Botones

Rubén miraba la hoja de papel en blanco golpeando nerviosamente el escritorio con el lápiz. Despegó los ojos del papel y los fijó en el reloj. Entonces, hizo cálculo. Llevaba exactamente cuatro días, siete horas, trece minutos y dos segundos sin poder escribir la dichosa historia.

Se frotó los ojos y suspiró pesadamente. ¿Por qué se había matriculado en esa clase de redacción? Ah, sí, porque quería trabajar en el periódico escolar y ese era uno de los requisitos anotados en el cartel colocado en la puerta de la biblioteca.

Se preguntaba por octava vez por qué tenía que saber redactar cuando lo que quería era ser el fotógrafo. Le parecía completamente absurdo. Hasta donde tenía conocimiento ningún fotógrafo había tenido que redactar una historia antes de sacar una fotografía; normalmente, las fotografías daban pie a las historias, y no al revés.

Dejó caer la cabeza sobre el escritorio, dándose un buen golpe al no medir bien la distancia. Mientras se frotaba la frente, recordaba que el anuncio señalaba que el tema era libre. La palabra ‘libre’ era muy bonita, pero para él no significaba nada cuando su mente era tan cerrada a las artes literarias.

Suspiró pensando cómo en un principio había decidido escribir sobre su deseo de pertenecer al periódico escolar como referencia para cuando solicitara admisión a alguna universidad. Pero entonces había escuchado en la cafetería al director del mismo, un estudiante de cuarto año, comentar lo mucho que le aburría que siempre escribieran sobre ese tema en particular.

Le echaba la culpa a ese estudiante por su “bloqueo”. Pero sabía que su bloqueo se debía a que lo suyo no era escribir. Lo suyo era fotografiar. Ver la belleza donde otros no la veían. Estar en el lugar preciso, en el momento preciso. Atrapar emociones y ser testigo de momentos importantes.

Cuando en su 10mo cumpleaños le regalaron una cámara, abrieron un mundo nuevo para él. Detrás del lente se sentía un espectador importante. Y modestia aparte, no lo hacía mal. De hecho, algunas de sus fotografías habían sido publicadas en el periódico local, gracias a haberse hallado en el lugar preciso, en el momento preciso. Aún conservaba sus primeras fotografías y su primera cámara junto con los recortes periodísticos donde habían aparecido sus fotografías. En la actualidad, poseía unas cuatro cámaras y miles de fotografías. Pero aquella cámara siempre sería su preferida y la que ocuparía un lugar especial en su corazón.

Bajó la mirada al papel y recordó que su mamá le había sugerido que escribiera sobre su pasión a la fotografía. Y hubiera sido lo perfecto, si hubiera podido ponerla en palabras. Sin embargo, todo lo que le venía a la mente era tan común, tan vulgar, tan… repetitivo.

Gruñó y se alejó del escritorio. Salió de su habitación y entró a la cocina. Se servía un plato de cereal mientras refunfuñaba por la falta de un club de fotografía en su escuela. Le fastidiaba que hubiera un club de ciencias, uno de matemáticas e incluso uno de ¡ajedrez! Si no fuera porque las ciencias lo aburrían y las matemáticas lo confundían igual que el ajedrez, se hubiera anotado en alguno de ellos.

Además, si no fuera tan perezoso, quizá podría comenzar un club de fotografía en su escuela. Pero pensar que tendría que ser el responsable de todo el papeleo para establecerlo, era suficiente para que desistiera. Además, lo que quería era fotografiar, buscar la foto perfecta, no meterse en asuntos burocráticos. Por eso, el periódico escolar era perfecto.

Casi terminaba su cereal de Smorz de Kellogg’s, cuando su celular sonó.

–¿Cómo va mi escritor favorito? –escuchó la voz aniñada de su novio.

–Búrlate, pero que sepas que cuando sea famoso, ni te miraré –contestó sonriendo.

–Sabes que te patearé allí donde no da el sol si te atreves a ignorarme.

Se rió al escuchar el fingido enojo en su voz.

–Ahora, en serio, ¿cómo vas con la historia?

–Biiien –mintió.

–O sea, que aún no has escrito ni una palabra.

Sí, su novio lo conocía demasiado bien.

–No sé sobre qué escribir –se quejó.

–Llevas cuatro días diciendo lo mismo. Ya se me han agotado las sugerencias… y las amenazas.

Volvió a reírse, aunque se puso serio al recordar que si no terminaba ese día, su novio se iría al día siguiente a ver la exhibición sin él. No era que se muriera por ver una colección de botones en el museo de historia, pero sí moría por viajar con él en tren y quedarse a dormir en la ciudad.

Tras unos momentos de silencio en ambos lados de la línea, su novio dio un grito que lo sobresaltó.

–¿Qué ocurre? –le preguntó preocupado.

–¡Ya sé! Escribe sobre el día en que nos conocimos.

Rubén tuvo que admitir que no había pensado en eso.

–Me parece una buena idea.

–¿En serio?

–En serio.

–¿Quieres que te ayude a comenzarla?

