Warcraft, la épica desdicha de Yuuto

Yuuto miraba a las personas frente a sí con aburrimiento y cansancio. La situación no dejaba de ser mala. No, SU situación era la que no podía ser peor. Parecía que no existía alguien con quien compartir su desgracia o que quisiera comprenderla. Claro, ¿quién se interesaría por el sufrimiento de un joven hombre que permanecía parado en medio de un escenario en el papel de una princesa secuestrada?

Nadie…, ni siquiera los mezquinos que tenía por compañeros.

Sin evitarlo, suspiró. Tenía que admitir que la situación no era tan extraña. Si se tenía en cuenta que el Instituto Sengoku hospedaba una población exclusivamente masculina, alguien debía hacer el papel femenino. ¿Pero de una obra escolar otaku? ¿Y que el Presidente de clase sea la princesa elfa? o ¿era mágica?

No importaba eso.

En realidad, lo verdaderamente importante, lo único que le molestaba, subsistía en el hecho de que la idea, maquinación y plan perverso para causar su desgracia, había surgido de esa maldita cabeza otaku.

“Estúpido Otaku”, maldecía una y otra vez la princesa enfurecida. Ver a las chicas en el público gritando emocionadas por ese sujeto, lo irritaba demasiado. Era contradictorio que con el éxito de la obra, Yuuto estuviera tan disgustado. Porque en escena y luciéndose como imbécil, el pedazo de idiota que lo colocó en esa vergonzosa situación, se ganaba el corazón de todas las chicas presentes.

Todos admiraban a ese caballero de sangre que no tenía que sufrir con un incómodo vestido, o una espantosa peluca que no dejaba de dar comezón y ni hablar del maquillaje que sentía como plastas pesadas en el rostro. Indignado y sin algo mejor que hacer hasta que el pelmazo lo rescatara, su mente comenzó a recordar cómo desde hacía un mes su vida se había ido a pique.

Sabía que el génesis de su desgracia yacía en la última –y fatídica– junta que el salón 2-5 de la Escuela Preparatoria Sengoku celebró en el aula.

Recordaba con claridad.

Ese día en que las clases habían transcurrido con la normalidad que un instituto varonil de preparatoria  puede dar, debían tomar una decisión importante: votar por la actividad que realizarían para el Festival Cultural. Él, como representante de clase, tenía el deber de dirigir a sus compañeros hacia un proceso claro, que diera como resultado una actividad recreativa, bien planeada y sobre todo atrayente.

Aunque claro, eso sólo sería posible en una clase que mostrara un poco, aunque fuera el mínimo, de ánimo. No pedía mucho, sólo lo suficiente para que sus compañeros mostraran interés por la junta. Carraspeando, Yuuto insistió por tercera vez a sus compañeros.

–Chicos –trató de sonar lo más amable posible–, podrían decirme ¿QUÉ quieren hacer como actividad cultural para el festival? –hastiado terminó alzando la voz.

La realidad se alzaba nefasta ante sus ojos. Aquellos que no dormían en sus bancas, estaban entretenidos con sus celulares, y el peor de los casos se daba en aquellos que permanecían en silencio mirándolo como si de un bicho extraño se tratara.

Michiru, quien también era representante de clase y especialmente su mejor amigo, decidió tomar el control de la situación. Incluso para él, que se caracterizaba por su paciencia, la situación le parecía una pérdida de tiempo. Sin exagerar, sus compañeros permanecerían en ese estado hasta que alguien quisiera rebelarse y salir del aula.

Con una sonrisa en el rostro, Michiru miró en torno al salón y caminó hacia las puertas corredizas para cerrarlas con seguro. Algunos intentaron detenerlo, pero el aura siniestra que lo rodeaba impidió cualquier acción que pudieran tomar.

Estaban condenados.

Para cuando Mit-chan regresó al lado de Yuuto, las propuestas caían sobre ellos como avalancha. Las ideas pasaban desde las más clásicas hasta las más absurdas. Pero de la misma manera en que llegaban, ambos delegados las rechazaban como verdaderos bateadores de las ligas mayores. La euforia se apagó tan rápido como llegó y sin ninguna buena idea, los ánimos comenzaron a calentarse.

