Galatea

Una atmósfera densa me sofoca al entrar al antro, luces intermitentes de colores, imágenes distorsionadas de cuerpos que se retuercen unos contra otros y el olor. Ese olor, mezcla de humo, sudor y algo dulzón y pesado. Odio estos lugares; odio a estas personas; odio esas luces; odio todo. Pero tengo negocios pendientes con esa escurridiza alimaña que se esconde en este tipo de lugares, así que más da. Mejor apresurarme. El paquete debajo de mi brazo se mueve. Sea lo que sea que estoy traficando, al parecer también odia esta música y este ambiente tan… carnales. Si no fuera tan peligroso, tal vez me lo quedaría.

Subo las escaleras, buscando la puerta en donde la alimaña esa se esconde. Lo detesto. Detesto su forma de hacer negocios, pero es eficiente. Además, no tengo tanto interés en esto como para esforzarme y hacerlo a mi manera, así que ya qué. Las cosas están bien como están, ya que sólo tengo que salir para hacer trabajos sencillos como estos de vez en cuando.

La caja se revuelve aún más cuando abro la susodicha puerta y un olor cítrico llena mis narices. Supongo que mi pequeño e incógnito amigo ya presupone su destino con este hombre. Entro a la habitación y lo veo. Es un hombre de unos cincuenta años, con los cabellos canos, ya sólo a los lados de su cabeza. No tiene una apariencia muy distinta a la de un hombre normal de negocios y allí radica su amenaza. Trata esto como si fuera un negocio cualquiera, cuando esperas que se tome todas las precauciones necesarias.

–Oh, no esperaba que la cabeza de Galatea fuera tan joven –me sonríe, con una humildad tan falsa como los diamantes alrededor del cuello de la mujer que está a su lado.

–Lo siento, señor, pero tan sólo soy un mandadero. Según los detalles que me dieron, debo entregarle esta caja al Sr. Nefarious, en el club X, en la habitación número 6. ¿Está usted esperando este paquete? –es obvio que sí. Pero hay que seguir las formalidades. No soy nadie aquí, es el papel que me he impuesto. Trato de aparentar estar calmado, pero nervioso por dentro. Como si eso fuera posible. Esto no me importa. Sólo quiero irme ya. El olor me desagrada y el animal en la caja está mucho más inquieto.

–¿Eh? –Nefarious se sorprende–. Pero dejé en claro que necesitaba ver a Nicolai. Tenía tantas ganas de conocerlo –parece solo desilusionado, pero en este negocio he aprendido que esa mirada no es una inocente desilusión. Se siente ofendido.

–Emmm… Sí, también me dieron esta carta para usted. Aquí está la explicación –me apresuro a añadir y saco el papel  del bolsillo.

La mujer de los diamantes falsos (ahora que me fijo, creo que los pechos también son falsos) se acerca y me arrebata la carta para dársela a su jefe.

Nefarious hace un gesto y casi puedo oír al asesino guardando sus armas. ¿Habrá sido una pistola con silenciador o navajas? Siempre he tenido más predilección por las últimas. Nefarious abre el sobre y comienza a leer. Se ve algo molesto por tener que hacer ese esfuerzo. Casi nadie usa lápiz y papel para escribir hoy día. Todos los mensajes son grabados, lo que no implica nada de esfuerzo al recibirlos. Sé exactamente lo que dice esa carta.

“Oh, Nefarious, amigo mío. Lamento no estar disponible esta noche. Como sabes, mi salud no es la mejor y tampoco se digna a avisarme con anticipación cuando me clavará por la espalda. Espero que no estés muy desilusionado. Para comenzar, ya pagué al asesino a sueldo que contrataste para emboscarme”. Sé que llegó a ese punto, porque abre grande los ojos y aprieta los dientes. A nadie le gusta que vean a través de sus planes y menos en este ámbito. “Por favor, no mates al pobre chico. No lo parece, pero las drogas han dejado todos sus órganos inútiles para mis necesidades y sus deudas y ofensas son muchas. Y, solo por si no hayas entendido, eso fue sarcasmo. De todas formas, no pienso pedirte nada. Sólo ansío terminar con este negocio y que en el futuro sigamos teniendo tan buenas relaciones como ahora”.