–¿Tienes que preguntar? –escuchó a su novio reírse.

–Vale, amor, anota.

–Espera –Rubén corrió a su habitación y se sentó frente al papel en blanco.

–Ya estoy listo –dijo sujetando el lápiz.

El silencio recorría el pasillo vacío, rozaba las paredes, arrastraba voces amortiguadas por las puertas cerradas y jugaba con los carteles que daban la bienvenida a los estudiantes.

El eco de pasos interrumpía la calma en la que estaba sumida la escuela a esa hora. Un chico de apariencia aniñada recorría el pasillo con mirada inquieta y fuertes latidos de corazón.

El Principal Jones miraba su reloj con impaciencia. El chico sabía que desde que el hombre había posado sus ojos sobre él durante la matricula, lo había catalogado de extraño. Lo sabía, porque hacía años que se había vuelto un experto leyendo expresiones corporales.

Con una sonrisa, había pensado que cambiar de hogar, escuela y hasta país cada cuatro años era un fastidio; pero este cambio era su oportunidad de lograr tener lo que siempre había deseado. Para su padre, aquello era completamente natural, debido a que su abuelo y su bisabuelo habían sido hombres militares como él y jamás habían vivido en un país en específico más de cuatro años.

El Principal Jones se había acercado al maestro y tras hablar rápidamente con él, había pasado por su lado murmurando con acritud “Bienvenido”.

“Otra vez el ritual de ser exhibido como un bicho raro y tener que presentarme ante un grupo de extraños que se burlará de mí… ¡No pienses así!”, se había auto recriminado. Después, había mirado con nerviosismo e impaciencia al maestro, mientras este pedía silencio a la clase.

–Ahora continúas tú.

–Amor, no sabía que tenías alma de escritor –dijo asombrado del buen comienzo que su novio le había dictado.

–Eso es para que me aprecies más.

Su risa llena de matices fue lo último que Rubén escuchó antes de que su novio cortara la llamada.

Con ánimo renovado, continuó la historia donde su novio la había dejado.

Rubén había agradecido la interrupción. Odiaba la clase de japonés. Su padre había insistido en que estudiara ese idioma, ya que tenía planificado un viaje al Japón durante el verano. Él por su parte hubiera estudiado francés, el idioma del amor. Nada lo motivaba a asistir a esa clase, pero se veía obligado porque su padre y el maestro pertenecían al mismo club de ajedrez que se reunía todos los domingos.

Al levantar la mirada había visto un chico de cabello corto, que llevaba pintado de azul claro, aunque las puntas que sobresalían detrás de sus orejas eran de color negro. Pero lo que lo había dejado con la boca abierta había sido que tenía hebillas en su cabello y un arete en la oreja izquierda ¡en forma de botones! Además su chaleco, mochila y cinturón estaban adornados con… sí, botones. Botones que iban desde el más sencillo hasta el más extravagante. Botones de colores y texturas diferentes.

El chico nuevo se había sentado a su lado, tal como el maestro le había indicado. Sabía que cuando regresara al día siguiente Michelle, su mejor amiga, haría todo un espectáculo, ya que ese era su pupitre.

El chico apenas había colocado la mochila en el respaldar del asiento, cuando el maestro le había pedido que se levantara para que se presentara al grupo.

Dando un tembloroso suspiro, este se había levantado y hablado con un tono de voz que dejaba claro lo mucho que todo aquello le emocionaba.

–Me llamo Bruno Díaz, pero mi apodo es Botones. Tengo 15 años y vengo de Australia.

De inmediato, se habían escuchado varias risitas antes de que el maestro preguntara el origen de su apodo.

–Es que colecciono botones –había contestado.

De nuevo, se habían escuchado risas pero estas iban acompañadas de comentarios burlones.

–Bruno, espero que cuando hablemos sobre Australia puedas compartir anécdotas con tus compañeros –había dicho el maestro sonriendo, indicándole que podía sentarse.

–Por favor, dígame Botones –había pedido el chico desviando la mirada, topándose con la de Rubén.

Y entonces pareció que el tiempo se detenía para ambos. Grandes ojos dorados quedaron fijos en almendrados ojos azules. Diferencias de tamaño, de sexo y todo lo demás, quedaron olvidadas. La emoción que Rubén sintió en ese momento superó la que había sentido cuando había colocado por primera vez una cámara delante de sus ojos. Algo maravilloso comenzaba a germinar allí… Algo llamado Amor.

© VRaion

*Ilustración de Luro*

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5 thoughts on “Botones

  1. kyaaaa es una gran historia muy bonita y me gusto mucho el tono pikaro de los dos es muy genial vaya ya te habias tardado en escribir me alegra mucho el poder leer de nuevo una de tus historias sensei eres genial animo sensei !!!!!!! jejej es muy padre y bueno jajaja solo k me imagine a bruno diaz de batman aunk choka mucho con el personaje jajajjaa mucho contraste n.n eso estuvo padre me encantan los botonoes siempre me han llamado mucho la atencion jajajaja es muy buen trama felicidades sensei es muy buen trabajo XD

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