La histeria era tal, que incluso Yuuto amenazaba con golpear a unos cuantos. Y en ese fatal momento, la peor propuesta se elevó por sobre el murmullo de violencia.

–¡Warcraft!

–¿EH?

Descolocados, todas las miradas recayeron en el dueño de la voz, quien impasible esperó hasta tener una atención total para explicar su grandiosa idea.

–Montemos una obra teatral de Warcraft.

La incomprensión continúo flotando en el aire, y Michiru tuvo que consultar la lista de asistencia para recordar el nombre del muchacho que dio tan extraña idea.

–Rogers-san, ¿verdad? –preguntó con amabilidad antes de ser interrumpido por la ola animosa de quienes habían comprendido la esencia de la propuesta.

–Warcraft es un juego, ¿no?

–Idiota, no es un juego, ES EL JUEGO.

–Quiero ser un orco.

–¡Yo quiero jugarlo!

–¿Es un RRGOP?

–Tenemos que escenificar la Invasión de Draenor.

El entusiasmo regresaba a la clase y aunque sus compañeros empezaban a construir castillos en el cielo, Yuuto tenía una opinión muy diferente al respecto.

–Denegado, el club de teatro montará todas las obras del festival.

–¿EH?

Un nuevo silencio se instauró en la clase. Incómodo, Yuuto trató de verse firme en su decisión. Pero nunca consideró, o al menos imaginó, que sus compañeros se lanzaran contra él, totalmente indignados.

–Es la única idea buena que hemos tenido.

–Me largo, estoy perdiendo mi tiempo.

–Olvídalo, no pienso hacer otra cosa.

–¡No dejaré que robes mi protagonismo! Es mi oportunidad de brillar.

Mientras su rostro se ensombrecía por los recuerdos, Yuuto regresó al presente. Rememoraba con pesar cómo después de eso sus compañeros, convertidos en fieras sangrientas, lo habían arrinconaron sin piedad vociferando sus incesantes y descabelladas quejas. Tenía que agradecerle a su mejor amigo el haber sido rescatado de una muerte segura.

Aunque… ¿Agradecerle? Si su memoria no fallaba, Michiru nunca mostró una señal de desacuerdo ante la idea. Incluso, él organizó a cada uno de los equipos de producción. No estaba resentido por ello. Mit-chan tenía talento en ese tipo de cosas, pero ESO no cambia la fatalidad con la cual se dieron las cosas.

Y sintiendo escalofríos recorrer su espalda, recordó lo sucedido días después.

Aceptaba que la impresión inicial de una obra otaku no se comparaba con la noticia de que Rogers-san ya tenía un guión escrito sobre Warcraft. ¿Un guión? ¿En serio? ¿Ese tipo había escrito una obra teatral sobre un videojuego? ¿NO podía ser más friiki?

La historia se podía clasificar de simple y con demasiados clichés. Daba la impresión de ser una historia escrita por niños más que una historia pensada por un estudiante de preparatoria. De hecho, la obra se podía resumir en unas cuantas líneas.

“En un país lejano invadido por la guerra, la orden envió a su guerrero más fuerte a buscar la fuente de magia que era una  princesa de la raza Naaru. Después de varias batallas sin sentido, salva a la princesa de la cual se había enamorado profundamente aun cuando eso significaba una traición para su raza y principios. Fin”

Compadecía a sus compañeros que lucían emocionados ante una historia tan vacía. Y debido a esa emoción, los muy tontos escucharon sin negarse cada una de las extrañas peticiones que tenía en su cabeza.

En ese punto, su mente evocó con ira las consecuencias de esos “pedidos”. Si tan sólo alguien hubiera escuchado sus gritos histéricos, sabrían que ÉL, Yuuto Kobayashi, se negaba rotundamente a la idea de interpretar a “la princesa Naaru”, amante del Caballero de sangre.

¿Por qué? La respuesta era sencilla: El Caballero de Sangre sería ese estúpido otaku de Rogers.

No se trataba de que él detestara a Rogers. Más allá de ser el estudiante de intercambio de su clase, no existía motivo alguno por el cual ambos llevaran una amistad. Pero esa tonta idea de una obra de Warcraft, y esa testaruda necesidad de humillarlo en y durante los ensayos de la obra, le daban la certeza de que ese otaku lo odiaba como a nadie.