–¡Maldito imbécil! ¡Tú! –señala a un punto oscuro de la habitación y un hombre de pequeña estatura y rostro cadavérico, en un fino y rico traje, sale de la oscuridad–. ¿Es cierto eso? ¿Te has vendido?

El asesino calla por un momento, midiendo sus respuestas.

–No, señor. Si habla sobre traicionarlo a usted, las órdenes de mi contratista no dicen nada al respecto –dice, con una voz monótona y los ojos destilando un aura asesina.

–Pero ¿qué? Tu contratista…

–Es Nicolai, Sr. Nefarious. Estoy aquí bajo sus explícitas ordenes –interrumpe el pequeño hombre, sin perder la calma.

Nefarious se siente un estúpido y no es para menos. De seguro, no le pidió ningún contrato anticipado al asesino y estos chinos son muy quisquillosos al respecto.

–¡Deja la estúpida caja en el suelo y vete! –me grita, y hago mi mejor esfuerzo por sofocar una risa burlona y obedecer con premura.

Al salir, me encuentro con el humo denso encharcado de sudor. Si tan sólo fuera tabaco, en serio, no me quejaría y tal vez, hasta me quede un poco más. La mansión puede ser tranquila, pero los sirvientes no dejan de tener sus sospechas. Enciendo un cigarrillo, para al menos darle ese gusto a mis pulmones. Pero, apenas le doy la primera chupada, siento a una persona llegando por detrás y abalanzándose a robármelo. Es un chico de cabello púrpura con piercings en los labios y en la ceja. Pero lo realmente interesante era el collar, con la cadena alrededor de su cuello.

–Oye, eres nuevo aquí –me dice con una sonrisa pícara. Le da una calada profunda a mi cigarrillo.

Alzo una ceja con molestia. ¿Quién se cree este?

–¿Quieres jugar un rato?

No le contesto. No tengo por qué. Lo saco de encima de mí y sigo caminando, ignorándolo. Pero el chico ese no me deja en paz. Me toma del brazo, pegándose, tratando de llevarme por un camino diferente. Ugh, qué asco.

–Vamos, al principio te parecerá asqueroso –vaya, pareciera que me lee la mente–. Sin embargo, al final, todo es igual. Hombres, mujeres, o esas nuevas muñecas que salen ahora. El placer al final es…

–Es eso lo que me repugna –lo interrumpió, liberando mi brazo de su agarre, con algo de violencia–. Eso, tú y todos los demás –no sé por qué tengo que aclararlo. Supongo que es porque estoy cansado. Odio salir.

Odio salir y toparme con personas. Saludar, conversar o simplemente ignorar. Odio las convenciones sociales. Odio todo esto.

Al llegar a la mansión, veo a uno subordinados de Galatea esperando en la sala. Puede que los sirvientes tengan sus sospechas y chismes, pero sí que saben hacer su trabajo. No los dejaron pasar a la sala de Nicolai. Trato de pasar de largo, sin que me vean. Sin embargo, Erik, el segundo al mando, logra avistarme y me detiene de inmediato.

–Johann, espera –su voz es suave, pero firme. No sé cómo sentirme acerca de él. No trata de acercarse tanto como para odiarlo, pero… es una persona. Nunca se puede confiar en las personas.

–Te necesitaremos en la reunión. Por favor, ven con tu padre –la voz se le oscurece al decir eso. Creo que en el fondo, lo sabe. Sabe el secreto de la cabeza de Galatea, de Nicolai.

–Lo pensaré –le respondo y me voy a despertar a Nicolai, mi padre.

