesando las palabras de Tomás, quien lo miraba como si estuviera a punto de echarse a llorar.

–Entonces, ¿por qué lo hiciste? ¿Qué haces aquí? –Tomás insistió sintiendo cómo su angustia iba in crecendo.

Leonard, poco acostumbrado a ser puesto en duda, tomó con ambas manos el rostro de Tomás y lo besó con hambre nueva, profundizando como si deseara con desesperación fundirse y ser uno.

–Eso es lo que hago aquí –Leonard afirmó con la respiración entre cortada.

–Pero es que no se qué quieres con esto. ¿Qué debo esperar?

Leonard lo miró con paciencia, estudiando el rostro de Tomás, tratando de escoger adecuadamente las palabras precisas.

–No lo sé. Cada vez que estoy cerca de ti, me es difícil controlar mis ganas de estrecharte en mis brazos. Y por dios, ¡cuántas cosas no quisiera hacerte! –confesó en medio de un gesto de desesperación que acentuaba las ligeras ojeras que normalmente apenas sí se notaban.

Tomás lo contempló atónito. Ni en un millón de años había pensado que llegaría a escuchar siquiera algo parecido salir de los labios de Leonard; menos aquellas extraña declaración. Incluso si era el más bizarro de los sueños o si se arrepentía por la mañana, no iba a dejar ir esa oportunidad. Por nada del mundo echaría a perder el momento. Su momento.

Tomás miró sugestivamente a Leonard mientras se pasaba la lengua con estudiada lentitud por los labios. Sin pensarlo más, lo tomó por la nuca y volvió a unir sus labios en un lento y suave beso, disfrutando del roce de aquella lengua avasalladora. Una fría mano se coló por entre los botones de su camisa, haciéndolo estremecer y soltar un quejido.

Entre besos, las manos de Leonard, incapaces de quedarse quietas como impulsadas por un soplo propio de vida, recorrían centímetro a centímetro su piel resguardada por la seguridad de las prendas. El deseo de reconocimiento y de grabar senderos propios en esa piel, les impulsó a deshacerse de aquellas piezas. Ambas camisas terminaron por el suelo, momento en que Leonard aprovechó para ir descendiendo.

Tomás sintiendo que rápidamente era arrobado por el placer, no se contuvo en expresar con guturales sonidos que aquello le era agradable. Tanto disfrutaba de ese instante con Leonard que no se dio cuenta que el veintiúnico paciente que había ido, ya se encontraba frente al mostrador, hasta que un sonoro carraspeo lo hizo temblar.

De inmediato, Tomás empujó con las piernas a Leonard con tanta fuerza que este terminó bajo el mueble, no sin que se escuchara un golpe seco seguido de una maldición.

Avergonzado, con el color hasta las orejas, Tomás se esforzó por parecer lo más normal posible.

–S-sí, ¿qué necesita? –preguntó intentando ser cortés, sintiendo que comenzaba a brincarle el párpado bajo el ojo.

–Que te pongas la maldita camisa, pinche puto –el tipo gruñó con repulsión, cohibiendo aún más a Tomás.

Con lentitud, cuidando que no de enojar todavía más al hombre, Tomás tomó su camisa, abotonándosela tan rápido como le era posible. En cuanto a Leonard, cuando por fin se le acomodaron las ideas, se levantó casi de un salto.

–Oye tú, pendejo, ¡¡¿cómo te atreves a insultar a mi chico?!! –Leonard reclamó furioso, abriendo de golpe la puerta que daba al recibidor, dispuesto a darle una buena tunda.

El hombre pareció sorprenderse, reaccionando rápido, dando un brinco precautorio hacia atrás. Sin embargo, no se amilanó e inmediatamente levantó su guardia. Con la camisa a medio poner, Tomás corrió a darle un zape a Leonard.

–Cálmate. No te puedes pelear con este tipo. Si se hace un escándalo, pueden correr a Randy –Tomás explicó azorado, sintiendo que el corazón le latía al cien. Tanto que casi podía asegurar que Leonard era capaz de sentirlo con su mano.