El motivo que tuviera Rogers para odiarlo le parecía un misterio sin sentido. Ya que no podía recordar ni una ocasión en que lo ofendiera. Vamos, que ni siquiera sus círculos de amigos coincidían.

Pero lo más triste, quizá, era que su convicción de que nadie intentaba ayudarlo se reafirmaba una y otra vez. Sus compañeros se negaban a cambiar sus papeles por el suyo. Juraba que muchos se negaron con una sonrisa en el rostro. Los intentos por halagarlo sobre que actuaba muy bien el papel o sus burlas sobre que lucía muy bien el vestido, permanecían grabadas en su mente y estaba seguro que algún día se los haría pagar. Debía darles crédito, los muy malditos se esforzaban en sus bromas.

Hastiado con sus recuerdos, miró hacia las bambalinas. Su posición sobre una pobre escenificación de montaña, le permitía voltear hacia la parte trasera del escenario. Allí, con expresión cansada, pero siguiendo con atención el desarrollo de la obra, se encontraba Michiru.

Suspiró y la culpa creció en su interior. Si alguien se había esforzado en toda esta producción sin duda había sido Mit-chan. Él podía ser un anti-otaku, pero su mejor amigo demostraba una madurez que siempre lograba sepultar cualquier prejuicio existente. Un nuevo suspiro surgió y los orcos a su alrededor lo miraron con sorpresa.

–Oye, Kobayashi –le susurró uno de sus compañeros–. ¿Te encuentras bien?

La preocupación se notaba en la voz, pero Yuuto respondió con una evasiva al orco guardián.

–Sí, es que ya no aguanto estos zapatos.

–Eh, ¿sólo es eso? Deberías comportarte como hombre y aguantar.

–Eso lo dices, porque no llevas tacones.

Unas ligeras risas se dejaron escuchar cerca de Yuuto. ¡Los muy malditos se estaban riendo de él! Rechinando los dientes, volvió la vista al frente y con ello un nuevo recuerdo acudió a su mente. Uno que definitivamente se encontraba dentro de los peores momentos de su vida: La prueba de vestuario.

Porque, ¿qué podía ser peor? ¿Probarse un estúpido vestido? o ¿tener a todos sus compañeros pendientes de cómo se veía? Oh no, lo PEOR era que algunos llevaban cámaras con ellos. Miserables pervertidos, no les bastaba con saber que él sería la princesa, además tenían que grabarlo.

–¿Yuu-kun? –atravesando la puerta del salón, se podía escuchar la voz de su mejor amigo–. ¿Puedo entrar? 

–Claro que puedes entrar idiota, no soy una maldita mujer –respondió con molestia ante el considerado comentario.

Al instante, la figura de Michiru ingresó en el salón de clases. La expresión tranquila en su rostro se mantuvo incluso cuando encontró a Yuuto sentado y de brazos cruzados en medio del aula. Sobraba decir el berrinche descomunal que estaba llevando a cabo. Un berrinche tal, que sus compañeros no tuvieron más opción que dejarle solo en el salón del grupo.

–¿Estás listo?

–Casi.

–¿Necesitas ayuda?

–No.

Un nuevo silencio se instauró entre ellos, pero una malsana duda se mantenía en su cabeza. Y usando un tono de voz relajado, preguntó de la manera más casual.

–¿Siguen con las cámaras?

–Sí.

Bufando, comenzó a patalear con verdadero odio. Maldiciendo a sus compañeros y de paso al estúpido otaku que inició todo su sufrimiento. Para mala suerte suya, Mit-chan cubrió su rostro, evitando reír tan abiertamente.

–¿Tú también? –preguntó con verdadero asombro–. ¿Tú también te burlarás?

Oficialmente podía decir que la vida…, no, ¡QUÉ LOS DIOSES LE ODIABAN!

–Perdón, Yuu-kun. Es sólo que nunca te había visto tan molesto.

–Si tuvieras que soportar un vestido horroroso y una peluca barata, no estarías riendo.

–El vestido no es malo.

–Es demasiado transparente.