§§§§§

Por más de que intenté evitarlo a toda costa, no puedo negarme al razonamiento de Erik. Es la única persona cuyo razonamiento puedo seguir y entender. Es la única persona que puede hacerme participar un poco más en este fastidioso negocio familiar. Fueron sus palabras las que me forzaron a terminar mis estudios. Es que la máscara de laboratorio genético no se mantendría sola, necesitaba de profesionales al mando. Nicolai era un científico genial, y podía llevar a cabo solo la farsa, pero debían prepararme para cuando él se fuera. El problema con eso era que, ahora que yo también tenía los títulos de mi padre, también a mí me concernían los asuntos oscuros que ocurrían bajo la fachada de laboratorio, la verdadera naturaleza de Galatea.

Tráfico de criaturas genéticamente alteradas. Algo que estaba mal en tantos sentidos. Primero, la alteración genética fue prohibída poco después de que Nicolai desarrollara la habilidad de jugar con los genes a su gusto. Segundo, era ilegal traficar con animales en la forma en que lo hacíamos. Y sí, casi todos los pedidos de Galatea eran de animales. Alguno que otro se refiere a crear clones manipulados, desarrollar órganos para trasplante. Pero el objetivo de Nicolai no era hacer dinero, o conseguir fama. Ni siquiera seguir desarrollando sus habilidades por el bien de la ciencia o algún noble ideal. Nicolai era un genio infantil. Sólo quería crear y si no tenía ideas, recibía las de los demás y les concedía el deseo de tener quimeras a quienes fuera.

Nicolai era mi padre. Nunca pude decir si lo que hacía estaba bien o mal, y no me importaba. No tenía intenciones de seguir su camino, ni de tomar el mando del negocio y aún sigo con esa idea. Prefiero ser un mandadero y vivir una vida tranquila. Sin embargo, con Erik detrás, no puedo sentarme tanto como quisiera.

Por ejemplo, no puedo faltar a reuniones como estás, cuando el que invita ya sabe de mi existencia. Crowley era un hombre desagradable que recibió su merecido en el incendio de uno de sus laboratorios de éxtasis. Su rostro quedó desfigurado, así como casi todo su cuerpo por culpa de las graves quemaduras. Su aspecto no me sorprende. Lo que realmente me sorprende es verlo a él, al chico de pelo lila del antro, a su lado. Me lanza una mirada rápida, pero no se atreve a sostenerla. No parece el mismo de aquel día, parece… tener miedo.

Crowley nos manda sentar delante de él, en un salón con aire japonés, mientras él mismo viste una yukata que dejar ver más de su desfigurado cuerpo. Nicolai se sienta primero y luego lo hago yo. El chico de pelo lila gatea hasta llegar al lado de Crowley, pero no parece querer acercarse del todo. Este toma la cadena y la estira para que el chico se acerque más.

–Oh, perdonen mis malos modales. Este de aquí es Kiyoshi, mi… –hace un pausa– mascota –termina, saboreando las palabras como si fueran un dulce. El chico de pelo lila, baja la mirada y por un segundo puedo verlo asustado.

Pero eso no tiene sentido. Por lo que sé, personas como Kiyoshi están más que dispuestas a ser tratadas de esa forma. Incluso tiene el collar. En nuestro ámbito, cuando decides llevar ese collar, decides decirle a todos que esa es tu forma de obtener placer. ¿Será porque su amo de turno no es tan… agradable a la vista? Vaya, las personas pueden ser tan superficiales a veces.

–Mucho gusto, Kiyoshi –responde Nicolai, y, conociéndolo, sé que tiene curiosidad por ese dichoso collar que parece someter al joven, que ahora descansa plácido sobre las piernas de su dueño. Su mirada ámbar esta distante y algo en toda esa situación no me agrada para nada–. Mi nombre es Nicolai y este es mi hijo Johann. Estamos aquí para escuchar los pedidos de tu amo.

Yo no digo nada, no es necesario. Tan sólo me siento en esa postura incómoda, esperando que esta horrible reunión termine. Erik dijo que la situación de Crowley era más complicada que sólo sacar fotos y estudiarlas en el laboratorio, que debía ir allí y examinarlo por mi cuenta. Además, ayudaría a la imagen de la empresa en los ojos de Crowley, ya que creerá que enviamos dos expertos a revisarlo. Esas palabras terminaron por convencerme de lo mucho que sabe Erik de la situación de Nicolai.