Sin darse cuenta, Tom había comenzado a hiperventilar. El pensamiento de que echaran a Randy de su trabajo por culpa suya le volvía loco. Además, peor que loco se iba a poner Randy si se enteraba.

–Bien –Leonard bufó sin soltar el pomo de la puerta, mirando  con rencor al tipo.

–¿Qué necesita, señor? –Tom preguntó tan secamente que Leonard se preguntó si de verdad deseaba conservar el empleo de su amigo.

–Dame una nueva cita –soltó arrojando la tarjeta sobre el escritorio, pasando de la mano que Tom le tendía.

† † †

Aquella noche, Tom no pudo dormir. En su cabeza, daba vuelta al momento en que Leonard lo había abrazado efusivamente antes del último beso del día. Él mismo le había pedido que lo dejara trabajar y que se vieran al día siguiente. A su parecer, a Leonard no le había hecho mucha gracia que lo despidiera luego de una larga sesión de besos. Su propia persona no estuvo muy de acuerdo en quedarse solo lo que restaba de la tarde, pero era parte del favor que cumplía a Randy. Si Leonard continuaba ahí, seguro que harían quién sabe cuántas cosas sin ningún pudor, y la escena del tipo homofóbico se repetiría.

Tan temprano como le fue posible, Tom se había levantado y dispuesto a llamar a Leonard para darle los buenos días; momento en que notó que en realidad no tenía un número al que marcar. Pensándolo bien, tampoco sabía dónde encontrarlo. La noche pasada sólo le había pedido que se vieran, pero no había especificado dónde. Molesto consigo mismo por semejante estupidez, Tom de mala gana había comenzado su rutina diaria preparando su desayuno favorito: omelette de huevo relleno de queso, un gran vaso de licuado de fresa y una porción de ensalada de lechuga con pepino. Aquella combinación podía hacerle sentir mejor en un momento así. Había arreglado con paciencia un juego de cubiertos, el mantel e improvisado el centro de mesa con una pequeña maceta de flores moradas de plástico. Listo para comer, el timbre se había hecho escuchar. Por un segundo, había considerado que fuera Randy pero él sabía que escondía una la llave sobre la reja. De camino a la puerta, su pobre imaginación se esforzaba en vano, quedándose sin ideas de quién podría ser antes de llegar.

Detrás de la puerta, le esperaba la mejor de las sorpresas: Leonard armado con un colorido ramo de flores, esgrimiéndolo estratégicamente hacia él. Una sonrisa enorme se fue dibujando en los labios de Tomás, quien de golpe se sentía inmensamente feliz. Sin pensarlo más, con efusividad, se lanzó a los brazos de Leonard quien lo recibió con la misma alegría.

La última media hora había resultado un fiasco. Sí, lo tenía más o menos previsto, pero no había pensado que lo sería tanto. El hombre que aparentemente me acompañaba, se encontraba tirado en el piso del baño, abrazando el water, expulsando de su estómago el pozole que hacía no más de dos horas habían cenado.

Tras un suspiro, Tomás dio media vuelta y decidió regresar a su mesa a esperar a su amigo. Así por lo menos podría ahorrarse la desagradable visión de todo lo que su estómago podía llegar a contener.

Tomás se arrastró con premeditada lentitud hasta su mesa y justo cuando se sentó, su corazón, luego de una extraña opresión, comenzó a latir con enloquecida rapidez. Aquello sólo podía lograrlo la persona que en un tiempo consideró el amor de su vida. Había pasado quizá ocho años, tal vez más, pero su corazón seguía inquietándose.

Leonel se encontraba riendo a carcajada abierta con su compañera de barra; una mujer de cabello largo castaño, ataviada con una blusa abierta a la espalda y tan pegada al cuerpo que fácilmente hubiera pasado por una segunda piel, a juego con un pantalón negro de piel a la cadera. Alguien con quien él claramente no podía competir, porque no hay punto de comparación.

