El castillo de Liam

En su blog, R.J. Scott regaló esta historia corta en conmemoración del mes de la concienciación sobre el Autismo. Tengo dos amigas con seres queridos que padecen esta condición; por lo que, decidí traducirla para disfrute de todos.

Connor y Scott están casados. Dos años atrás, adoptaron a los hermanos Jamie, de 10 años, y Liam, de 6 años. Liam es autista.

Connor leía la página web, pasando sus dedos sobre cada palabra, como si necesitara enfatizar lo que leía. Su hijo mayor, Jamie, estaba de pie a su lado, esperanzado. A pesar de sentirse grande por tener ya diez años, brincaba emocionado de un pie al otro.

–La Playa Marina, también conocida como la Playa de Mamá –Connor leía en voz alta–, es la favorita de todas las madres con niños pequeños, porque no hay oleaje. Cuenta con gimnasios que tienen estructuras para escalar e incluso un barco pirata para los niños. Los restaurantes y hoteles se hallan al lado de la playa; además de áreas seguras para picnics.

–Eso no significa que esté bien para Liam –Scott se preocupó por lo que su esposo estaba leyendo.

Connor y Jamie tenían una lista larga de ideas sobre “lo que podemos hacer en los siguientes días libres”. Pero, ¿una playa? ¿Con todo el ruido que implicaba y sin cerca? Para ser sinceros, entre las preocupaciones de Scott, un paseo familiar a la playa sólo era superado por la idea de internarse en el hábitat de los monos que ofrecía el zoológico local.

–Paaaaaapá –Jamie dijo con voz quejumbrosa–. Hay un barco pirata para escalar y todo eso.

–Scott, es seguro –Connor añadió, con voz igual de quejumbrosa que Jamie–. Mira, la playa es llana, no está orientada hacia el océano. Liam estará bien y será bueno para Jamie.

En su fuero interno, Scott hizo una mueca de dolor. Estaba más que consciente de que tener un hermano autista significaba que Jamie se perdería algunas cosas. Aun así, no consideraba justo que Connor mencionara la posible decepción de Jamie para inclinar la decisión a su favor.

–Jamie –dijo con firmeza–, ve a tu habitación y busca la ropa sucia para echarla a lavar.

Con un suspiro sentido, Jamie salió de la cocina y subió rápidamente la escalera, de dos escalones en dos.

Scott sabía que no contaba con mucho tiempo antes de que Jamie regresara. Connor también lo sabía; por lo que, recurrió directamente a su mirada suplicante en lugar de dar vueltas al asunto.

–Será divertido –Connor dijo de inmediato.

–Quizá Jamie y tú deberían ir solos.

–Entonces, no será divertido. Quiero ir con mi familia.

–Pero ¿qué pasará si a Liam no le gusta la playa? –Scott preguntó.

–A él, le encanta el agua –Connor se encogió de hombros y después se levantó. Abrazó a Connor, aprovechándose del poder de sus ojos celestes–. Por lo menos, intentémoslo –añadió con gran seriedad.

–Será tu responsabilidad, Con…  Caray, basta con la mirada suplicante. Me convenciste con la palabra seguro.

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–¿Alguno de ustedes ha visto mi iPod? –Connor gritó desde la cocina.

Jamie y Scott intercambiaron miradas levemente desesperadas, mientras lo esperaban en la entrada. Connor y su iPod; él siempre andaba perdiendo esa maldita cosa.

–En la oficina –Scott gritó, alzando las cejas, cuando un Connor, nada contento, entró apresuradamente a  la oficina. A los pocos segundos, salía levantando su iPod plateado en alto, victoriosamente.

–Bien, vamos –Connor dijo, guardando el iPod en su bolsillo, antes de agarrar la mochila más grande de las dos que llevaban. Lograr que los cuatro salieran de la casa semejó una operación militar, sin mencionar que tuvieron que preparar el almuerzo que llevarían, y recordar la frazada y el bloqueador solar. Habían pasado media hora explicándole a Liam qué harían ese día. Él solía lidiar bastante bien con los cambios, pero explicarle a dónde irían, haría que el viaje fuera más agradable para todos. Le mostraron fotografías de la playa, y él señaló el castillo. Con ansiedad, Scott esperaba que Liam dijera algo. Con seis años, sólo usaba una que otra palabra, aparte de la común tríada: Papito, Papá y Thomas Tank.