Nicolai y yo comenzamos a revisar el cuerpo quemado del hombre, que deseaba a toda costa recuperar el cuerpo que tenía antes del accidente. Estudiando su historial, comenzamos a buscar las posibles soluciones. Una simple cirugía estética no haría mucho por él y definitivamente, no le devolvería el rostro que tenía antes. Íbamos dándole vueltas y vueltas a las opciones, pero Crowley se mostraba renuentes a todas ellas. Eso era porque no quería opciones, ya tenía una decisión.

–Podrías simplemente decir que quieres un nuevo cuerpo, Crowley. No es necesario ningún recato de ese tipo con nosotros –termino perdiendo la paciencia y digo lo que pienso sin más ni menos.

–Jejeje, mi pequeño es un poco impaciente –oh, dios, siempre odié que me llamara así–. Pero es verdad, Crowley, amigo. Si lo que deseas es un nuevo cuerpo, uno más joven y más eficiente, sólo pídelo. Estaré más que dispuesto en complacerte, si tienes lo que pido.

–Directo al grano, ¿eh? Bien, sí, es exactamente eso lo que quiero, Nicolai, y sabes lo delicado que podría ser si alguien se entera –dice Crowley, haciéndole una señal a Kiyoshi para que se acerque–. Es hora de hablar de negocios, Kiyoshi, ¿por qué no van tú y Johann a la otra habitación y te encargas de entretenerlo?

Kiyoshi me guió a una habitación apartada, con una cama enorme de telas grises. Así que ese es el significado de entretener para él. ¿Acaso a Crowley no le importa que otros jueguen con sus juguetes?

–Crowley cree que me está cumpliendo un capricho, ¿sabes? Dejándome dormir con quien quiera cuando él no tiene ganas –otra vez, pareciera que lee mi mente–. No es como que quiera un cuerpo bonito tomándome a la fuerza. Lo que deseo, en verdad, es olvidarlo –agrega, mientras se acerca a mí y rodea mi cuello con sus brazos–. Mientras los adultos hablan, podríamos divertirnos, ¿no crees?

–No –respondo con frialdad y lo aparto. Me siento en un pequeño sofá cerca de la ventana y enciendo un cigarrillo.

Kiyoshi lanza un suspiro molesto y vuelve a acercarse a mí, al parecer no es de los que se rinden con facilidad. Se sienta en una silla frente a mí y se cruza las piernas y los brazos, mirando a través de la ventana.

–¿Por qué te doy asco? ¿Por culpa de este collar, acaso? Es sólo un artilugio de moda, si quisiera podría sacármelo, pero… –se detuvo mirando la cadena que colgaba de su cuello–. ¿O es porque soy un chico? Ahora que lo pienso, podría ser ambos.

No respondo y él no me presiona por unos momentos. Ambos miramos a través de la ventana, una ciudad gris y oscura, envuelta en humo.

–No me molesta el collar, ni que seas un hombre. Me molestas, como todos, nada más –termino respondiendo, sin saber por qué. No me importa lo que él piense de mí, pero estoy aburrido.

–Oh, no te agradan las personas en general –concluye y me mira de reojo, con una sonrisa ladeada–. No sé por qué eso es un alivio.

–Porque eres un imbécil –lo insulto y me levanto, apagando el cigarrillo contra las refinadas cortinas de la habitación.

–Capaz tengas razón –me dice y me abraza por la espalda. Sus manos no pierden tiempo y recorren lo que pueden de mi cuerpo, sobre el traje negro que llevo encima.

–¡Basta! –grito y me doy la vuelta con brusquedad para darle un codazo a Kiyoshi, pero el chico es más rápido que yo y había predicho mis movimientos, evitando el golpe y aprovechando mi falta de equilibrio para empujar y tirarme a la cama–. No quiero esto, ni de ti, ni de nadie –escupo, sentándome en la cama. Kiyoshi se inclina sobre mí.