Independientemente de todo aquello, Tomás debía ir a ver cómo diantres se encontraba su amigo. Sin perder tiempo, salió casi corriendo hasta el baño para resguardarse tras la presencia de su, salpicado de vómito, amigo Randy.

–Tom, ¿a quién le toca pagar la siguiente ronda? –este preguntó desde el piso

–¿Eres estúpido? ¡¡Mira cómo estás!! Vamos, larguémonos ya –Tomás lo urgió inquieto. No deseaba cruzarse con Leonel. No tenía idea de cómo reaccionaría delante de él.

¿Se acordaría del tiempo que asistieron a la misma escuela? Cuando era más chico, sin duda alguna hubiera huido sin mirar atrás, pero ahora debía huir jalando a Randy, cuidando de que este no hiciera jaleo para no ser descubierto.

–Con un demonio, ¡¡levántate!! –Tomás grito tirando de una de las manos de Randy.

–Pero qué falta de conciencia –añadió una voz ronca acentuada por un toque aguardientoso.

–Qué pito tocas aquí –Tomás siseó tirando aun más fuerte del brazo de Randy, quien debido a su poca cooperación terminó por caer de nuevo al suelo.

–Prefiero que me lo toquen –el hombre admitió sin ningún tipo de vergüenza.

Desde su punto de vista, Tomás evaluó la forma de hacer que Randy se pusiera en pie.

–Como sea –Tomás soltó dispuesto a mandar directo al diablo a aquel sujeto si seguía con sus ganas de molestar, pero por otro lado lo haría justo después de aprovecharse un poco de él.

–¿Piensas quedarte toda la maldita noche mirándome? Ven  a ayudarme –ordenó al tiempo que volvía a tirar del brazo de Randy, quien había comenzado a cantar una canción norteña.

El hombre, vestido con una chamarra de negro cuero, una playera gris y jeans azules, tiró de la mano libre de Randy, logrando que más o menos se pusiera en pie. Sin embargo, con el impulso, perdió el equilibrio y fue a tomar su lugar en el suelo.

–En serio, si vas a terminar igual, no ayudes a los borrach… –Tomás deseó que en aquel mismo segundo se lo tragara la tierra. El tipo en el piso no era otro que el mismo Leonel y este lo miraba con enrojecidos ojos, una sonrisa tonta en su rostro y un repentino hipar.

“Maldita sea, ¿por qué no me tragas, tierra?”

–Vamos viejo, ayúdame a levantar –Leonel pidió extendiendo la mano.

Tomás rojo como jitomate, tragó saliva y se acomodó mejor a Randy en el hombro.

–Llevo a mi amigo a la mesa y regreso por ti –Tomás dijo girando rápidamente, casi echando a correr, tratando de poner distancia lo antes posible entre ellos.

No podía decir si lo que había hecho era muy estúpido o demasiado cobarde; quizá lo último, y con suficiente razón. Pero es que si no se permitía respirar en otro lugar, con toda seguridad el aire que respiraba Leonel le hubiera quemado.

Cuando estuvo en su mesa, Tomás prácticamente aventó a Randy en ella y corrió de regreso al baño. Aún sentía que su corazón se estrellaba desesperado contra su pecho, pero después de aquel momento de duda, no podía permitirse otro más. Empujó la puerta de golpe y se abrió con un gran ruido al chocar contra la pared. Se encontró con que Leonel había permanecido casi en la misma posición en que lo había dejado, sólo que ahora tenía los ojos cerrados.

–A…amigo –Tomás llamó con algo de desconfianza, sintiéndose sumamente extraño al escuchar su propia voz cuasi quebradiza y que dejaba saber lo inseguro que se sentía.

–Oye –insistió de nuevo, dándole una patada en el costado.

Leonel entreabrió los ojos  y dirigió una mirada de interrogación a Tomás.

–Es hora de irnos –Tomás soltó como si nada, incluso creyéndose que Leonel aceptaría ir con él.