–La madre de Hashimoto ayudó en su confección.

Golpe bajo, no podía decir nada contra la amable madre de Hashimoto.

–La peluca me pica.

–Se puede solucionar mandándola a lavar.

–Es demasiado larga.

–Podemos peinarla para que no te estorbe.

Touché, deprimido ocultó su cabeza entre los brazos para sumirse en la agonía. Su amigo, apiadándose, decidió que el momento de hablar había llegado.

–¿Qué es lo que te molesta tanto? ¿La trama otaku? o ¿ser la princesa?

–La historia es pésima –contestó evadiendo la segunda pregunta.

–La idea no es tan mala. ¿O prefirieres ser Julieta? –preguntó con ironía en su voz.

–Debí apoyar la idea de la casa de terror.

–¿Y te quejabas de la originalidad? –respondió con sarcasmo su mejor amigo–. Prometo proponer un café Maid el próximo año.

–¿Café Maid?

–No parece desagradarte la idea del travestismo.

–¡MICHIRU! –reclamó mientras se levantaba del asiento totalmente indignado.

La risa de su amigo inundó el salón. No podía creer que se burlara tan descaradamente de su desfortunio. La idea de encajarle los tacones prometía ser buena y aunque lo hubiera hecho, Mit-chan le extendió un rollo de papel parando cualquier acción homicida.

–El club de arte terminó nuestro cartel. ¿Quieres verlo? –preguntó incentivando su curiosidad.

–¿Es bueno? –preguntó aún resentido con él, pero recibió como única respuesta, la insistente presencia del cartel y la mirada socarrona de quien lo sostenía.

Conocía a Michiru desde la primaria y sabía con certeza que tan maldito podía ser cuando se lo proponía. Resignado, decidió mirar el susodicho cartel, no sin antes darle una simple orden a su mejor amigo.

–Sube el cierre de la espalda.

–Yes, my lady.

Yuuto lanzó una mirada airada contra Mit-chan, quien fácilmente lo ignoró con tranquilidad. Al final, la princesa extendió el rollo ante sí. Y lo que se mostró ante sus ojos, lo dejó impactado. Era bueno, más que eso, era perfecto.

El cartel mostraba a un caballero de sangre dormido en los brazos de una preciosa mujer. El caballero lucia la distintiva armadura de los caballeros de sangre y en su pecho se mostraba la insignia de la orden. Su piel era de un tono oscuro…, no, más bien de un ligero bronceado.

En cuanto a la hermosa mujer, esta lucía un bello vestido blanco que resaltaba su figura a la perfección. Su cabello de tonos azulados enmarcaba la belleza de su portadora, otorgándole distinción y elegancia. Sus orejas sobresalían de forma antinatural, pero eso no desmeritaba su presencia. Como tampoco lo hacían las alas de ángel que portaba la extraña, pero fascinante mujer.

Embelesado con la imagen, Yuuto, no se percató de las acciones de su amigo hasta que unos brazos rodearon su cintura. Descolocado, intentó voltear, pero un susurro en su oído paralizó cualquier acción.

–Hermoso ¿no? Pero, ¿sabes, Yuu-kun?. Me pareces más bello que la mujer en el cartel.

–Mit-chan, ¿Qué…?

PLAF

El sonido de la puerta siendo azotada rompió la atmosfera reinante, y al voltear hacia la entrada una imagen surrealista se presentó ante sus ojos. Parado frente a ellos y luciendo el traje de caballero de sangre, Maxwell Rogers, los miraba encolerizado.

Tiempo después, Yuuto intentó analizar la situación. Sin embargo, sin importar cuántas veces lo hacía, nunca le encontró sentido. Sabía que estaba mirando el cartel, también que este le pareció muy bueno, pero los brazos en su cintura y el caballero de sangre en la puerta, eran algo incomprensible para su mente. Lo último que recordaba de ese día correspondía a la sensación de ser halado con brusquedad por Rogers, mientras murmuraba algo sobre ensayar.

A partir de ahí, la sensación de que algo raro comenzaba a gestarse entre Michiru, Rogers y él se volvió demasiado obvia. Yuu- kun no evitaba maldecir la obra otaku. Después de todo, siempre supo que nada bueno saldría de ella.