–No tienes por qué temerme, pequeño Johann. No puedo hacerte daño –mueve la cabeza y el cuello, haciendo que la cadena se balancee, dándome a entender de qué está hablando. Con esa cadena allí, a mi alcance, puedo someterlo en cualquier momento. Pero no es lo que quiero hacer. Aún así, mi mano se mueve sin previo aviso y termino tirando del collar, con fuerza y rabia, acercando su rostro al mío.

–¡No tengo miedo! –gruño, enfadado–. ¡No tengo miedo! –repito y algo en mí se rompe. Aprieto los dientes con fuerza, estudiando las reacciones del otro. Al principio, es algo de miedo con sorpresa, pero luego, parece calmarse y… sonríe. Su sonrisa termina por hervirme la sangre, pero, en vez de golpearlo, lo acerco para besarlo, con fuerza, ira.

–¿Ves? Esto no es nada –digo cuando lo suelto, pero mi corazón no piensa lo mismo.

Kiyoshi alza una mano y me acaricia la mejilla.

–Está bien –me susurra al oído–. Tira cuanto necesites, hasta sentirte seguro.

Puede que haya sido verdad. Puede que si tuviera miedo de la cercanía, de un beso o un abrazo. Pero no creo que eso explique todo lo que hice con Kiyoshi en esas dos horas que Nicolai y Crowley arreglaban los detalles del trato. Volví a sentarme en el sillón de antes, sin nada de ropa ahora, y encendí otro cigarrillo. Kiyoshi seguía en la cama, jugando con la cadena que colgaba de su cuello.

–No siempre le tuve miedo –dice, de la nada–. Cuando nos conocimos, era él quien me temía, el que temía a todos, y era yo el enamorado que había perdido la razón. Escuché de estos collares y de inmediato me conseguí uno para que Crowley pudiera acercarse a mí, sin temor. Pero las cosas cambiaron y cada vez odio más este artilugio del demonio. Temo que al sacármelo, Crowley lo vea como una traición y me haga daño. Pero hoy me alegra llevarlo puesto, o no podría haberme acercado tanto a ti, aunque sea de forma física –me sonríe.

Muerdo el cigarrillo que tengo en la boca y lo escupo al basurero. Que se queme si quiere quemarse. Lo que acaba de decir ese chico me ha puesto de mal humor, de muy mal humor. Y no son sólo sus palabras, sino esa sonrisa. Esa felicidad real que no había visto en mucho tiempo, en nadie.

Una semana después tomé mi decisión. El cuerpo de remplazo de Crowley estaba casi listo. Nicolai estaba trabajando en él cuando entré al laboratorio. Erik llegó poco después. Nicolai apenas se detuvo para saludarlo. Me pregunto si ese fue un error de mi parte. Erik se acercó a mí y me preguntó por qué lo había llamado.

–He tomado una decisión, Erik. No puedo seguir así. Odio todo esto.

–No puedes retirarte, Johann. Tu padre…

–Ese no es mi padre –lo interrumpo, mirando a Nicolai, o mejor, al remplazo de mi padre.

–Lo sé –Erik sonrió–. He pasado tanto tiempo con tu padre, que puedo decirte que ese de ahí, no es más que una copia… Bien hecha, debo admitir. A veces siento que aún está aquí –me confiesa.

–¿Lo has sabido desde el principio?

–Quién sabe. No estoy seguro de cuándo fue que simplemente acepté que ese no era Nicolai y que nunca más lo vería. Aunque… me gustaría saber que fue de él.

Me quedé en silencio después de eso, pensando si debía tomarme la molestia de decirle todo. Había pocas personas por las que podía sentir empatía y Erik era uno de ellos. Jamás entendí por qué estimaba tanto a mi padre, pero era así. Para Erik, mi padre fue tan importante que, aún después de su muerte, decidió cuidarme a mí, su hijo. Capaz se lo deba.