–Pero todavía quiero otro trago –Leonel repuso sin intentar moverse

–Si eso quieres, de todas formas hay que dejar el baño –Tomás insistió sintiendo de pronto que hablaba con un pequeño crío. Entonces, le tendió la mano para ayudarlo a levantar.

A duras penas, Tomás pudo poner de pie a Leonel, quien parecía estar entre el limbo del sueño y la vigilia. Con paso tambaleante, intentó llevarlo a su mesa donde Randy continuaba echado. De repente, un suspiro escapó del cuerpo de Tomás, quien comenzaba a considerar la idea de dejar a su suerte a ambos borrachos. Sin embargo, sabía que si lo llegaba a hacer su conciencia lo obligaría a regresar. Convencido de que sería menos problemático tomar un taxi de una buena vez, encaminó sus pasos y los pasos tambaleantes de Leonel hacia la salida. De pronto, a unos metros de la puerta, uno de los dos gorilas que custodiaban la entrada, se acercó rápida y sigilosamente a Tomás.

–Oiga, amigo, ¿va a dejar a ese de la mesa? –preguntó señalando con el dedo la mesa donde Randy continuaba tirando.

Tomás rodó los ojos y se dirigió al tipo.

–Si consigues un taxi y metes en él a mi amigo, entonces podré ir por el tipo de la mesa y todos contentos –expuso con irritación enarcando una ceja casi retándolo a que sugiriera algo mejor.

–Ni lo creas –bufó.

–Lo único que puedo hacer por ti es conseguir el taxi.

–Si lo vas a hacer, no te quedes ahí mirándome –Tomás lo urgió al segundo, al tiempo que trataba de mantener despierto a Leonel para evitar que cayera.

Tras un respingo y una mirada furibunda, el hombre se dirigió a la salida, maldiciendo para sus adentros.

† † †

¿Cómo exactamente llegó a ese lugar en particular?, comenzó a darle vueltas en la cabeza. Sobre todo, después de encontrarse cara a cara con un hombre desnudo. Por lo menos, hasta donde podía ver. Aquel acontecimiento le estaba causando un shock. Sobre todo, cuando comprobó su casi desnudez. En realidad, no estaba sorprendido de haber amanecido en un lugar desconocido, si no de haber despertado en la misma cama que un tipo. A su parecer, esas eran palabras mayores.

Con lentitud, Leonard se deslizó fuera de la cama y se dirigió de puntitas a la puerta, la cual se quejó quedamente cuando sus bisagras se movieron. Tomando todas las precauciones que pudo, asomó la cabeza y miró a ambos lados. A su derecha, una puerta le impedía ver más allá. A su izquierda, se abría a lo que parecía ser la sala. Delante de él, su reflejo cohibido por la situación le devolvió una sonrisa vacilante, con la que pretendía darse ánimos.

Lo siguiente que Leonel miró de reojo hacer a su reflejo fue girar la perilla de la puerta a su lado. Esta cedió casi de inmediato ante su propio peso, abriéndose de golpe, estrellándose estrepitosamente contra la pared. Vio el interior pulcro que mantenía un ligero olor a jabón de manzanilla.

De pronto, unos pasos provenientes más allá de la sala hicieron que el corazón de Leonel se acelerara. ¿Qué rayos debía hacer ahora? Pensó en regresar a la habitación, pero el baño quedaría abierto. Si entraba al baño, de todas formas revisarían la habitación y sabrían que sucedía. Así que simplemente aguardó en lo que le parecieron los segundos más largos de su vida. Entonces, vio aparecer a un tipo con un mandil amarillo. Vestía una playera negra y pantalones cortos beige. Le calculaba algo menos de treinta años y al parecer todavía no terminaba de dominar la expresividad de su cuerpo, pues lucía sorprendido y nervioso a la vez.

–Creí que aún dormías –dijo como para sí mismo.