Angustiosamente, los aplausos del público le sacaron de sus reflexiones para mostrar la cruel realidad de que la obra se hallaba en su parte final. Para confirmar sus sospechas, Rogers se hallaba debajo de “la montaña”, mientras extendía de manera galante un brazo hacia él.

Sabía lo que venía a continuación.

–¡Princesa de la raza Naaru! –el silencio envolvía al público que atento miraba la escena–. He vencido a todos mis enemigos y al fin te he liberado de tus captores.

–Yo… yo…

NO PODÍA SER. NO RECORDABA SUS LÍNEAS.

Aterrado, volteó hacia el auditorio que esperaba una respuesta. Incluso, los orcos vencidos y esparcidos en el escenario le miraban con la vaga impresión de que algo iba mal. ¡Esto no podía pasarle! ¡NO ahora! No…

El destino parecía conspirar en su contra. ¿De qué otra manera se podía explicar que los zapatos se hayan atorado mientras se movía nervioso? Inesperadamente, la distancia entre Rogers y él, disminuía de manera dramática. Chocar resultaba inevitable y sin poder evitarlo, cerró los ojos.

Pero el impacto que debió haber llegado, nunca llegó. En lugar de eso, tuvo la sensación de que alguien le sostenía con cuidado y al abrir los ojos, la situación se aclaró. De alguna manera, Rogers evitó el desastre, cargándolo entre sus brazos. Los asistentes, extasiados, aplaudían por el emotivo “abrazo” en que se encontraban. Y Yuuto, nervioso, intentó hablar con Rogers, pero nada, absolutamente nada, le preparó para lo que continúo.

Rogers lo besó.

Una parte de él supo que el público enloqueció ante su acción y que los clamores se alzaron en un ruido ensordecedor. Pero poco le importó el público en esos momentos. Porque la sensación de esos labios besándole resultaba tan extraña como agradable; porque la textura de los labios ajenos le resultaba tan excitante que podría acostumbrarme a ello.

Cuando Rogers rompió el beso, su mente racional regresó al tiempo en que la muchedumbre calló. Sin duda, esperando alguna otra acción de su parte. Y Rogers, que transmitía una seguridad nunca antes vista, recitó la última línea de su guión.

–Soy un caballero de sangre y sin embargo te amo más de lo que he amado alguna vez.

De nuevo, el público estalló de emoción y los aplausos junto a los vítores parecía tragar el lugar por completo. Las cortinas bajaron dando por terminada la actuación e instantáneamente. Los orcos en el suelo se levantaron para celebrar entre ellos. Incluso, algunos apretaron sus hombros otorgándoles palabras de felicitación.

Yuuto, aún impactado, tocó sus labios mientras poco a poco su cabeza procesaba lo ocurrido hacía unos momentos.

Rogers lo había besado… Claro, estaba en el guión, era de esperarse. “Al carajo, ¡no era de esperarse!”

Cabreado, comenzó a gritarle a Rogers que le bajara y que diera una explicación.

–¡Idiota! ¿Quién demonios te crees para besarme?

–El beso estaba escrito en el guión –contestó con una simpleza que le molestó.

–Claro que estaba escrito en el guión, ¡pero eso no significaba que tuvieras que hacerlo!

–Admite que te gustó –y acercando su rostro, continúo–. Si fuera lo contrario, tu boca no habría respondido tan bien.

Sonrojado, ocultó su rostro de la mirada fija de Rogers, mientras recordaba el beso. Y a punto de reclamarle, Michiru ingresó al escenario.

–¡YUU-KUN!

Sobresaltado, Yuuto volteó justo en el momento en que era halado de su brazo para apartarle de Rogers. Colocando sus manos en sus hombros, Michiru le habló con una sonrisa en el rostro.

–Impresionante, Yuu-kun.

–Gracias.

–Aunque… se te olvidaron tus diálogos, ¿verdad?

–No me lo recuerdes –contestó abochornado.

Una risa sincera surgió de su boca y aliviado por su reacción, correspondió con una sonrisa. Los nervios y la tensión de la princesa desaparecieron. Mit-chan, conforme con ello, volteó para llamar al Caballero de Sangre.