–Murió hace cinco años, por culpa de sus caprichos y manías. Cogió una neumonía y se rehúso con uñas y dientes a pisar un hospital. Murió sin que nadie pudiera hacer nada, y sólo yo estuve allí esa noche. Me había dicho que el negocio, ambos negocios, quedaban a mi cargo y que debía madurar y hacerme responsable. Esa noche, lo odié más que nunca. Siempre metido en sus estudios e investigaciones, incluso usándome a mí para ellos… Y luego se iba, dejándome ese infierno a mi cargo.

Erik sabía que no me llevaba bien con mi padre, que había quebrado mi confianza y muchos de mis problemas se debían a ese hombre, así que no tenía problemas en decírselo todo.

–Me rehúse, pero sabía que el consejo no me dejaría en paz, así que utilice su laboratorio y, con un poco de mecánica, hice un doble. No es puramente orgánico, tiene más de sintético que de cualquier forma. Los patrones de conducta los tenía guardado en uno de sus viejos discos duros, así que…

–¿Qué paso de su cuerpo? –me interrumpió Erik, adivinando que todo lo que seguiría serían especificaciones técnicas del androide que representaba a mi padre.

–Criogenia –respondí, escuetamente.

–Gracias. Ahora bien, ¿qué deseas hacer? No puedes simplemente cerrar este negocio. Los clientes podrían enfadarse y te llevarían a la quiebra y a la cárcel. Quién sabe si a la muerte.

–Tú también estás en peligro –le dije–. ¿Sabes? Creo que tenerlo a él, tan sólo me hace recordar que no debí confiar en mi padre, ni en nadie –saqué un arma y apunté al rostro de mi padre–. Pero, debería dejarlo ir; a él y esos temores –disparé sin pestañear.

El cuerpo cayó al suelo, retorciéndose, con la sangre falsa haciendo un charco en el suelo. Y yo seguía disparando.

–No, Erik. No cerraré este negocio. Haré que toda esta red desaparezca.

§§§§§

Los rumores se esparcieron rápidamente. La muerte de Nicolai y la rápida sucesión por parte de su hijo prodigio, Johann. Lo que sucedió después, también fue rápido; tan rápido que muchos de los sucesos no pudieron llegar a la prensa. Empresas que de repente quedaban en bancarrota, grandes empresarios asesinados, así como conocidos mafiosos y muchos otros incidentes. Por un tiempo, la ciudad se había sumido en un frío baño de sangre entre altos poderes que se culpaban unos a otros por las muertes. Pero nadie llegaba a conectar los puntos y ver que las víctimas tenían una sola cosa en común: habían hecho negocios con Galatea. Pero Galatea siempre había sido una empresa del bajo mundo que todos consideraban inofensiva y más después de que el hijo, del que nadie sabía nada, había tomado el mando y congelado todos los procesos

Todo fue tan rápido, que en menos de dos meses, ya estaba a punto de terminar. Crowley lo sabía. Sabía que él sería el último.

–Es el ángel de la muerte, Kiyoshi –decía, con paranoia–. Nos está castigando por jugar con la vida. Nos está castigando a todos.

Kiyoshi vivía con más y más temor cada día que pasaba. Crowley había pasado de ser un sádico violento a un asustado paranoico que haría cualquier cosa por quedarse con él. Kiyoshi no había deseado ese papel. No quería ser la única perla por la que Crowley vivía, pero no podía hacer nada para evitarlo. Si lo desobedecía o escapaba, corría el riesgo de que el hombre perdiera la cordura por completo y lo matara.

–Cálmate, Crowley. Estás alucinando –Kiyoshi trataba de calmarlo. Estaban en una habitación asegurada, con solo una puerta para salir. Crowley se había encerrado allí con Kiyoshi, llevado por su paranoia.

–Oh, Kiyoshi. Tú siempre me amaste, ¿verdad? –Crowley se arrodilló y sentó a Kiyoshi sobre su regazo–. Cuando todo el mundo buscaba lastimarme, sólo tú te acercaste para darme esa paz que necesitaba. No puedo dejar que me aparten de ti. No puedo. Ni siquiera el ángel de la muerte lo hará.