–¿Quién rayos eres tú? ¿Y qué diablos hago aquí? –Leonel soltó sin rodeos, ocultando perfectamente el miedo y la ansiedad que experimentaba ante la inminente respuesta.

–Bueno, nos conocemos de la escuela. Soy Tomás y te traje aquí porque anoche estabas realmente ebrio. Creí que era mejor traerte con nosotros que dejarte tirado en el piso del baño de ese bar –Tom expuso seguro de haber dicho lo necesario.

Leonel guardó silencio, tratando de sopesar la respuesta de Tomás, esforzándose por recordar si en algún momento de su vida habían coincidido. Sumido en el mismo mutismo, cerró los ojos. ¿Había conocido a alguien de muy buen cuerpo, ojos profundos y mandíbula fuerte que resguardaba aquellos labios expresivos y antojables? Con molestia, Leonel torció la boca. ¡Claro que no estaba pensando que esos labios eran antojables! Menos aún si lo había arrastrado con él sin su permiso y hecho dormir con un tipo como aquel. Ahora que lo recordaba, se encontraba casi desnudo frente a ese hombre.

–No te recuerdo –Leonard sentenció sintiéndose incómodo con su semi desnudez, girando pudorosamente el rostro hacia la ventana.

–¿Do… dónde está mi ropa?

–Ah, lo siento, se está secando atrás. Después de que ambos vaciaran lo que les quedaba en el estómago, uno casi sobre el otro, me dio asco dejarlos dormir así –confesó gesticulando de una forma tan graciosa que a Leonard le pareció estar frente a una chica, que evidentemente no tenía pechos, pero sí pene. Aquello le sacó una sonrisa de la que Tomás se perdió, pues había regresado sobre sus pasos para ir por la ropa.

Mientras tanto, Leonard comenzó a curiosear en aquella sala que, algunos pasos más adelante, se unía al comedor. El mueble de la televisión, que estaba rodeado de la tercia de sillones marrón, encerraba la típica mesa de centro que mostraba el inevitable portavasos desocupado. El vaso que debía estar ahí se encontraba al otro extremo de la mesa, acompañado de un refresco de toronja. De inmediato los ojos de Leonard buscaron la botella que hacía falta, y la halló al lado de la televisión, entre unos CD´s y un portarretratos. En la foto sonreían Tomás y una profesora que recordaba de la secundaria; en el fondo, se apreciaban las jardineras y una canasta de básquet.

Pensándolo bien, y si el chico de la foto era el mismo que el hombre que esperaba con su ropa, ya lo recordaba. En el pasado, él había algo así como el abusivo de aquel chico… hombre. Y ahora él lo recogía del suelo y lavaba su ropa llena de vómito. Qué ironía.

–Aquí tengo tu ropa… Veo que no pierdes el tiempo –Tomás dijo dándose cuenta del portarretratos que Leonard sostenía.

–Eres el negro Tomás –Leonard afirmó recordando el apodo con el que lo había bautizado en la escuela.

–Sólo Tomás –apuntó con firmeza, haciéndole ver que los años no pasaron en vano.

–Claro –Leonard aceptó, mientras recibía la ropa.

† † †

Los días de aquella semana se sucedieron con tanta rapidez que apenas notaba que en realidad el tiempo había volado, casi literalmente. Incluso la cena de la noche anterior había quedado en el lodoso fondo del subconsciente. Nervioso, Tomás miró el reloj por enésima vez y comprobó que el tiempo que no sintió pasar en la semana, se hacía presente en cada segundo. Irritado ya con esa actitud, Randy, que esperaba a su lado la llegada de Leonard, le arrebató el celular y el reloj.

–Si te vuelvo a sorprender mirando un reloj o preguntando la hora otra vez, te juro que voy a noquearte para que ya no tengas qué esperar –Randy advirtió guardando ambas cosas en el bolsillo de su chaqueta.

–Seguro –Tomás aceptó de mala gana.

–Eso espero –Randy farfulló enfurruñado. Ya estaba harto de esa actitud de colegiala en su amigo.