–¡Rogers! Gracias por cachar a Yuu-kun –por respuesta, el otaku se encogió de hombros, restándole importancia al asunto. Michiru, endureciendo su voz, prosiguió–, pero no era necesario que lo besaras en serio.

Sin esperárselo, la situación entre los dos se volvió tensa y peligrosa. Ambos comenzaron un dialogo silencioso, del cual Yuuto se sentía totalmente ajeno, pero irremediablemente unido. Y cuando creyó que las circunstancias empeorarían, el otaku y su mejor amigo sonrieron con desafío al otro. Para su suerte, Tomizawa se acercó y en voz alta les dio algunas indicaciones.

–Todos en fila, vamos a presentar nuestro respeto al público.

No tuvo que decir más. Orcos, enanos, humanos y hadas formaron una línea mientras se tomaban de las manos. Sin darse cuenta, Rogers y Michiru se pararon junto a Yuuto, dejándolo en medio. Antes de que pudiera zafarse de ellos, la cortina subió para mostrar a los espectadores que los recibieron con aplausos.

Y mientras esperaban su turno para inclinarse ante la audiencia, Michiru comentó con un aire relajado.

–Sabes, Yuu-kun. Comienzo a creer que la obra no fue buena idea.

–¿Eh? –impresionado, no supo qué contestar. Sin embargo, Rogers, quien estaba pendiente de ellos, intervino en la conversación.

–Ofendido porque correspondiera a mi beso, ¿Tsurayuki-tan?

Michiru miró fastidiado, pero antes de poder reclamarle, Rogers haló hacia el frente a Yuuto. Sus turnos de inclinarse ante el público habían llegado, aunque eso no evitó que Yuuto le exigiera una explicación por sus acciones.

–Primero me besas y ahora me fastidias. Se puede saber, ¿qué mierda pasa contigo? No soy una maldita mujerzuela.

–Despreocúpate –habló mientras agradecía al auditorio–, nunca te he considerado una mujerzuela. No me gustan ese tipo de personas –avergonzado, pretendió replicar–. De todas maneras, no necesito una obra o un vestido para besarte de nuevo.

Estupefacto por la respuesta, Yuuto bajó la mirada evitando encararlo. Para cuando la alzó, Michiru, a su lado, se tomó la libertad de entrelazar su mano con la suya.

–Tranquilo, Yuu-kun.

Lo miró esperanzado. Estaba seguro que Mit-chan le ofrecería una solución para su confusión.

–No dejaré que este idiota te robe más besos. Después de todo, tus labios son míos.

Incomprensiblemente, su amigo le miraba con una deslumbrante sonrisa en el rostro y Yuuto, saturado por todo, tomó la sabia decisión de dejar de pensar.

Al carajo, algo le decía que su vida comenzaba a complicarse y no se sentía muy a gusto con esa perspectiva. Al final del día, Yuuto decidió maldecir otra vez a los causantes de su desdicha.

Desgraciado Rogers, estúpido Michiru y, sobre todo, ¡maldito juego de Warcraft!

© Mayoh

*Ilustración de Neith*

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3 thoughts on “Warcraft, la épica desdicha de Yuuto

  1. Mayoh, me has dejado a cuadros, como decimos por aquí!!! De todas las cosas en este mundo, lo que menos me esperaba era esto!! Me ha encantado el planteamiento, me parece un enfoque divertidísimo y una historia muy tierna. Además, creo que está muy bien escrito. ¡Felicidades! El dibujo de Neith ya lo conocía pero me sigue pareciendo igual de precioso que siempre, aunque no lo había visto con el color nuevo. La verdad es que el rollo estampa le queda genial!

    Felicidades a las dos ^^

  2. Cuando vi la imagen me preguntaba cómo quedaría la historia. Me ha gustado mucho el tono divertido de la misma. Besitos para ambas.

  3. Me ha sorprendido muchísimo, ¡y muy gratamente!, se me hizo ameno y muy divertido y Yuuko me parece monísimo, ¡tan enfurruñado!. Muy buen trabajo Mayoh, yo me había imaginado mil cosas pero tampoco había pensado en algo así como lo que has escrito. 😀

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