Kiyoshi comenzó a temblar. Había algo tan sombrío en Crowley ese día. Se mordió el labio, conteniendo algunas lágrimas. Es cierto que alguna vez amó a Crowley, es cierto que hizo de todo para acercarse a él. Sin embargo, ahora se arrepentía. Crowley no era la persona que había esperado. Y él mismo no era la persona que Crowley pintaba en sus delirios. “Me equivoqué. Oh, Dios, me equivoqué”.

–No, no. Nadie podrá separarnos –volvió a murmurar Crowley y Kiyoshi sintió que el otro se movía, rebuscando entre sus ropas. Se dio la vuelta, a tiempo para ver que Crowley sacaba un arma. Sus ojos parecían estar fuera de órbita. Su boca se curvaba en una sonrisa turbada–. Viviremos juntos para siempre.

Kiyoshi, por vez primera, dejó que el impulso de alejarse de Crowley lo dominara y trató de llegar hasta la puerta. Pero Crowley lo tomó de los cabellos y lo lanzó contra una pared.

–No te preocupes. Estarás solo un momento y después llegaré yo… allí, donde nadie puede separarnos –apuntó el arma con determinación y Kiyoshi no pudo hacer más que cerrar los ojos y esperar el golpe.

Escuchó el estruendo del disparo y el peso muerto de un cuerpo chocando contra el suelo. Cuando Kiyoshi pudo abrir los ojos, vio que el cuerpo era el de Crowley. Observó sin creerlo. Él no estaba muerto. Pero, ¿por qué?

Una figura se acercó a él y de inmediato lo reconoció.

–Johann, pero ¿qué…?

–Eres tú el que tiene miedo…

§§§§§

Kiyoshi ríe tirando del brazo de Johann. Este refunfuña, girando los ojos. ¿Por qué dejó que Kiyoshi lo convenciera de ir a ese sitio? Odia estos lugares y eso no cambia por más que haya dejado atrás su fobia a la gente. Kiyoshi lo guía al medio de la pista, en el mar de gente y comienza a bailar. Johann lo mira con ojos tediosos, dando a entender que NO le gusta estar ahí y mucho menos que tantas personas vean a su novio bailar de forma provocativa.

–Jajaja, eres tan celoso –ríe Kiyoshi, otra vez, como si hubiera leído su mente. Lo abraza por el cuello y le da un pequeño beso–. No te preocupes, eres el único que puede tirar de este collar –le dice y Johann alza una ceja.

–¿Otra vez con eso? –pregunta el joven y alza las manos para desabrochar el collar–. Si necesitas de artilugios como estos para tener el control, no deberías llamarte hombre –dice y lanza el collar entre la gente.

Kiyoshi no dice nada, se queda quieto, colgando del cuello del otro y con los ojos al borde de las lágrimas. “No es lo crees”, piensa Kiyoshi, “no temo que dejes de amarme porque no puedes controlarme”.

–No me temas, Kiyoshi. Si yo confié en ti ese día, ¿acaso no es justo que tú también confíes en mí? –le susurra Johann al oído.

Kiyoshí abre los ojos, incrédulo. ¿Cómo lo supo?

Johann lo abraza y oculta su rostro en la curvatura de su cuello. –Pero aún tengo miedo, debo admitir –sigue hablando en voz baja–. Así que, déjame acercarme un poco más, para que ambos temamos juntos, ¿sí?

Kiyoshi sigue sin responder, pero una risa rara se escapa de sus labios. Acoger a alguien en tu vida es tan difícil, tan… aterrador. Pero vale la pena, ¿no? Vale la pena arriesgarse por tener en quien confiar.

© Leia

*Ilustración de Ayase*

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3 thoughts on “Galatea

  1. o///////////o Dios mio me quede sin palabras asdfd
    Leia eres la mejor de las mejores, nunca me imagine una historia asi ,,aasbs
    Me re encanto ¡¡¡¡¡ ❤

  2. Ayase, me encantan los colores de la imagen, a la cual Leia logró darle vida. Me gustó mucho y confieso que temí un final trágico por un segundo 🙂

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