Veinte minutos más tarde, Leonard hacía acto de presencia, aunque no en las mejores condiciones. A pesar de que se mantenía en pie, se notaba a leguas que no sería por mucho tiempo. Además de que era obvio que en el camino había empezado su propia fiesta.

–¡¡Tomás!! ¿Cómo estás, mi negro? –Leonard gritó con tanta fuerza que el bullicio cesó.

En su mesa, Tomás se hacía el desentendido. Era cierto que había deseado toda la semana ver a Leonard. Era aun más cierto que, a pesar de todo, seguía creyendo que lo que sentía por él era algo especial. Por eso, cuando el propio Leonard había propuesto salir para disculparse de sus barbaridades de adolescentes, se había emocionado horrores. Pero de haber sabido que no sería más que un caso algo distinto de bullying entre adultos, no hubiera ido.

Ignorando por completo a Leonard, Tomás se levantó y salió del lugar sin ninguna disculpa para su amigo, ni una mirada para el tipo que le gritaba desde una mesa cercana. Sólo quería llegar a casa y olvidarse de todo lo que había pasado.

† † †

El silencio era el dueño y señor de aquella sala de dentista; ni siquiera podía escuchar el siniestro sonido de la fresa al rotar o el característico zumbido escalofriante que produce cuando está en contacto con el diente. El reloj de pared parecía tener también un silenciador que acallaba el segundero. El cielo de un gris oscuro, plagado de nubes de lluvia, envolvía el ambiente con una tristeza especial, reafirmado por el ascético decorado de la sala de espera. Tras un enorme bostezo, Tomás se preguntó cómo era que Randy lograba trabajar ahí tarde tras tarde absolutamente solo y sin nada divertido con qué entretenerse.

De repente, le asaltó la pregunta del millón: ¿Por qué un grupo de dentistas contrataría a un hombre para recepcionista? Si Randy fuera mujer, de seguro habría dos o tres hombres rondando constantemente y el lugar nunca parecería tan solitario. Con tedio y frustración, Tomás rayó la revista de desnudistas que Randy escondíatan celosamente, hasta que la hoja se rompió junto con la espalda de aquella chica pelirroja.

¿Por qué había aceptado cubrirlo en uno de sus preciados descansos? Intentando serenarse, sacó su móvil e inició su playlist. La mayoría de las canciones eran lo suficientemente melancólicas como para hacerlo desistir de aquel intento. La llegada de un paciente perturbó la deprimente quietud que se reanudó al segundo de anunciar su llegada al joven dentista.

Al contemplar las agendas de los tres dentistas, se dio cuenta de que debían tener al menos un paciente cada cuarenta minutos. Sólo un par de pacientes había dejado su número y cuando les había llamado intentando confirmar su asistencia, ninguno había atendido la llamada. Sumado a eso, las dos veces que marcó a sus amigos, todos estaban ocupados. Por último, optó por lo único que tenía sentido hacer: se recargó en la pared, sentado en la silla con los ojos.

Al cabo de un tiempo, sintió el lento desplazar de su cabeza cediendo ante su peso y la dejó hacer. No era necesario preocuparse de otra cosa que no fuera dormir profundamente y soñar. De pronto, le pareció sentir que algo rozaba su mejilla, dejándole una sensación de comezón. Después, aquello que le incomodaba, había escogido como nuevo blanco su pelo. Lo que fuera que lo estaba molestando, pasó por su oreja. En el limbo del sueño, con la conciencia atenta pero el cuerpo dormido, sintió el tibio calor de unos labios. El vaho de otra respiración le había picado la nariz, mientras su cerebro apuraba a sus párpados a abrirse. La imagen que percibió fue borrosa, pero un segundo después percibió el perfume que flotaba en el ambiente y que se agitó a su alrededor al levantarse prácticamente en un brinco.

–¿Pero qué…? –Tomás alcanzó a pronunciar antes de que Leonel tomara posesión total de sus labios.