El viaje a la playa no fue largo, y el día prometía ser caluroso. Scott se quejaba de que para el atardecer tendría más pecas, y maldecía el hecho de que Connor lograría un tono más marrón con facilidad. Después de aplicarse bloqueador solar, Connor y Jamie se enfrascaron en un asunto serio: construir un castillo. Con una sonrisita en los labios, Scott veía la manera organizada y metódica con la que su, usualmente hiperactivo, esposo construía un castillo de arena; una capa a la vez, con cimientos sólidos y decoraciones de caracoles. Lo que podía ver de Jaime era su enorme sonrisa; por lo que, centró su atención en Liam, quien estaba inusitadamente quieto, acurrucado en su regazo, manteniendo sus pies y dedos lejos de la arena.

El autismo incluía una serie de problemas, en su mayoría, sensoriales. Aversión a los ruidos, olores fuertes, y cosas extrañas al tacto. Esa mañana, Liam se había negado a comer huevos revueltos. La textura aparentemente era rasposa; esa era la palabra con la que Liam clasificaba todo lo que no le gustaba. Los ruidos eran rasposos, los huevos revueltos eran rasposos…

Ninguno estaba seguro de dónde había salido ese término rasposo, hasta que Connor señaló que con toda probabilidad uno de ellos había utilizado esa palabra en algún momento para explicar las etiquetas y la madera que les preocupaban por la piel extra sensible de Liam, cuando lo habían adoptado hacía dos años. Connor y Scott estaban seguros de que su introvertido y tranquilo hijo escuchaba y comprendía más de lo que llegarían a saber.

–¿La arena es rasposa? –Scott preguntó con voz suave, baja y cuidadosa, al oído de Liam. Hizo una mueca de dolor cuando el niño enterró el rostro en su cuello y asintió. Permanecieron así de pegados unos cinco minutos, antes de que le llegara la inspiración y hurgara las mochilas buscando los calcetines que sabía que estaban en el fondo. Siempre llevaban calcetines, porque Liam se los ponía en las manos si tenía una cortadura o rasguño; y de esa manera, su papá sabía que se había hecho daño a sí mismo. Scott las sacó y se las ofreció al niño–. Podemos detener lo rasposo con el señor calcetín –dijo con suavidad y esperó a que Liam mirara los calcetines, color violeta con rayas, y tirara de ellas con sus pequeñas manos, moviendo los dedos experimentalmente, con la punta de la lengua entre sus labios, concentrado.

Sin salir de su regazo, apoyado en el pecho de Scott donde se sentía seguro, por lo menos, comenzó a tocar la arena, caliente y dorada bajo el sol de verano. De hecho, con la ayuda de su padre, comenzó a construir su propio castillo, llenando el cubo de arena, mezclándola con el agua de mar que Connor había sacado, golpeando la base hasta que finalmente pararon el cubo y un castillo perfecto apareció ante sus ojos. Bueno, en realidad, medio castillo, pero aun así era perfecto. Con cuidado, Scott presionó caracoles y piedras pequeñas contra la arena húmeda, animando todo el tiempo a Liam con halagos en voz baja y palabras sueltas aquí y allá. Liam se bajó del regazo de su padre y se sentó sobre la manta, algo había atrapado su atención. Se acostó y entrecerró los ojos cuando los rayos del sol dieron contra algo plateado sobre la arena, enviando un arcoiris de color hacia los ojos de Scott.

Connor se acercó y comentó lo maravilloso que era el castillo de Liam. Jamie también dijo lo mismo, antes de regresar a su castillo, donde discutían riendo cuál era lo suficientemente alto para alcanzar la parte superior del mismo. Scott se acostó sobre la manta, y Liam se acurrucó contra él, acostado aún de lado, observando los destellos provenientes de la arena bajo el resplandor del sol desde la parte posterior del castillo, a través de la separación de sus dedos sobre sus ojos.

Scott se movió para ver qué miraba Liam, qué causaba ese destello plateado bajo el sol, y suspiró. El orgullo y la alegría de Connor. El pequeño iPod de su esposo estaba enterrado con una inclinación de cuarenta y cinco grados en la arena húmeda, el cable blanco de los auriculares de tapón extendido hacia la manta. Scott movió la mano para recuperarlo e incluso abrió la boca para avisarle a su esposo. Pero no hizo ni una cosa ni otra. Se volteó y pegó a la espalda de su hijo, observando los mismos destellos de luz que tanto fascinaban a Liam. Después, se encargaría de esconder la evidencia, de que Connor no lo viera, nadie tenía que saberlo, sólo sería otro juguete perdido.

–¿Feliz? –preguntó en voz baja al oído de Liam.

Liam alzó la barbilla y a través de las manos, asintió y susurró:

–No rasposa.

FIN

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