–Pero qué diablos –Tomás jadeó, cuando por fin se separaron.

–Querrás decir qué rico –Leonard tradujo sintiéndose desconcertado.

–En realidad, dije lo que quería decir. ¿Qué diablos haces? –Tomás cuestionó entre angustiado y temeroso. Creía que aquello sólo podía ser una broma de muy mal gusto.

–¿Estás ebrio? –inquirió, a pesar de que no había sentido en su boca el sabor a alcohol ni lo había percibido en su aliento. Pero necesitaba asegurarse.

–No. No estoy borracho –Leonard respondió con lentitud, sopesando las palabras de Tomás, quien lo miraba como si estuviera a punto de echarse a llorar.

–Entonces, ¿por qué lo hiciste? ¿Qué haces aquí? –Tomás insistió sintiendo cómo su angustia iba in crecendo.

Leonard, poco acostumbrado a ser puesto en duda, tomó con ambas manos el rostro de Tomás y lo besó con hambre nueva, profundizando como si deseara con desesperación fundirse y ser uno.

–Eso es lo que hago aquí –Leonard afirmó con la respiración entre cortada.

–Pero es que no se qué quieres con esto. ¿Qué debo esperar?

Leonard lo miró con paciencia, estudiando el rostro de Tomás, tratando de escoger adecuadamente las palabras precisas.

–No lo sé. Cada vez que estoy cerca de ti, me es difícil controlar mis ganas de estrecharte en mis brazos. Y por dios, ¡cuántas cosas no quisiera hacerte! –confesó en medio de un gesto de desesperación que acentuaba las ligeras ojeras que normalmente apenas sí se notaban.

Tomás lo contempló atónito. Ni en un millón de años había pensado que llegaría a escuchar siquiera algo parecido salir de los labios de Leonard; menos aquellas extraña declaración. Incluso si era el más bizarro de los sueños o si se arrepentía por la mañana, no iba a dejar ir esa oportunidad. Por nada del mundo echaría a perder el momento. Su momento.

Tomás miró sugestivamente a Leonard mientras se pasaba la lengua con estudiada lentitud por los labios. Sin pensarlo más, lo tomó por la nuca y volvió a unir sus labios en un lento y suave beso, disfrutando del roce de aquella lengua avasalladora. Una fría mano se coló por entre los botones de su camisa, haciéndolo estremecer y soltar un quejido.

Entre besos, las manos de Leonard, incapaces de quedarse quietas como impulsadas por un soplo propio de vida, recorrían centímetro a centímetro su piel resguardada por la seguridad de las prendas. El deseo de reconocimiento y de grabar senderos propios en esa piel, les impulsó a deshacerse de aquellas piezas. Ambas camisas terminaron por el suelo, momento en que Leonard aprovechó para ir descendiendo.

Tomás sintiendo que rápidamente era arrobado por el placer, no se contuvo en expresar con guturales sonidos que aquello le era agradable. Tanto disfrutaba de ese instante con Leonard que no se dio cuenta que el veintiúnico paciente que había ido, ya se encontraba frente al mostrador, hasta que un sonoro carraspeo lo hizo temblar.

De inmediato, Tomás empujó con las piernas a Leonard con tanta fuerza que este terminó bajo el mueble, no sin que se escuchara un golpe seco seguido de una maldición.

Avergonzado, con el color hasta las orejas, Tomás se esforzó por parecer lo más normal posible.

–S-sí, ¿qué necesita? –preguntó intentando ser cortés, sintiendo que comenzaba a brincarle el párpado bajo el ojo.

–Que te pongas la maldita camisa, pinche puto –el tipo gruñó con repulsión, cohibiendo aún más a Tomás.

Con lentitud, cuidando que no de enojar todavía más al hombre, Tomás tomó su camisa, abotonándosela tan rápido como le era posible. En cuanto a Leonard, cuando por fin se le acomodaron las ideas, se levantó casi de un salto.

–Oye tú, pendejo, ¡¡¿cómo te atreves a insultar a mi chico?!! –Leonard reclamó furioso, abriendo de golpe la puerta que daba al recibidor, dispuesto a darle una buena tunda.

El hombre pareció sorprenderse, reaccionando rápido, dando un brinco precautorio hacia atrás. Sin embargo, no se amilanó e inmediatamente levantó su guardia. Con la camisa a medio poner, Tomás corrió a darle un zape a Leonard.

–Cálmate. No te puedes pelear con este tipo. Si se hace un escándalo, pueden correr a Randy –Tomás explicó azorado, sintiendo que el corazón le latía al cien. Tanto que casi podía asegurar que Leonard era capaz de sentirlo con su mano.

Sin darse cuenta, Tom había comenzado a hiperventilar. El pensamiento de que echaran a Randy de su trabajo por culpa suya le volvía loco. Además, peor que loco se iba a poner Randy si se enteraba.

–Bien –Leonard bufó sin soltar el pomo de la puerta, mirando  con rencor al tipo.

–¿Qué necesita, señor? –Tom preguntó tan secamente que Leonard se preguntó si de verdad deseaba conservar el empleo de su amigo.

–Dame una nueva cita –soltó arrojando la tarjeta sobre el escritorio, pasando de la mano que Tom le tendía.

† † †

Aquella noche, Tom no pudo dormir. En su cabeza, daba vuelta al momento en que Leonard lo había abrazado efusivamente antes del último beso del día. Él mismo le había pedido que lo dejara trabajar y que se vieran al día siguiente. A su parecer, a Leonard no le había hecho mucha gracia que lo despidiera luego de una larga sesión de besos. Su propia persona no estuvo muy de acuerdo en quedarse solo lo que restaba de la tarde, pero era parte del favor que cumplía a Randy. Si Leonard continuaba ahí, seguro que harían quién sabe cuántas cosas sin ningún pudor, y la escena del tipo homofóbico se repetiría.

Tan temprano como le fue posible, Tom se había levantado y dispuesto a llamar a Leonard para darle los buenos días; momento en que notó que en realidad no tenía un número al que marcar. Pensándolo bien, tampoco sabía dónde encontrarlo. La noche pasada sólo le había pedido que se vieran, pero no había especificado dónde. Molesto consigo mismo por semejante estupidez, Tom de mala gana había comenzado su rutina diaria preparando su desayuno favorito: omelette de huevo relleno de queso, un gran vaso de licuado de fresa y una porción de ensalada de lechuga con pepino. Aquella combinación podía hacerle sentir mejor en un momento así. Había arreglado con paciencia un juego de cubiertos, el mantel e improvisado el centro de mesa con una pequeña maceta de flores moradas de plástico. Listo para comer, el timbre se había hecho escuchar. Por un segundo, había considerado que fuera Randy pero él sabía que escondía una la llave sobre la reja. De camino a la puerta, su pobre imaginación se esforzaba en vano, quedándose sin ideas de quién podría ser antes de llegar.

Detrás de la puerta, le esperaba la mejor de las sorpresas: Leonard armado con un colorido ramo de flores, esgrimiéndolo estratégicamente hacia él. Una sonrisa enorme se fue dibujando en los labios de Tomás, quien de golpe se sentía inmensamente feliz. Sin pensarlo más, con efusividad, se lanzó a los brazos de Leonard quien lo recibió con la misma alegría.

© XWH

*Ilustración de Parásito*

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3 thoughts on “El reencuentro

  1. Imagino que tal como aparecen en la ilustración de Parásito fue que los descubrió el último paciente. XWH, pensé que habría pelea, policía y cárcel, xD. Muy buena historia.

  2. Pues eso d carcel fue bueno pero la vdd andaba corta de tiempo y debi imaginar algo mas sencillo, todas esas lineas fueron cortesia del tiempo de mi actual trabajo – al menos en las horas k no hacia nada (solo una hora al dia, claro k es suficiente, ademas fue gracioso reirme sola)- .

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